Quienes prefieren la soledad suelen ser encasillados en dos estereotipos: el solitario sereno y seguro de sí mismo que se elevó por encima del ruido, o el prisionero preocupado que se aleja silenciosamente del mundo. Ambos perfiles comparten una premisa subyacente: que preferir la soledad es algo único con un único significado. Sin embargo, las investigaciones sobre la soledad llegan a la conclusión opuesta. La soledad en sí misma revela muy poco. Lo que importa, casi siempre, es la razón que la motiva.
Esta es una interpretación de lo que describe la investigación, no un diagnóstico de nadie, y cabe mencionar que la mayor parte del trabajo minucioso aquí realizado se ha llevado a cabo con niños y adolescentes, en lugar de adultos, una limitación a la que volveremos más adelante.
Hay al menos tres caminos diferentes para estar solo.
El mapa más útil proviene del psicólogo Robert Coplan, cuyo artículo con Julie Armer lleva el acertado título de "Una multitud de soledades". La idea central de Coplan es que pasar tiempo a solas puede surgir de motivaciones muy diversas, y que agruparlas oculta todo lo interesante. Describe la soledad en términos de dos fuerzas distintas: la atracción que siente una persona hacia los demás y el rechazo que le produce la ansiedad.
Hay al menos tres caminos diferentes para estar solo, según la psicología.
Si se clasifican a las personas según esas dos tendencias, se obtienen tipos distintos. La timidez se manifiesta en ambas: las personas tímidas desean genuinamente conectar con los demás, pero se reprimen porque estar rodeadas de otros les genera ansiedad, por lo que se encuentran solas en contra de su voluntad. La evitación es un caso diferente: una baja atracción hacia los demás combinada con un deseo activo de mantenerse alejado. Y luego está la insociabilidad, que es a la que generalmente se refiere la frase "prefiere la soledad": una baja atracción hacia la socialización sin un miedo real a ella. Las personas insociables no sienten ansiedad ni huyen.
Simplemente encuentran gratificantes las actividades solitarias y no sienten que se estén perdiendo mucho. Los investigadores describen esto como una preferencia sin miedo por la soledad y, al menos en los estudios occidentales, la consideran una forma relativamente benigna de mantenerse al margen.
La preferencia genuina está bien en general; la versión ansiosa es la que hay que observar, según los expertos.
Esa distinción es realmente útil, porque los distintos caminos conducen a distintos lugares. En estudios que diferencian estos tipos, la timidez suele ir acompañada de dificultades emocionales, soledad y problemas de internalización, características propias del deseo de integrarse pero la incapacidad de hacerlo. La simple preferencia por la soledad no conlleva la misma carga emocional. Se relaciona más consistentemente con realizar actividades solitarias, y mucho menos con la ansiedad y el estado de ánimo bajo que suelen acompañar a la timidez.
En otras palabras, la versión de soledad que más merece una segunda mirada no es la de la persona felizmente absorta en su propio mundo, sino la de aquella que está sola porque algo se lo impide: ansiedad, miedo al juicio ajeno, un pasado doloroso con otras personas. El comportamiento puede parecer idéntico desde el otro lado de la habitación. Una persona que lee sola en una fiesta está justo donde quiere estar, mientras que otra se siente atrapada al borde de una habitación a la que desearía poder entrar. La investigación sugiere que la pregunta útil nunca es simplemente si alguien pasa tiempo a solas, sino cuál de esas dos situaciones se trata.
Los cambios de la cultura y la edad
La situación no es estática, y dos factores la modifican. Uno de ellos es la cultura. La idea de que la preferencia por la soledad es relativamente inofensiva proviene en gran medida de entornos occidentales individualistas, donde la autonomía y el disfrute de la propia compañía son ampliamente respetados. Sin embargo, el trabajo de Xinyin Chen, Coplan y sus colegas, que comparan a niños de diferentes culturas, ha revelado que en contextos más colectivistas, la falta de sociabilidad puede interpretarse de forma muy distinta, a veces como una señal de anticolectividad o egocentrismo, y suele estar relacionada con peores relaciones interpersonales y dificultades de adaptación . Según esta evidencia, gran parte de lo que parece un problema con la soledad es, en realidad, la reacción de los demás ante ella, más que algo inherente a la soledad misma.
La edad también importa. Las investigaciones sobre la preferencia por la soledad durante la adolescencia sugieren que esta se manifiesta con mayor naturalidad en la adolescencia tardía, cuando se espera cierto grado de independencia por elección, que en los primeros años, cuando los compañeros constituyen todo el mundo social. Un mismo comportamiento puede ser una señal de alerta a una edad y un signo normal de madurez a otra.
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