En la Botica del Ángel, el pasado no pide silencio. Hace ruido, se ríe y, de vez en cuando, se pone alitas.

Igual que su creador, Eduardo Bergara Leumann (1932-2008), actor, conductor de televisión (de La Botica del Angel y La Botica del Tango), vestuarista, artista visual y pionero del café concert local.

De afuera, la sede de este museo escenográfico parece una iglesia. Y lo fue. Pero Bergara transformó el edificio en una máquina del tiempo, que en septiembre festeja los 60 años.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

El espacio propone uno de los mejores viajes por la historia de nuestra cultura: en vez de devolvernos a lo que fuimos, nos permite descubrir cuánto de aquella creatividad sigue con nosotros.

Todos juntos en capilla

El edificio, de fines del siglo XIX, tiene 33 salas, patios, terrazas y hasta los pasillos atiborrados de obras de arte y documentos.

Bajo el mismo techo están El Circo Criollo, con espejos deformantes, en honor a los hermanos Podestá, “esos ilusionistas que hacen las penas desaparecer”, y El Baño de Shakespeare, donde los mingitorios tienen estampas con la cara del autor de Romeo y Julieta, por lo cual nadie –juran– los usó jamás.

La Cocina de Doña Petrona. Documentos de Gardel (de Toulouse, de Uruguay y de acá). Manuscritos de Borges. Un vestido de Tita Merello. Un espacio para el folclore.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Conviven obras de Antonio Berni, el maestro de la pintura “social” y una sala art nouveau, es decir, ese estilo tan “burgués” que creció en la década de 1910 en barrios cercanos al Centro donde los grupos acomodados encontraron espacio para construir casas de alquiler que no dejaran de maravillar.

Adentro de esa sala, entre los lirios gigantes, suena Canaro y se lee: “Todo se cura con el champagne”.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Sigue y sigue la lista. Hay en total unas 2.000 piezas y cada una guarda historias. O sea, es imposible no sonreír, conmoverse, pensar. Y, aunque invariablemente uno se pierda, volver.

Siempre alguna maravilla va a aparecer, y alguna sombra corretenado por ahí, quizá, también.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Un altar para los artistas

Hay una pregunta que surge cada vez que uno recorre La Botica: ¿es la Biblia y el calefón? Sí y no. ¿Kitsch? Puede ser.

José Luis Larrauri, que trabajó durante 20 años con Bergara y guía las visitas por el espacio, prefiere una definición del crítico Edmundo Guibourg: Bergara fue un “armonizador de ideas”. Y aclara que se trata de un “desorden” diseñado.

-¿Por qué Bergara creó este espacio?

-Sabía lo duro que era ser artista. ”Uno sólo se lleva lo que les deja a los otros”, también decía y estaba convencido de que sólo muere lo que no se recuerda”.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Sagrado y profano

Esta historia arranca en 1966. Bergara abrió la primera sede de La Botica en Lima 670. Iba a ser una sastrería pero un carpintero se equivocó, hizo una tarima enorme y Lola Membrives imaginó un escenario. Bergara lo hizo realidad, con alitas puestas.

En esas tablas Susana Rinaldi empezó a cantar tango y debutó Leonardo Favio, quien luego resumió: Gracias a Bergara, dejé de comer salteado”.

“Una vez en la que una artista tardaba, le pidió la cartera a una espectadora y la abrió ante todo el público”, cuenta Larrauri.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Aquella improvisación pegó y se transformó en un sketch del que no se salvó ni la nieta del dictador español Francisco Franco.

El legado de grandes artistas, con el aura de la bohemia más que de las marquesinas, cobra vida. Por ahí andan también Benito Quinquela Martín y Raúl Soldi. Marta Minujín. Carlos Gorriarena. Más Berni. Todos tan distintos y, como subraya Larrauri, siempre “desalmidonados”.

Berni recreó en La Botica a su célebre personaje Ramona Montiel en un baño rodeada de frascos a los que llamó “abortos sociales”, para aludir a desigualdades. Y, como el Instituto Di Tella, semillero de vanguardia, La Botica -a la que se llamó “el Di Tella del sur”- fue clausurada.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Pero Bergara no subestimó la magia. Y ahora Eva Duarte está junto a Libertad Lamarque. Muchos se acuerdan de que se pelearon cuando filmaban “La cabalgata del circo” en 1945. No hubo cachetazo de Libertad a Eva, como dice la leyenda. Pero “La novia de América” debió brillar exiliada.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Cuando se extendió la avenida 9 de Julio, aquella sede de La Botica fue demolida. Bergara compró portones, molduras, columnas y angelitos y mudó su aventura a la sede actual, en Luis Sáenz Peña 541.

En la década de 1970 se fue del país. Actuó para Federico Fellini en Italia. Pasó por Estados Unidos, donde expuso obras. Y en los ‘80 volvió al país, a la Ciudad.

La charla continúa

Entonces, Bergara recolectó la colección de tesoros que había distribuido entre amigos y reabrió el museo con una réplica de la obra de Berni censurada, que todavía se exhibe.

La Botica del Angel. Foto: Cristina Sille

Hay de todo como en botica en La Botica. Apabulla, cierto.

Pero al final uno entiende que no se trata de ordenar la cultura argentina en compartimentos sino de ponerla a conversar, como hacía Bergara mientras convidaba rosquitas.

Cuando Bergara murió, La Botica pasó a manos de la Universidad del Salvador. Además de Larrauri, Maura Ooms y Yolanda Acuña se ocupan de que todo siga intacto, vivito y coleando. Y les sale. Una y otra vez, entre querubines, en general risueños, la memoria abre las alas.

Para información sobre las visitas guiadas, ver la página web www.boticadelangel.usal.edu.ar o la cuenta de Instragram en @usalboticadelangel