El contexto exterior incide con fuerza en el proceso electoral pues Javier Milei integra una coalición reaccionaria de carácter mundial que erosiona el patrimonio de la democracia contemporánea. Debido a esta inserción, el Presidente afronta ahora no una sino seis elecciones. Los candidatos pertenecientes a dicha coalición son por tanto sus correligionarios.

La primera elección la perdió Milei en Hungría. En ella Viktor Orban, el aliado de Putin que puso en tela de juicio los principios y reglas de la Unión Europea fue derrotado en elecciones libres, lo cual demostraría que estas hegemonías contestatarias aceptan, al menos en Europa, el veredicto de las urnas. Milei, conviene recordarlo, adhirió con fervor militante a la candidatura de Orban.

En el próximo mes de octubre, en Brasil y en Israel, la coalición reaccionaria jugará su carta. La intervención abusiva de Milei en Brasil para apoyar al candidato F. Bolsonaro y denostar a Lula da Silva no demanda mayores comentarios, tan fuerte fue la catapulta de insultos que, naturalmente, produjo consecuencias diplomáticas. La relación entre Estados ha sido sustituida por la relación entre facciones que se ubican en los extremos del arco político. Si F. Bolsonaro alcanza la victoria, esa coalición reaccionaria avanzaría triunfante en América del Sur.

Algo semejante ocurre en el Estado de Israel, aquel admirable ejemplo democrático aquejado por concepciones teocráticas. Este temperamento es parte constitutiva del gobierno de Benjamín Netanyahu, a punto de afrontar también elecciones en octubre. Según afirmó el líder opositor Avigdor Lieberman: “el problema en Israel es la utilización política de la religión, no seremos un Estado teocrático como Irán o Arabia”. Sería deseable que esta predicción se confirme, pero lo que nos interesa destacar es el apoyo ardoroso de Javier Milei a esa política, cargado de sentimientos religiosos. ¿Se trataría acaso de la confianza que merece el Estado de Israel en cuanto tal, o del respaldo sin fisuras a un estilo guerrero que mezcla religión y política en circunstancias de extrema peligrosidad ocasionadas por enemigos que buscan destruir al Estado de Israel? La pregunta es dramática.

En este conjunto de incógnitas electorales sobresale la de los Estados Unidos en los comicios de medio término que tendrán lugar en el mes de noviembre. Para Milei, la cuarta elección. La presidencia de Donald Trump, con esa mezcla de autoritarismo y despropósitos, ha despertado en Milei una fuerza de atracción que jamás decae. Viajes abundantes, premios, conferencias, celebraciones mutuas: el espectáculo que se imposta sobre esa fusión de quien protege con quien fervorosamente secunda.

Si nos atenemos a los últimos datos, a los efectos de la guerra mal conducida en Irán y al descenso de su popularidad, Trump padece de dificultades electorales crecientes. Sin embargo, la cuestión inquietante que tiene en velo a la opinión pública, estriba en saber si Trump aceptará o no una eventual derrota.

Ya lo hizo una vez, al término de su primer mandato, alegando fraude y alentando a una turba que irrumpió en el Congreso, y no es descartable que insista en una actitud que impugna uno de los componentes esenciales de la legitimidad democrática: la ética de la derrota (imagino que esta táctica podría reaparecer en Brasil si Lula gana las elecciones).

En semejante escenario cabe suponer que lo que agita a los Estados Unidos es la fricción entre el desprecio de Trump a límites y restricciones, y el control republicano que impone la Constitución. Ignoramos su resultado, pero lo que sí sabemos es que ese roce intenso del cuerpo de la voluntad de poder con el cuerpo institucional está dejando de lado la razón pública y los consensos de fondo que dieron lustre a los Estados Unidos. Milei es parte interesada en este conflicto dada su absoluta identificación con Trump.

Con esta experiencia a cuestas, el Presidente tendrá que enfrentar las elecciones de 2027. En realidad, son dos elecciones que a veces se confunden. La primera deriva de la praxis del régimen federal. Las provincias se desprenden de las elecciones nacionales para que los gobernadores y sus respectivas agrupaciones locales, que pueden o no formar parte de un partido más amplio, mantengan “su situación”, como solía aconsejar Julio A. Roca; que nada en consecuencia cambie para de inmediato buscar arreglos en el orden nacional. A partir de abril-mayo comenzará esta secuencia electoral que, inevitablemente, afectará el clima de la elección nacional.

Este es el perfil de un federalismo electoral que, si por un lado busca acentuar la autonomía de las provincias, por el otro no escapa a la dependencia del Poder Ejecutivo Nacional. El régimen de coparticipación federal, previsto en la reforma constitucional de 1994 y que no ha podido ser adoptado desde aquella época, explica esta falencia. La autonomía electoral enmascara la fragilidad fiscal, esa causa eficiente de constantes negociaciones para obtener favores recíprocos.

Estos comicios dan curso a la sexta elección de alcance nacional: la elección definitoria que decidirá si habrá o no reelección de presidente, alternancia con la oposición o, quizás. con una variante hasta el momento desconocido. A su vez, no está claro aún si las elecciones nacionales a triple turno -con PASO vigentes, primera y segunda vuelta en la competencia presidencial- tendrán la misma configuración.

El Poder Ejecutivo, atento a improvisar su propio partido cooptando dirigentes cercanos, quiere eliminar las PASO ya que tiene definido su candidato; la oposición rehúye la propuesta mientras se explora una vía intermedia, por ejemplo, unas PASO voluntarias.

Si la incertidumbre no se disipa ante semejante panorama, las elecciones en Brasil, Israel y Estados Unidos tendrán efecto inmediato en ese trance en el cual la esfera exterior parece pesar tanto en la conciencia del Presidente como la nacional.