Su fascinación por la radio empezó en el campo, mientras ordeñaba vacas junto a sus padres, tamberos. Una ubre por acá, otra por allá y mientras el balde se llenaba, lo atravesaban voces portadoras de noticias, partidos, radioteatros.
Por las tardes, el rito era leer tres diarios, subrayarlos, recortarlos, coleccionar lo que sería la materia prima de su trabajo: el dato.
¡Atento, Fioravanti! Juan José Lujambio era un Google humano. Estadista artesanal del éter, cazador de gemas, difícil imaginárselo ahora que el prestigio de muchos trabajadores radiales se sostiene en la gimnasia del googleo. En un marco en que influyentes periodistas repiten hoy como propia la información de “peones” que sudaron para llegar a ella, la figura de Don Lujambio se agiganta.
De Marcos Paz, cultor del bajísimo perfil, “Juanjo” era de los que llegaban al dato después de haber recorrido un camino, de haber trabajado en el fango. Atesoraba libretas, biblioratos, carpetas mecanografiadas con fichas de jugadores, con la fecha de nacimiento y el pueblo, con el nombre de los padres y demás delicadezas, en un tiempo en que Internet no era ni promesa de la ciencia ficción (y también después).
Juan José Lujambio, un periodista deportivo entrañable (Archivo Clarín).
Ladero de Fioravanti, de Bernardino Veiga, de José María Muñoz, de Héctor Caldiero, de Alejandro Fantino, de Víctor Hugo Morales, de Antonio Carrizo y tantos más, su voz era música de las transmisiones deportivas en las que saltaba con una perla del estilo “¡Arrufó, el pueblo santafesino de Néstor Clausen!”, o “¡Comandante Fontana, ciudad formoseña de Rubén Galván!”.
Apodado “El Maestro”, la diferencia que hacía sin vanagloriarse era el buceo, la distinción entre el dato servido en bandeja y el que dato trabajado, transpirado. Buscador en hemerotecas, acumulaba información, pero a la vez le daba sentido. El teléfono fijo era su aliado y era capaz de hacer 50 llamados antes de una transmisión, intentando certificar lo que luego llegaría al oyente como perla.
“Basquetbolista” del micrófono (medía cerca de 1,90 y se encorvaba para que su boca quedara siempre en el ángulo perfecto) formado en “la calle”, no exhibía erudición, pero la tenía. “Llevaba siempre una valija a la radio y cada vez que te pedía un dato te devolvía cinco informaciones”, lo recuerda el colega Néstor Centra, que entiende que “fue rey de los estudios centrales, creador del puesto”.
El señor de la valija. Lujambio llevaba consigo miles de papeles que era su apoyo al aire.
"Laborioso como pocos, fue un periodista deportivo extraordinario y mejor persona. Bonachón, campechano, lograba información fidedigna en la era en que no existían los celulares. Aparecían jugadores de los pueblitos más chicos y él conseguía los números de los familiares, hablaba con las madres, escribía en un papelito que solo él entendía y que leído al aire era maravilloso", se emociona Héctor Tricinello, compañero radial en Mitre, que lo destaca como "creador de la palabra Superclásico".
De padre hincha de Boca y madre de River, se reconocía simpatizante de Independiente, pero el verdadero club en el que encontraba pertenencia, era la radio. Del Pueblo, El Mundo, Rivadavia, Libertad, Colonia, Mitre... Trabajó en todas y sin ser una cara reconocible, se convirtió en apellido ilustre del aire.
Lujambio murió temprano, a los 69 años, un 1 de julio de 2007. Era domingo, el día sagrado que desde los 17 años dedicaba a la radio. Con él se fue un “disco rígido” mental invaluable y un archivo que ninguna nube logra encerrar.
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