América Latina enfrenta una paradoja que ayuda a explicar buena parte de sus tensiones políticas actuales. Nunca antes tantos ciudadanos habían logrado abandonar la pobreza y acceder a mejores niveles de consumo, educación y oportunidades. Sin embargo, pocas veces la región había mostrado tanta volatilidad electoral, frustración política y desconfianza hacia sus dirigentes.

Durante las primeras décadas del siglo XXI, millones de hogares ingresaron a la clase media gracias al crecimiento económico, la expansión educativa y el acceso al crédito. La promesa parecía clara: cada generación viviría mejor que la anterior. Esa transformación fue real, pero produjo una consecuencia menos anticipada. La movilidad social transformó a los votantes más rápido de lo que los sistemas políticos lograron adaptarse a sus nuevas expectativas.

De esa experiencia surge lo que podríamos llamar la política del descenso: una forma de comportamiento político marcada menos por el deseo de seguir ascendiendo que por el temor a perder lo alcanzado. No pretende explicar toda la política latinoamericana, pero sí ofrece una clave útil para interpretar fenómenos que se repiten en distintos países de la región.

Durante buena parte del siglo XX, las identidades partidistas fueron relativamente estables. Ser de izquierda, de derecha, peronista o socialdemócrata implicaba pertenecer a proyectos duraderos. Hoy esas identidades siguen existiendo, pero parecen convivir con una lógica distinta: la de las expectativas económicas. La política ya no gira únicamente alrededor de la pertenencia, sino también de la capacidad de ofrecer certidumbre.

Millones de latinoamericanos han mejorado sus condiciones de vida, pero no necesariamente su sensación de seguridad. Han ascendido algunos escalones, aunque perciben que una crisis económica, la pérdida del empleo o el aumento del costo de vida podrían hacerlos retroceder. Ya no viven únicamente la experiencia de la pobreza; viven la experiencia de la vulnerabilidad.

La pobreza teme al presente. La clase media teme al futuro. Quien busca sobrevivir reclama inclusión; quien teme perder lo conseguido demanda estabilidad. De esa tensión nace la política del descenso: una reacción frente a la percepción de fragilidad que aparece cuando la principal preocupación deja de ser cómo avanzar y pasa a ser cómo evitar retroceder.

Los datos respaldan esa percepción. Según el Banco Mundial, la clase media regional pasó de representar el 35,2 % de la población en 2015 al 42,3 % en 2024, mientras la pobreza cayó del 32,8 % al 25,5 %. Sin embargo, la población vulnerable —hogares con ingresos superiores a la pobreza, pero aún expuestos a caer ante cualquier shock económico— permaneció prácticamente estancada, pasando del 32,0 % al 32,2 %. Millones de personas cruzaron el umbral de ingresos, pero no el de la seguridad.

Esa fragilidad ayuda a comprender la irrupción de liderazgos antisistema, la creciente volatilidad electoral y el debilitamiento de las lealtades partidistas tradicionales. Más que una simple disputa ideológica, muchos procesos electorales expresan la búsqueda de quienes prometen proteger lo conseguido. Casos como Argentina, Brasil, Colombia o Perú muestran trayectorias distintas, pero una ansiedad de fondo similar.

Si esta es la preocupación dominante de una parte creciente de la sociedad latinoamericana, el desafío para gobiernos e instituciones ya no será solo generar movilidad social, sino garantizar que esa movilidad sea sostenible. Durante décadas, la gran pregunta fue cómo ascender. Hoy, para millones de latinoamericanos, la pregunta parece ser otra: cómo permanecer. Esa respuesta puede definir no solo los próximos ciclos electorales, sino también el nuevo contrato social de la región.

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