Arrancar un ochomil es, en muchos casos, aceptar la posibilidad real de no regresar nunca. En el Himalaya, algunas montañas superan tasas de mortalidad históricas cercanas al 10% y en determinadas expediciones la cifra puede ser aún mayor. La cima más aterradora seguramente sea el Annapurna, una montaña de 8.091 metros y con una mortalidad histórica del 32%, según recoge el portal especializado The Himalayan Data Base. Sin metáforas, en la mayor altitud del mundo, donde el oxígeno escasea y el tiempo puede ser letal, la muerte forma parte del paisaje.
Son pocas las personas que han cumplido la gesta de alcanzar la cima de un ochcomil, muchas menos las que han regresado para repetir tal hazaña. Carlos Pauner (Jaca, 1964) es uno de los nombres propios del alpinismo español. En 2013 se convirtió en el tercer español en completar los 14 ochomiles —las catorce montañas del planeta que superan los 8.000 metros—, una proeza que lo sitúa en la élite mundial. Entre sus ascensiones figuran cumbres como el Everest, el K2 o el Annapurna, algunas de las más peligrosas del mundo, en una trayectoria marcada por la resistencia física, pero sobre todo por la capacidad de tomar decisiones en condiciones extremas.
En una entrevista reciente en el pódcast español Conversaciones Con Expertos, Pauner ha hablado sin rodeos sobre lo que se vive en la alta montaña. El alpinista aragonés ha repasado todas las aventuras y desgracias que vivió en el Himalaya, incluída su grave caída en el Kanchenjunga en 2003, un siniestro que estuvo a punto de costarle la vida. Su relato se acerca más a la supervivencia que a la épica de muchas ficciones.
El alpinista explica que una de las situaciones más duras es encontrarse con personas que ya no pueden continuar. Foto:IG/carlospauner
El alpinista explica que una de las situaciones más duras es encontrarse con personas que ya no pueden continuar. “Hay momentos en los que ves a gente que se sienta en la montaña y sabes que ya no se va a levantar. Y tú tienes que seguir, porque si te paras con él, mueres también”. Esa realidad obliga a tomar decisiones difíciles. “No es que no quieras ayudar, es que no puedes. A esas alturas, ayudar a otro es ponerte en riesgo directo tú. Es muy duro asumirlo, pero es así”.
Decisiones que marcan la diferencia
En la alta montaña, decidir mal puede ser fatal. Pauner reconoce que ha tenido que dejar atrás a compañeros en situaciones límite. “He tenido que dejar a gente atrás sabiendo lo que iba a pasar. Es una de las cosas más duras que te puede tocar vivir, pero allí arriba no decides como persona, decides como alguien que quiere sobrevivir”. También insiste en que el descenso es el momento más peligroso. “La mayoría de los accidentes no ocurren subiendo, ocurren bajando. Estás agotado, con poco oxígeno y es cuando más fácil es equivocarse”.
Uno de los episodios más duros de su carrera ocurrió en el Kanchenjunga. Foto:IG/carlospauner
Uno de los episodios más duros de su carrera ocurrió en el Kanchenjunga, la tercera montaña más alta del mundo, en 2003. Durante el descenso sufrió una caída de casi 100 metros. El accidente se produjo tras resbalar en una zona de hielo y nieve aún cerca de los 8.000 metros, lo que produce una reacción más lenta del cuerpo. El propio Pauner ha explicado que, por un momento, vio el final de su vida. “Cuando caía por la pared a gran velocidad entendí que iba a morir y sentí calma, porque cuando algo deja de depender de ti desaparece la angustia”, asegura.
Tal como publicó La Vanguardia en mayo de 2003, Pauner cayó después de perder el contacto visual con sus compañeros y en el siniestro perdió los guantes exteriores. Aun así, el aragonés tuvo la fortaleza física y sobre todo mental para hacer vivac dos noches a 7.600 metros de altura, sin beber ni comer, y conseguir llegar al campo base número 3 del descenso. “Recuerdo perfectamente pensar que la muerte no me iba a coger sentado. Tenía que seguir como fuera, arrastrándome si hacía falta, pero no podía quedarme allí”, explica.
La mente también falla en altura
A más de 8.000 metros, no solo el cuerpo sufre. La mente también se deteriora. “Llega un momento en el que no sabes muy bien si estás tomando decisiones o simplemente estás reaccionando. Todo va más lento, te cuesta pensar y eso es muy peligroso”. Por eso, Pauner insiste en la importancia de la preparación mental. “Sabes a lo que vas. Sabes que existe ese riesgo y que forma parte de lo que haces. No es algo que descubras allí arriba, lo llevas asumido desde antes”.
Los datos confirman lo que cuentan los alpinistas. Según la Himalayan Database, 340 personas han fallecido en el Everest a lo largo de la historia, con una mortalidad en torno al 2% debido al crecimiento turístico de los últimos años. En otras montañas como el Annapurna, la proporción de fallecidos respecto a quienes alcanzan la cima ha sido durante años una de las más altas del mundo. De igual modo, el K2 suele citarse con una mortalidad cercana a 1 de cada 4 alpinistas, y el Kangchenjunga alrededor de 1 de cada 5. Pauner lo resume de forma clara: “Allí arriba la montaña siempre tiene la última palabra. Tú solo puedes intentar hacer las cosas bien para tener opciones de bajar”.
Pau Ortiz
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