No sé si existe un rasgo humano más distintivo que la envidia. Y no me vengan con el amor, la solidaridad, la empatía, y todos esos supuestos valores de nuestra especie que tanto nos gusta ensalzar para el afuera, como si nos estuviéramos vendiendo con sobreprecio a desprevenidos compradores alienígenas en algún bazar intergaláctico.

Los humanos -verifique, vecino marciano, antes de pasar por caja- somos fundamentalmente envidiosos. O al menos yo lo soy, y si para muestra basta un botón, acá estoy.

Cuando camino por la calle envidio el físico de prácticamente todas las mujeres. En serio. De las musculosas, la potencia de sus piernas; de las delgadas, la brevedad de sus cinturas; de las curvilíneas, la sensualidad de sus caderas. También les envidio fuerte las melenas: las lacias por la suave docilidad de su recto, las rizadas por el salvaje volumen de sus rulos, las onduladas por el provocador zigzagueo de sus cascadas.envidia

Por supuesto que envidio poderosamente a todos mis amigos, en especial, a los que ganan más guita o tienen mejores laburos que yo.

Pero también envidio la alegre conformidad de los que parecen felices con poco. Los que trajinan oficios sencillos y manejan la plata justa para comprar lo que realmente necesitan.

Envidio a todos los que suben fotos de viajes por el mundo: sus torres Eiffel, sus cumbres nevadas, sus playas infinitas.

Pero también envidio a los que sonríen contra una pared de ladrillo un domingo cualquiera, con su mascota, su tele, o un paquete de galletitas. Envidio todo. A los solteros que viven de fiesta, a los casados que se acurrucan las noches de frío, a los jóvenes que tienen toda la vida por delante, a los viejos que ya pueden descansar tranquilos. El otro día me descubrí envidiando a un grupo de privados de la libertad que se veían muy divertidos buscando novia desde el penal y dije: basta, esto es grave.

Me consuela saber que no estoy sola, que la envidia, reitero, es el rasgo humano por excelencia, y para probarlo me basta darme cuenta de que mucha de la gente que envidio también me envidia a mí.

Los que madrugan envidian mi remoloneo matinal; los que trabajan remoto envidian los cumples en mi oficina. Pero lo que más me descoloca es cuando alguien me dice -y pasa seguido- que me envidia la libertad de no tener hijos.

Ahí me doy cuenta de lo engañosa que puede resultar la envidia cuando no se mide desde los zapatos del otro. No puedo contestar cuánto envidio yo el abrazo de su bebote en la mañana, el dibujito que le hizo para el Día del Padre, la sonrisa que le devuelve ante cualquier regalo, hasta las corridas a la guardia a medianoche por esas primeras toses…

Por eso, prefiero tratar de salir con elegancia, tirando alguna sentencia abstracta, como que todo en la vida tiene sus pros y sus contras, o que el pasto siempre luce más verde en el jardín del otro.

Si no viviéramos fantaseando con retozar en césped ajeno, no seríamos humanos.