La propuesta parecía difícil de imaginar como un proyecto de conservación: cubrir un terreno degradado con miles de toneladas de cáscaras y pulpa de naranja. Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió a fines de los años 90 en el Área de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica.

La iniciativa surgió en 1997 de los ecólogos Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, investigadores vinculados a la Universidad de Pensilvania y asesores del área protegida. Ambos llegaron a un acuerdo con Del Oro, una empresa productora de jugo que acababa de instalarse cerca de los límites de la reserva.

El trato era particular: Del Oro entregaría al área de conservación terrenos boscosos de su propiedad y, a cambio, podría utilizar una parcela degradada para depositar gratuitamente sus residuos orgánicos.

A partir de 1998 llegaron alrededor de 1.000 camiones cargados con unas 12.000 toneladas métricas de cáscaras y pulpa de naranja, que fueron distribuidas sobre aproximadamente tres hectáreas de antiguos pastizales.

Una demanda frenó el experimento y el terreno quedó olvidado

El proyecto duró poco. TicoFruit, una empresa competidora de Del Oro, presentó una demanda al considerar que el depósito de residuos había contaminado un parque nacional.

Daniel Janzen y Winnie Hallwachs, investigadores vinculados a la Universidad de Pensilvania .

La disputa llegó hasta la Corte Suprema de Costa Rica, que falló contra el proyecto. El vertido de cáscaras quedó suspendido y la parcela permaneció prácticamente olvidada durante unos 15 años.

Eso cambió en 2013, cuando Janzen conversó sobre el antiguo experimento con Timothy Treuer, entonces estudiante de posgrado del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Princeton.

Treuer decidió buscar el lugar. Al llegar encontró una transformación tan profunda que inicialmente tuvo dificultades incluso para localizar el cartel que identificaba el experimento.

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“Estaba tan cubierto de enredaderas y el bosque había vuelto a crecer de una manera tan exuberante que lo pasamos completamente por alto”, explicó posteriormente el investigador.

Qué encontraron los científicos 16 años después

Treuer regresó junto con Jonathan Choi, entonces estudiante de Princeton, para comparar científicamente el sector donde se habían depositado las naranjas con un terreno vecino que no había recibido esos residuos.

Los resultados fueron publicados en la revista científica Restoration Ecology. Después de 16 años, el área tratada presentaba un 176% más de biomasa leñosa sobre el suelo que la parcela utilizada como control.

cubrir un terreno degradado con miles de toneladas de cáscaras y pulpa de naranja.

Las diferencias no terminaban allí. Los investigadores encontraron tres veces más riqueza de especies de plantas leñosas, mayor diversidad de árboles y un dosel forestal considerablemente más cerrado. El suelo también mostraba mayores niveles de macro y micronutrientes importantes para el crecimiento vegetal.

Era difícil creer que la única diferencia entre las dos áreas fuera un montón de cáscaras de naranja. Parecían ecosistemas completamente diferentes”, señaló Treuer.

Durante el relevamiento también encontraron fauna silvestre y árboles de grandes dimensiones. Choi recordó especialmente una enorme higuera de unos 90 centímetros de diámetro.

Los tres momentos que muestran el notorio cambio.

Por qué las cáscaras consiguieron acelerar la recuperación

El terreno había sido utilizado anteriormente para ganado y presentaba suelos compactados, rocosos y pobres en nutrientes, afectados por años de sobrepastoreo y manejo mediante incendios. La enorme cantidad de materia orgánica aportada por los cítricos modificó esas condiciones.

Al descomponerse, las cáscaras incorporaron nutrientes y favorecieron condiciones que permitieron el establecimiento de vegetación. La recuperación del bosque, a su vez, significó una mayor acumulación de carbono en árboles y otras plantas.

Treuer calificó el caso como uno de los pocos ejemplos que conocía de secuestro de carbono con un costo negativo: la empresa necesitaba deshacerse de un residuo y el ecosistema necesitaba materia orgánica para recuperarse. “No es solamente beneficioso para la compañía y el parque: todos ganan”, explicó.

Un fabuloso ecosistema y diversidad en el Área de Conservación Guanacaste, en el noroeste de Costa Rica.

Los investigadores, sin embargo, advirtieron que el resultado no significa que las empresas puedan simplemente arrojar residuos agrícolas sobre terrenos degradados. El experimento no fue replicado y las características de cada ecosistema pueden producir resultados diferentes.

El caso de Guanacaste sí dejó una evidencia concreta: en determinadas condiciones y bajo supervisión científica, aquello que una industria considera un desecho puede convertirse en una herramienta de restauración. Las 12.000 toneladas de residuos que terminaron en un antiguo pastizal ayudaron a que, 16 años después, dos parcelas vecinas parecieran ecosistemas completamente distintos.