Hace más de diez años, conversé con el escritor francés Daniel Pennac justamente en alguna salita de la Feria del Libro cuando vino a presentar su libro Señores niños. Entonces Pennac recordó a un crítico literario, Albert Thibaudet, que decía que había “lectores” y “leedores”. El escritor se sentía uno de los “leedores”, que es quien mantiene una relación intelectual con lo que lee, que puede cuestionar lo que está impreso. “Por supuesto, el libro me acompaña intelectualmente, es decir, que mi lectura no está estrictamente limitada a lo emocional. Sería eso, el lector limita su lectura a un conjunto de emociones: la comisión, la distracción, la risa…”, me decía entonces.

El escritor francés Daniel Pennac en la Feria del Libro de Buenos Aires de 2012. Foto: Leandro Monachesi

¿Seremos buenos lectores o buenos leedores? La pregunta rebota y circula por los pasillos de la 50° Feria que está plena construcción. ¿Qué pasará con el libro? Es otra pregunta que atraviesa el último medio siglo, una inquietud que, ya en 1978, llevó a Jorge Luis Borges a decir: “Se habla de la desaparición del libro; yo creo que es imposible”.

Diez años antes, Roland Barthes asociaba la omnipotencia del lector y la muerte del autor. Cedía su preeminencia al lector, entendido como “aquel que reúne en un mismo campo todas las huellas que constituyen lo escrito”. La posición de lectura se considera como el lugar en el cual se reordena el sentido plural, móvil e inestable, como el lugar donde el texto, sea cual fuere, adquiere significación.

El filósofo y semiólogo francés Roland Barthes.

Los lectores son viajeros incansables, necesitados siempre de la inmersión en mundos inimaginables por sus propios medios. Voraces en sus búsquedas, a veces, logran contagiar ese entusiasmo casi ingenuo.

No voy a citar los apocalípticos índice de lecturas siempre en declive y alarmantes sobre la baja de la lectura, el desinterés en los libros y diarios y revistas en general, impresos o digitales. Siempre se puede estar peor. Son voces y gritos que alertan, pero también desaniman y justifican la idea de que sumergirse en un libro es casi un sacrificio bíblico. Lo importante, como señala Leila Guerriero es que se recupere la atención.

Recuerdo un viejo chiste en el que un borracho buscaba sus llaves alrededor de un faro de luz. Alguien lo vio, le preguntó qué estaba haciendo y el hombre arrodillado le explicó su pesar. El otro le dice, con lógica, por qué no busca más allá del faro. Y el borracho le responde, con “su” lógica, “lo busco bajo el faro, porque aquí hay luz”.

El pensador francés Michel de Certeau decía que “la lectura no es una garantía contra el desgaste del tiempo (uno se olvida y lo olvida), no conserva sus adquisiciones, y cada uno de los lugares por donde pasa es repetición del paraíso perdido”. Es decir, tampoco carguemos de responsabilidades el acto de la lectura como solución a distintos y profundos problemas. Aunque...

Leer es también buscar más allá de la luz de las pantallas con las que estamos conviviendo. Leer puede provocar pasión, inconformismo, incredulidad, desconfianza. Defectos para muchos, virtudes para quienes siempre llevan un libro en el bolsillo, mochila, cartera o lector electrónico. Por sobre todas las cosas, incentiva al uso de los sentidos: esos que nos orientan en la oscuridad de una realidad que pide a gritos ser iluminada. Más allá del faro de luz.