Desde hace años, quizá desde que él murió, viaja conmigo Lugar común la muerte, el libro de Tomás Eloy Martínez, de quien nunca me olvido. Lo recuerdo en muchos momentos de la vida, nunca se ha ido de mi memoria. Lo recuerdo, sobre todo, y por eso va conmigo aquel libro suyo, en el momento en que recibimos en Cartagena de Indias la noticia de la muerte de Tomás aquel último día de enero de 2010.
Estábamos temiendo que pasara, el tiempo estaba diciendo que pronto ocurriría, hasta que llegó la mala nueva. Estábamos en la casa de Gabriel García Márquez. Nadie habló más alto que el otro. Gabo miraba a los celajes, ya él no sabía qué había dentro de los nombres propios. Yo no pude olvidar, en todo aquel tiempo, un viaje de Tomás a México, cómo sabía reír, cómo vivía con los otros la alegría de estar vivo Tomás Eloy. Estaba con él su hijo Ezequiel, qué pareja sin tacha, qué alegría.
En aquel momento, en Cartagena de Indias, la memoria era la parte de arriba del resto de la vida de quienes lo quisimos. Cuando se supo de su muerte yo lo vi en aquel lugar de México, riendo, a él y a su hijo. Cuando mueren los amigos, los padres, aquellos que ya no vuelven sino en la memoria, nos queda la rabia de no escucharlos más. En aquel momento de Cartagena me vino una y otra vez lo que él quisiera decirme. Y se reía. La casa de Gabo no lo sabía, pero allí se estaba riendo también, otra vez, Tomás Eloy Martínez.
Estábamos allí la mujer de Gabo, Mercedes, amigos españoles y colombianos. Estábamos recibiendo información sobre la noticia triste del adiós definitivo del autor de La novela de Perón. Gabo, aquel gran periodista, ya no conocía el sentimiento de las noticias que ocurrían, había perdido sin remedio la memoria que tanto le dio a la historia de la literatura.
Así que Gabo estuvo viéndonos hablar como si él recibiera noticias de otro mundo. Un año antes Gabo nos enseñó su cuarto de trabajar a Juan Luis Cebrián, a otros amigos. Observé que en su escritorio solo había una especie de mesa sin nada, y él nos lo enseñó como enseñan los que ya no saben quiénes son y, sobre todo, quiénes fueron. Vi a Gano entonces diciendo sin la voz, como si viniera de otro mundo para decir, en un instante, que se estaba yendo.
Quizá ese momento, en el que Gabo era el menos avisado de la muerte de Tomás, es el que no se ha escapado jamás de aquellos momentos de mi vida. Siempre está uno yéndose, y ese era un momento, me parece, en que yo mismo estaba sabiendo cómo sería la palabra adiós cuando ya no sabes qué significa. Y será por eso por lo que este libro, Lugar común la muerte, sigue siendo la señal de cómo viene la muerte a la vida de las casas. Y ésta vino precisamente cuando estábamos visitando a Gabo, quien ya no conocía.
Ahora veo sobre mi escritorio de Tenerife aquel índice: Perón sueña con la muerte, Saint -John Perse desaparece, Fases lunares de Macedonio, La versión de Borges, Argumentos de la vida y de la muerte… Lo guardo como oro, Tomás Eloy está hablando en su casa, y qué raro se hace que ya no tenga voz cuando te mira mirar, y ahora sería tan importante que volviera…
Le escucho contar lo que le oyó a Borges decir de Lugones: “Qué raro, Lugones: un hombre tan inteligente, de tantas lecturas, ¿cómo nunca pensó en escribir un libro?” Ámbos, decía Tomás, tenían la costumbre de la soledad, “pero la mente de Macedonio era más hospitalaria”.
Parece de Tomás esto que él subraya como si hubiera sido dicho por Saint-John Perse: “Acaso hay sólo alabanza que podría hacerlo feliz: la que describe su vida como un vasto poema de amor donde el hombre convive en pie de igualdad con las algas; donde el hombre no es sino un soplo de arena en la enorme playa del universo”.
