La conciencia es una especie de voz interna que actúa como un guardián de la moral. Así lo han entendido muchos filósofos, como Michel de Montaigne: “La conciencia hace que nos descubramos, que nos denunciemos o nos acusemos a nosotros mismos, y a falta de testigos declara contra nosotros”.
Así, hay noches en las que el problema no está en la cama, ni en el colchón, ni siquiera en el cansancio. Está en nuestros pensamientos, en una decisión que pesa, una mentira que todavía incomoda, una promesa incumplida o una acción de la que nos arrepentimos. Si hemos actuado de manera incorrecta no podremos descansar en paz.
El sitio La mente es maravillosa explica que “nos convertimos en personas aptas para vivir civilizadamente en una sociedad, gracias a que alguien nos enseñó, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca”. Entonces, “para poder convivir con los demás tenemos que ceder parte de nuestros deseos”, agrega.
Dice también que, desde niños, “nos inculcan un catálogo de conciencia moral en el que hay dos apartados separados por una gruesa línea roja: lo que está bien y lo que está mal”. Esta es la base, a grandes rasgos, de esa voz de la conciencia a la que se refiere Montaigne.
El riesgo del sobrepensamiento
El proverbio de origen germánico utiliza una metáfora cotidiana para hablar de algo mucho más profundo. Una almohada cómoda facilita el descanso y una conciencia tranquila produce un efecto parecido: permite cerrar el día sin tener que repasar constantemente aquello que hicimos mal.
El filósofo Michel de Montaigne reflexionó sobre la conciencia humana. Foto: Archivo.
El sitio de psicología agrega que “tener la conciencia tranquila, llena de buenos pensamientos, intenciones y acciones nos da la oportunidad de dormir en paz”. Y agrega que “por otra parte, la envidia, la ira, la mentira y el engaño son los mejores ladrones de sueños”.
Claro que tampoco significa que si tenemos una buena conciencia nunca nos equivoquemos, porque el error forma parte indisoluble de la existencia humana. La diferencia está en lo que hacemos después de equivocarnos. Reconocer una falta, pedir disculpas, reparar un daño cuando sea posible y aprender de lo ocurrido también permiten obtener una conciencia en paz.
La metáfora, a su vez, invita a reflexionar sobre otro aspecto. Podemos tener dinero, éxito profesional o reconocimiento y, sin embargo, estar intranquilos si sentimos que para conseguirlos tuvimos que traicionar nuestra integridad. Por el contrario, alguien que ha tomado una decisión difícil pero honesta puede experimentar una sensación de alivio, aunque el resultado no sea perfecto.
En la sociedad actual, solemos tomar decisiones rápidas, impulsivas, porque alcanzar un objetivo parece más importante que la manera de conseguirlo. El proverbio recuerda que las consecuencias de una decisión no terminan con la decisión. Una conciencia limpia se convierte, entonces, en el mejor lugar para descansar. Porque, si no tenemos nada que escondernos a nosotros mismos dormir resultará mucho más fácil.
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