Hace justo un año, la arquitecta Julia Ayuso dedicó una publicación en sus redes sociales a una solución que durante décadas fue habitual en balcones y ventanas de muchas casas españolas: la persiana alicantina. No había una tecnología novedosa detrás ni grandes cifras con las que llamar la atención, simplemente “una caña pintada colgada de un balcón”, recuerda la arquitecta. El texto terminó convirtiéndose, para su propia sorpresa, en la publicación más leída que había escrito. Este verano ha decidido recuperarla para iniciar una serie dedicada a aquellas soluciones tradicionales capaces de combatir el calor.

La directora de la primera Escuela de Sostenibilidad en España, la define como una forma de “ingeniería climática de bajo coste”. Su funcionamiento solo evita que la radiación solar llegue al cristal. “Si la protección está dentro, el calor ya ha entrado y se queda. Si está fuera, ni siquiera llega”, explica a La Vanguardia. La diferencia puede ser considerable y, según señala, una misma tela colocada en el exterior puede dejar entrar casi siete veces menos calor que si se instala dentro de la vivienda.

Además, a diferencia de una persiana convencional completamente bajada, permite proteger la casa sin aislarla del exterior. “Una persiana bajada del todo defiende muy bien, pero cierra la casa: ni luz ni aire. La alicantina da sombra dejando pasar la brisa y la luz suficiente para no encender ninguna bombilla”. Esa combinación de sombra y ventilación justifica, a su juicio, que una solución tan sencilla vuelva ahora a despertar interés, en un momento en el que también se está recuperando la mirada hacia una arquitectura que durante siglos combatió el verano sin necesidad de máquinas.

¿En qué orientaciones o tipos de vivienda resulta especialmente útil la persiana alicantina? Foto: IG/julia.ayuso

¿En qué orientaciones o tipos de vivienda resulta especialmente útil la persiana alicantina?

En España, donde más se nota es a poniente. Al mediodía, el sol está muy alto y un balcón o un alero ya protege bastante la fachada sur, pero a las siete de la tarde entra casi horizontalmente por el oeste, atraviesa la habitación entera y coincide con la hora más caliente del día. Ahí ningún voladizo sirve y hace falta algo que baje delante del hueco completo. Ese es su trabajo. Es especialmente rentable en pisos de los años sesenta a noventa, sin aislamiento: sin obra, reversible y por unas decenas de euros por ventana, es la intervención con la mejor relación coste-efecto que conozco.

¿Y cuándo puede quedarse corta?

En dos situaciones. Cuando el calor no entra por la ventana sino por la cubierta —en un ático sin aislar puedes sombrear todos los huecos y seguir asándote— y cuando no puedes ventilar de noche. La sombra evita que entre calor, pero el que ya está dentro solo lo saca el aire de la madrugada. Sin ventilación cruzada, el efecto se reduce considerablemente.

¿Qué material funciona mejor frente al calor: madera, caña o PVC?

Térmicamente, el material apenas importa. Lo que importa es que esté fuera, que deje pasar el aire y que sea de color claro. Una lama de PVC blanca por fuera protege mejor que una de madera noble por dentro. Donde el material sí decide es en lo que pasa después, porque la madera, la caña y el esparto se degradan sin dejar rastro cuando la persiana termina su vida útil. El esparto, además, viene de una planta de secano que crece sin riego y se recoge a mano. Una persiana de PVC, en cambio, acaba en un residuo plástico con cierta complejidad para ser reciclado, porque va montada con alambres y cuerdas que hay que separar. Yo creo que una solución pensada para gastar menos energía no debería dejar un problema al final.

Además del comportamiento ambiental, ¿qué diferencias prácticas hay entre unos materiales y otros?

El PVC aguanta mejor la costa y el salitre, la madera necesita barniz cada dos o tres años y envejece mejor a la vista, y el esparto es un producto estacional: se cuelga en mayo y se retira en octubre.

¿En qué deberíamos fijarnos antes de comprar una persiana alicantina?

