Llegas a casa a las diez de la noche después de todo el día fuera y, al buscar en el bolsillo, te das cuenta de que te has dejado las llaves dentro. O quizá las has perdido y no tienes unas de repuesto a mano. En ese momento de urgencia, y fruto de la desesperación, lo más común suele ser abrir Google, llamar al primer cerrajero que aparece y aceptar el servicio sin saber exactamente quién viene, cuánto nos va a cobrar o qué garantías ofrece. Una decisión tomada con prisas que, según Jesús González, presidente del Gremi de Serrallers de Catalunya, puede acabar saliendo mucho más cara de lo esperado.

González lleva más de medio siglo vinculado a la cerrajería y ha visto cómo esa forma de buscar a un profesional ha cambiado por completo en los últimos años. Empezó como aprendiz a los 18 años, abrió su primer taller en 1977 y hoy, ya jubilado, continúa al frente del gremio. Desde esa posición advierte de que el problema no está en utilizar internet para encontrar a un cerrajero, sino en hacerlo sin comprobar quién hay realmente detrás del anuncio. “No digo que esté mal buscar en Google, pero siempre recomiendo buscar la parte oficial”, explica.

Según señala, algunos profesionales pagan para aparecer en las primeras posiciones del buscador y ese coste acaba repercutiendo en el cliente. “Hay servicios que triplican o cuadruplican nuestros precios”, asegura. Para González, el principal problema no es tanto la competencia como las consecuencias que tienen determinadas prácticas sobre todo el sector. “Hacen malas praxis y nos dejan a todos los de la profesión en mal estado”, lamenta.

Algunos profesionales pagan para aparecer en las primeras posiciones del buscador y ese coste acaba repercutiendo en el cliente. Foto: Pexels

Por eso, antes de autorizar cualquier intervención, recomienda preguntar cuánto costará. “Un profesional lo primero que te va a decir es el precio. Si en algún momento hay alguna cosa extraña, también te lo va a decir”, explica. La urgencia, sin embargo, suele jugar en contra del cliente y hace que muchas veces esa conversación llegue demasiado tarde. “La gente pide que le hagan el trabajo y después pregunta, y esto es malo, porque después se encuentran con las sorpresas”. González recuerda además que debe existir un presupuesto previo, algo especialmente importante cuando se trata de un servicio urgente.

También aconseja comprobar quién hay detrás del teléfono al que estamos llamando. Una dirección física, la cercanía con respecto al domicilio o la pertenencia a un gremio pueden servir para tener más garantías. “Normalmente hay que desconfiar cuando nada más hay un teléfono”, señala. En una situación de urgencia, recomienda comprobar en Google Maps si la dirección que facilita el profesional existe realmente y si corresponde a un establecimiento o taller.

Para González, este último punto es especialmente importante porque permite saber dónde reclamar en caso de que aparezca algún problema después del servicio. “Si únicamente tienes un teléfono, aunque tengas factura, los datos podrían ser falsos. En cambio, si has ido a un lugar físico y ves que el local tiene unas garantías, que está agremiado y tiene su número, eso da seguridad al cliente”, afirma.

La recomendación adquiere todavía más peso cuando el trabajo afecta directamente a las llaves de una vivienda. Si se pierden o son robadas, González considera que la cerradura debería cambiarse. “Por descontado”, responde cuando se le pregunta qué hacer en esos casos. Y vuelve a insistir en la importancia de saber quién manipula la puerta y quién puede tener acceso posteriormente a esas llaves. “¿Quién te dice que no pueden quedarse con llaves o vender ese juego de llaves con la dirección incluida?”, plantea.

Especial atención a las viviendas de alquiler y compra

Algo similar ocurre al entrar a vivir en una vivienda de compra o de alquiler. Aunque la cerradura funcione correctamente, González recomienda cambiarla nada más entrar. “Lo primero que tienes que hacer es llamar a tu cerrajero y cambiarla, porque no sabes quién puede tener llaves, cuántas copias siguen existiendo ni quién las conserva”, sentencia.

Joel Sáez