Ese momento en el que todos supimos que había muerto el autor de Santa Evita está, pues, en la garganta de mis recuerdos, como si me llamara en sueños para avisarme él mismo Tomás de que ya no estará con nosotros por los siglos. Lo vi un mediodía de Madrid, cuando ya sabía que no tendría más amores; estaba triste, nos oía hablar como yéndose, pero jamás sentí, ni cuando no hablaba, que estaba con nosotros hasta cuando tenía ganas de llorar.
En aquel atardecer al que yo me presté como el que podía hacer llamadas o recados, era Gabo el que de manera más animada hacía las cosas. Ausente de las muertes, el autor de Cien años de soledad se estaba prestando a ser útil en la oscuridad de la vida. Él se ofrecía a Mercedes para traer o llevar agua o cualquier cosa que aliviara el sofoco del momento.
Gabo no sabía qué pasaba, pero gracias a él fueron pasando las palabras, hasta que él hizo aquel momento de recuerdo a Tomás. Sin estar cerca ni lejos, fue el que lo atrajo con más sosiego, con la voz más alta, mirándonos. Yo sentí en aquel momento en que decíamos adiós al autor de Lugar común la muerte que, a la vez que Gabo, había un mundo entero sintiendo la misma extrañeza, igual desolación, pero solo se podía decir en silencio.
Aquel inmortal de la historia de la literatura se volvió a sentar en el asiento que le correspondía, que casualmente era el que estaba contiguo al mío. En una de esas idas y venidas Gabo se había acercado a mi oído para preguntarme acerca de aquello que nos mantenía hablando. Yo le había dicho también al oído la naturaleza triste de la noticia, que en ese momento ya estaría dicha en todas partes. Le dije a Gabo: “Ha muerto Tomás Eloy Martínez, tu amigo”. Lo he contado muchas veces: en ese momento Gabo hizo un silencio sombrío hasta que rompió a decir algo que ya sería, siempre que ocurrían noticias tan tristes como ésta, un modo suyo de la condolencia: “Era el mejor de todos nosotros”.
Tomás había muerto en Buenos Aires, después de una enfermedad larga y terrible; no se le rompió el conocimiento de la vida, pero dejó de hablar. En su casa, donde lo vi algún tiempo antes, hacía lo posible por atraer a los otros (a sus amigos, a sus hijos) a las palabras que no podía decir.
Siempre estaba, en esos tiempos sin voz, dispuesto a hacer de las palabras una posibilidad. En esos tiempos recordaba su modo de contar historias (de su país, de Río de Janeiro, de cualquier sitio de los mundos que transitó, del exilio venezolano, por ejemplo…)
Uno de los momentos en que el recuerdo ya no lo tiene en la vida, exactamente, viene todo el tiempo, como si estuviera sentado con nosotros de nuevo en la casa de Gabriel García Márquez, su amigo, en Cartagena de Indias, la tarde en que vino como del rayo la noticia de que Tomás había muerto en Buenos Aires, después de una enfermedad larga que afrontó con una entereza que le acrecentaron sus hijos.
En aquella ocasión Gabo estaba ya sin memoria y preguntaba por la naturaleza de nuestro dolor. Al principio fue testigo de nuestro estupor ante la muerte de Tomás Eloy Martínez; en un momento determinado Gabo, aquel hombre sin memoria, se levantó de su asiento, que estaba a mi lado, y se ofreció a Mercedes, su mujer, a ayudar en cualquier cosa mientras nosotros hablábamos de lo que fuera, que en este caso era de la tristeza de la muerte de Tomás, uno de sus grandes amigos.
Así que desde hace algún tiempo llevo conmigo aquellos textos, como si él, Tomás, me pudiera hablar desde donde ya de él están sino sus libros, el recuerdo más fértil de su pasado. Él dejó dicho que lo que escribió en Lugar común la muerte podría terminar siendo materia de olvido. Ese libro jamás me ha dejado, y hoy, no se sabe muy bien por qué, ha vivido conmigo como si estuviera ahí esperando que el mar de la isla me trajera otra vez la risa de Tomás Eloy celebrando, como un día de México que con él también estaba su hijo Ezequiel.
Yo los estaba viendo reír.
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