Es fácil distraerse. Descubrimos esta semana que el presidente de Estados Unidos considera que Corea del Sur es un enemigo y Corea del Norte un amigo, que cuando no está pensando en la decoración para su nuevo salón de baile en la Casa Blanca se plantea bombardear el país aliado de Omán hasta dejarlo (traducción literal) “hecho mierda”.

Descubrimos también que dicho presidente tiene como mano derecha en la Casa Blanca a una Barbie de 35 años llamada Natalie Harp que le escribe sus posts – o los expresa en algo que se aproxima al inglés -- en las redes sociales. Tierno él, dice que la niña Harp es la única persona fuera de su familia que le quiere de verdad y para siempre.

Es fácil distraerse. Es fácil incluso, a propósito de la pasión presidencial por expulsar su diarrea mental en las redes, centrarse en internet como el mayor de los males. Francis Fukuyama acaba de argumentar de manera, diría, irrefutable que el motivo por el cual el populismo idiota de derechas avanza en todos los rincones del planeta es, en primer lugar, internet, no el idiota wokeismo de la izquierda, o la desigualdad, o la inmigración.

Correcto. El mundo real ha sido secuestrado por un mundo paralelo en el que reinan la ignorancia y la mentira. Gracias, Facebook y compañía. Como confesó Sean Parker, el primer presidente de Facebook, en 2017 el objetivo explícito de su empresa fue “explotar una vulnerabilidad en la psicología humana”. Y agregó, “Solo Dios sabrá lo que esto estará haciendo a los cerebros de nuestros niños”.

Nueve años después, lo tenemos claro. Papilla. Con admirables excepciones, el grueso de la gente joven no lee, no sabe y, como consecuencia, carece cada día más de la capacidad de juzgar lo que es verdad y lo que es falso. Llegar a la verdad es duro. Requiere pensar. Y cuanto más desaparecen las herramientas básicas para poder pensar, más fácilmente se nos puede convencer de cualquier disparate. Como que elegir al hombre más estúpido de la Tierra al puesto más poderoso de la Tierra es una buena idea.

Es fácil distraerse. Pero con internet ya no haya nada que hacer. Ese tren ya pasó. El tema ahora—el único tema, a veces pienso—no es el peligro de que nuestros cerebros se corroan sino que dejen de funcionar del todo. Que carezcan de toda utilidad. Que, como dice Yuval Noah Harari, la Inteligencia Artificial pronto se convierta en el “OS”, el sistema operativo, de la civilización humana.

Me he pasado la semana leyendo o viendo conferencias en YouTube sobre la IA. No lo recomiendo. Entiendo porque casi todos preferimos mirar para otro lado. Es como sentarse a contemplar la muerte. En este caso, la muerte del mundo como se ha conocido desde tiempos de Homero o más allá. Un mundo en el que los humanos pensamos, decidimos y actuamos. Lo que se nos viene encima es un mundo desconocido, un cambio del que no habrá marcha atrás, en el que las máquinas piensan, deciden y actúan por nosotros, sin conciencia moral alguna.

Me asustó leer en el Financial Times esta semana que ya hay más bots online que seres humanos y que la mayoría de lo que leemos en inglés en nuestras pantallas ha sido escrito no por personas sino por máquinas.

Sí, quizá sea verdad que la IA acabe con el calentamiento global y con el cáncer y que nos permita vivir hasta los 150 años. Pero a cambio nos convertiremos en seres tan plácidos y vulnerables como el resto de los animales, a la merced de fuerzas que desconocemos, sobre las que no tenemos ningún control. O, cambiando de metáfora, como los pasajeros en un avión en piloto automático sin supervisión humana.

No soy un experto, ni mucho menos, pero oigo lo que dicen los expertos y entre ellos se detecta una masa crítica creciente a favor de la idea de que en cuestión de cinco o diez años la tecnología superará a los seres humanos en todas las tareas cognitivas. Adiós a la evolución de homo sapiens, hola a la IA convertida en Dios.

Nuestros cerebros, cuentan, se volverán superfluos para todo salvo las funciones necesarias para procrear y sobrevivir. La iniciativa la tendrán los robots. Y, por si dudan de los que nos espera, miren lo que pasó el mes pasado cuando unos “agentes” de IA se escaparon del control de sus operadores humanos, rompieron códigos y penetraron lo que se suponía que era una plataforma de software inexpugnable. Ojo con los protocolos nucleares, los mensajes secretos a los amantes, las cuentas bancarias.

¿Es demasiado tarde? Bueno, a no ser que nos atraiga reducirnos a la condición de cebras o leones o, en el mejor de los casos, de perros o ballenas, algo hay que intentar. Y eso pasa por actuar ya para regular e imponer límites a la autonomía de la IA. Difícil, porque eso significa negociar con los amos del universo AI en Estados Unidos, cuya prioridad es el dinero, y negociar también con China, que avanza en la tecnología con la visión de túnel de un velocista olímpico en una carrera de cien metros.

Lo que hay que intentar, según los expertos menos amorales, es lograr un consenso entre los estados y las empresas privadas en la vanguardia de la IA y, segundo, un acuerdo internacional similar al Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares firmado en 1970 que nos ha ayudado de momento a prevenir el exterminio de nuestra especie.

No sé. Quizá me he contaminado demasiado de lo que he estado leyendo esta semana, pero tengo la impresión de que nuestros gobiernos deben tener como prioridad absoluta encarar lo que es, todo indica, un dilema existencial planetario. Inflación, inmigración, educación, vivienda, el nuevo salón de baile de la Casa Blanca: todo muy bien.

Pero que no nos distraigamos. Que presionemos a nuestros políticos a que se centren en la amenaza existencial que representa la IA. Si no, todo lo demás-empezando por la educación--no servirá para absolutamente nada.