Hay que hacer tres comprobaciones: que quede separada del vidrio, para que el aire circule entre la persiana y la ventana; que se pueda dejar bajada con la ventana abierta y, por último, que el anclaje al dintel sea firme, sobre todo en altura o en una fachada expuesta al viento. Y una cuarta, menos técnica pero igual de real: si vives en un bloque, consúltalo con la comunidad antes de comprar, porque alterar la fachada requiere acuerdo.

También explica que puede mojarse para refrescar por evaporación el aire que entra. ¿Funciona realmente?

Funciona, pero menos de lo que se está contando este verano, y esto conviene explicarlo bien. Al evaporarse, el agua absorbe muchísimo calor. El problema es que necesita aire seco para hacerlo. En Madrid, en agosto, hay margen de sobra y funciona muy bien; en Barcelona o en Valencia, con el doble de humedad, casi ninguno.

¿Entonces qué efecto podemos esperar al mojarla?

Aunque el clima acompañe, el efecto se concentra donde no lo esperas. Viví dos años en Tokio, donde regar la calle a última hora de la tarde es una costumbre de siglos. Cuando la midieron con instrumentos, el suelo bajaba varios grados y el aire, a la altura de una persona, bajaba poco más de uno. Con una persiana pasa lo mismo: se enfría la persiana, no la habitación. Si aun así quieres hacerlo, y en clima seco tiene sentido, mójala a mano con una regadera, siempre con la ventana abierta —si está cerrada no refrescas, humedeces— y déjala secar del todo cada noche. Ese es el punto crítico: una fibra natural empapada que no seca acaba con moho, y la humedad se queda en el marco y el alféizar. Pero la conclusión importante es otra: seca y bien colocada, esa persiana ya está dejando fuera más del 90% del sol. El agua añade poco. No es lo que la hace funcionar.

¿Puede una persiana alicantina reducir de manera apreciable el uso del aire acondicionado o debemos entenderla como una medida complementaria?

Reduce, y bastante. Un estudio reciente de la Universidad del País Vasco sobre aulas en clima de Madrid midió que la protección solar exterior recorta casi a la mitad la energía necesaria para refrigerar. No es un gesto simbólico. Pero hay que entender qué hace y qué no: sombrear impide que entre calor; no saca el que ya está dentro.

¿Cuál sería entonces el orden correcto para intentar mantener fresca una vivienda?

Primero impedir que entre el calor, con sombra por fuera; después sacarlo, ventilando de noche; después reducir el que generamos dentro, con luces y electrodomésticos; y solo entonces, si hace falta, encender la máquina. Hacerlo al revés es pagar por enfriar un calor que podíamos no haber dejado entrar. Y también hay un efecto extra que cabe mencionar. Con la persiana bajada tienes la casa a oscuras, cerrada y con la luz encendida. Con una alicantina tienes penumbra fresca y la ventana abierta. La diferencia no está solo en el ahorro de electricidad, también está en que una solución te deja vivir con la casa abierta y la otra te obliga a cerrarla.

Si funciona y además es una solución sencilla, ¿por qué desapareció de tantas viviendas?

No la desplazó el aire acondicionado. La desplazó el plástico, y bastante antes. La alicantina nació como una patente de 1916 en Sax, un pueblo de Alicante, y se fabricaba con sarmiento de vid, el residuo de la poda. Economía circular hace un siglo, aunque entonces nadie lo llamara así. Con los años, esa misma industria cambió el sarmiento por el plástico y el aluminio. No la abandonaron los vecinos, sino que fue un cambio de quien la fabricaba.

¿Y por qué cree que ahora vuelve a despertar interés?

También pesó algo muy prosaico. La persiana enrollable con cajón viene con la ventana, la pone el constructor, no hay que decidir nada. La alicantina hay que colgarla, es un añadido, hay que quererla. Ganó lo que venía de serie. La ironía es que ese cajón es hoy uno de los puntos por donde más energía se escapa en invierno. ¿Y ahora? Los veranos aprietan y los números salen. Pero creo que hay algo más de fondo, y es que llevamos veinte años contando la sostenibilidad como añadir tecnología, y estamos empezando a mirar lo que ya funcionaba sin consumir nada.

Paula Martínez