El Papa Francisco definía las personas en situación de calle como “los nobles de la calle”. Todos los que se cobijaban en los alrededores de la Plaza de San Pedro, por orden del pontífice, no podían ser echados o trasladados o molestados por razón de orden o de “presunta limpieza” urbana.
Enviando un mensaje a los recicladores urbanos, el Papa Francisco afirmaba: “ Vivimos en una cultura del descarte, donde fácilmente hacemos sobrar no solo cosas, sino personas.” Y el Papa León ha dedicado la intención de la oración en el mes de Agosto a la “evangelización de la ciudad” donde nadie se sienta “invisible” en la perspectiva de construir ciudades acogedoras, donde las personas en situación de calle puedan salir del anonimato y de la frecuente indiferencia.
En su viaje apostólico a España, el Papa León, visitando un Centro de asistencia a las personas de alta vulnerabilidad social, ha expresado lo siguiente: “Si lo pensamos bien, en realidad, «también los cristianos, en muchas ocasiones, se dejan contagiar por actitudes marcadas por ideologías mundanas o por posicionamientos políticos y económicos que llevan a injustas generalizaciones y a conclusiones engañosas. El hecho de que el ejercicio de la caridad resulte despreciado o ridiculizado, como si se tratase de la fijación de algunos y no del núcleo incandescente de la misión eclesial, me hace pensar que siempre es necesario volver a leer el Evangelio, para no correr el riesgo de sustituirlo con la mentalidad mundana. No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico» (Dilexi te, 15).
Es verdad que en diferentes ocasiones se ha acusado la Iglesia de “pobrismo” como si la cercanía y la asistencia a los pobres fuera algo que pueda provocar un desorden social. Hay una mentalidad arraigada en cierta parte de la opinión publica que juzga las personas de la calle como “parásitas”, “personas importunas”, “ gente que se aprovecha” y por esto hay que apartarla, considerarla como basura humana.
Imágenes publicitarias que desgraciadamente aparecen en los muros ensalzando el decoro urbano con la desaparición de estas plagas humanas. Seria necesario salir de la indiferencia que no mira a los ojos al hombre al cual se da la limosna, seria útil conocer la historia de estos “parásitos” para comprender cómo la vida puede llevarte a vivir en la calle.
No se trata de elecciones folklóricas las de deambular por la calle, sino de situaciones engendradas por crisis familiares, laborales, o por varias adicciones (droga, alcohol, etc.) que afectan a personas fácilmente expuestas, que no saben defenderse.
Pensemos en las personas mayores. En el servicio que desde muchos años la Comunidad de Sant’Egidio, Caritas, las “noches de la caridad” y otras agrupaciones religiosas y no, desarrollan hacia estas personas, se encuentran jubilados que ya no pueden hospedarse en hoteles, porque “crean problemas” por razón de la edad avanzada y aconsejan dirigirse a los institutos geriátricos, y al final la solución parece solo la calle.
Un trato humano, una mano tendida puede ser el comienzo de una nueva actitud hacia ellos. Como cristianos, el Evangelio nos empuja a encontrar en ellos el rostro de Jesús, a menudo desfigurado por el desprecio y la indiferencia, y rescatar una dignidad humana atropellada.
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