Basta cruzar el arco de Arribeños y Juramento para que el Belgrano de las veredas anchas, los edificios históricos, las torres, las barrancas y los paseadores de perros empiecen a quedar lejos.

No es China, por supuesto. Tampoco pretende serlo. El Barrio Chino porteño es una zona pequeña y con espesura, que empezó a formar su identidad en la década de 1980 cuando se instalaron familias, principalmente, taiwanesas.

Con sus restaurantes, supermercados, comercios y templos, llegó también la posibilidad de que la Ciudad de Buenos Aires, "la reina diversa", se mire a sí misma a través de una nueva diferencia.

Barrio Chino. Foto: Fernando de la Orden/ archivo

Pasear por el Barrio Chino un día de semana tiene la ventaja de eludir multitudes y permitir airearse la cabeza.

El primer imán suele ser visual. El arco, los leones (con la bola de la suerte en la boca) y los carteles que no sabemos leer. Después, el olfato: pescado, especias, caldos, frituras. Luego, las manos: paquetes de algas, tés, salsas y objetos que no sabíamos que existían y que, de pronto, parecen tan necesarios.

Entonces aparece una pregunta menos “turística”: ¿qué buscamos hoy, cuando tantos creen que el mundo está a un clic, en lo “exótico”?

Placer en no entender

Quizás, antes que nada, queremos una pausa. Algo que rompa la rutina. Una palabra que no podemos pronunciar. Un alimento cuyo nombre ignoramos. Una celebración que no coincide con nuestro calendario.

Algo de placer en no entender.

Barrio Chino. Foto: Fernando de la Orden/archivo

Pero el asunto obliga a detenerse frente al arco del Barrio Chino y preguntarse cuánto de aquello que consideramos "oriental” pertenece a las personas que viven esas culturas y cuánto a nuestra imaginación sobre ellas.

Barrio Chino. Festejos de Año Nuevo. Foto: archivo

Porque lo exótico viene con trampa. Podemos mirar la diferencia con curiosidad o convertirla en decorado. Podemos interesarnos por una comida, una lengua o una fiesta o reducirlas a una colección de colores, sabores y objetos “raros”. El otro puede ser una persona que queremos conocer (de miedos y odio hay demasiado) o parte de una escenografía.

Elogio de la diferencia

El Barrio Chino resulta interesante porque es un espacio comercial y todavía es también un lugar de encuentro de comunidades.

Uno puede entrar buscando un paquete de fideos de soja, enternecerse ante una góndola repleta de peluches y salir preguntándose qué valor le da a lo diferente.

Tras el paseo, Belgrano recupera su aspecto conocido, habitual. Pero algo puede quedar desplazado. Al menos durante unas horas, nuestra ciudad tiene magia de extranjera.

Será que a veces lo más curioso no es aquello que viene de lejos y que ponemos afuera, sino mirar lo cotidiano como si fuera nuevo. Abrir una ventana para asomarse a uno mismo, como hacen los viajeros expertos.