Desde julio de 2023, cuando Lionel Messi cruzó el Atlántico y pasó del PSG al Inter Miami, ver al mejor de la historia en la MLS se convirtió en una experiencia que iba más allá del fútbol. Era verlo brillar, en el ocaso de su carrera, y revolucionar la industria de un deporte que se hace cada vez más fuerte en los Estados Unidos. Pero también era mantenerlo con el ritmo suficiente como para seguir disfrutándolo con la camiseta de la Selección Argentina, con un objetivo silencioso: jugar el Mundial 2026 a los 39 años de edad. A un mes del subcampeonato contra España, reencontrarse con Leo vestido de rosa provoca otro sentimiento, menos ilusión y más melancolía.

En primer lugar, porque es imposible no tener presentes sus palabras tras la muerte de su papá, cuando en una carta escrita con el corazón se planteó la posibilidad del retiro. Pero también por lo que duele ver en cancha al 10, rodeado de un equipo con varias figuras como Luis Suárez y Casemiro, pero con un funcionamiento por momentos amateur, que se hunde en la tabla y suma una derrota tras otra. El Pistolero tuvo un penal en movimiento, completamente solo, cuando estaban 0-0, pero se apuró y la mandó a cualquier lado; el brasileño, pesado como el clima en la Florida, parece un exfutbolista y salió reemplazado en el complemento, cuando se venía la goleada.

Esta vez fue Toronto FC, un rival menor y que nunca había ganado en Miami, el que se aprovechó de los dirigidos por Guillermo Hoyos, el DT argentino que hace cinco meses reemplazó a Javier Mascherano y empieza a generar cada vez más dudas. Para colmo, el 1-2 se dio en el Nu Stadium, tan pintoresco como negativo en materia de resultados: jugó 11 partidos desde su inauguración en abril, y sólo ganó cuatro. Las butacas vacías en buena parte de este pequeño Maracaná son una señal de este presente deslucido: de los últimos cinco encuentros perdió cuatro y empató uno.

Messi ya no puede solo. Foto: AP Photo / David Santiago.

El gol de Messi, el 923 de su irrepetible trayectoria, fue un chispazo en el medio del apagón. Llegó cerca del final, después de que un defensor del Inter sacara el tercero de los canadienses en la línea. Fue el único tiro al arco de Leo, que quedó mano a mano tras un pase cantado de Rodrigo De Paul, al que le alcanza con muy poquito para ser el mejor.

La zurda del rosarino maquilló su noche y la de todos los fanáticos que se acercaron a verlo, demasiado poco para quienes disfrutaron sus hazañas durante casi 20 años de plenitud. Y una migaja para él, que ni lo festejó, y tras el pitazo final se fue enojado hacia el vestuario.

Acostumbrado a romper paredes y ganarlo todo, a Leo le espera un desafío mayúsculo, el de recuperar la sonrisa. Las próximas dos citas del Inter vuelven a ser en casa, el sábado que viene contra Montreal y el siguiente frente a Atlanta United. Sus compañeros deberán ayudarlo.