A raíz de la reciente polémica en torno a Adam Smith, a partir de las posiciones de Javier Milei y Axel Kicillof, resulta oportuno considerar algunos de sus mayores aportes al conocimiento de la sociedad en general y la economía en particular.
En el plano económico, sorprende que, en el debate actual en torno al pensamiento de Adam Smith, se destaque su idea de que la división del trabajo genera una creciente productividad y contribuye al crecimiento, pero al mismo tiempo se considere errónea la teoría del valor trabajo.
Esta teoría explica cómo la productividad del trabajo incide en los precios relativos o en las relaciones de intercambio entre mercancías. Es correcta, pero insuficiente, ya que no logró resolver la llamada paradoja del valor (comparados con el agua, los diamantes poseen poca utilidad, pero “mucho valor”, por ejemplo), cuestión que será resuelta posteriormente.
Más allá del plano económico, su concepción del ser humano —desarrollada en la Teoría de los Sentimientos Morales, de 1759— parte de una idea central: no hay humanidad anterior ni fuera de la sociedad. Es decir, la humanidad de cada individuo se construye a través de los otros, en un intercambio de puntos de vista que denomina simpatía.
El hombre no es meramente social en sus relaciones, sino que se constituye como tal en ellas. Fuera de la sociedad, el sujeto “carece de un espejo” que “exhiba ante sus ojos” lo necesario para pensar “en su propia personalidad”; en cambio, al entrar en sociedad, “es provisto del espejo desplegado en el semblante y actitud de las personas que lo rodean”.
En ese sentido, la noción de mano invisible adquiere un significado que poco tiene que ver con la idea de individuos que interactúan como átomos guiados únicamente por su interés. Por el contrario, la satisfacción de las necesidades de un individuo se realiza en relación con las de los otros. El juego sociomercantil implica que, como si fueran conducidos por una mano invisible, incluso los egoístas cooperan: la intersubjetividad genera efectos no buscados por los individuos, ceñidos por la lógica del intercambio.
Algunas lecturas sostienen que la figura de la mano invisible anticipa la de orden espontáneo propuesta por Friedrich Hayek. Sin embargo, Adam Smith define la economía política como “una de las ramas de la ciencia del legislador que debe cultivar un estadista”; es decir, se gobierna con la ciencia y resultaría paradójico que, desde el poder soberano, se pretenda imponer un orden espontáneo.
Más aún, Adam Smith advierte que el gobernante puede ser un hombre fascinado por su plan ideal, que no repara en lo que el pueblo pueda tolerar: arrogante, se obstinará en establecer de golpe y a pesar de cualquier oposición todo lo que esa idea parezca requerir, erigiendo “su propio juicio como norma suprema del bien y el mal”. Se le antoja que es el único hombre sabio y valioso en la comunidad, y que sus conciudadanos deben acomodarse a él, no él a ellos.
La primacía del individuo respecto de la sociedad —el individualismo ontológico, pilar de los pensadores neoliberales en sus distintas vertientes— no existe en Adam Smith, quien concibe la sociedad como un conjunto de relaciones morales cuyo principio supremo es que “la sociedad nunca puede subsistir entre quienes están constantemente prestos a herir y dañar a otros”.
La vanidad, observa Smith, se funda siempre en la creencia de que somos el objeto de atención y aprobación; cuando este sentimiento atrapa a quienes ocupan posiciones de poder, este sentimiento se convierte en un medio al servicio de esa pasión extravagante.
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