Era 1 de febrero de 1977, la vida fluía entre las paredes de una de las casas que ocupaban el número 1670 de la calle 64 en La Plata. Ahí vivían José Roberto Bonetto y Anna María Mobili, ambos de 33 años, y sus dos bebés: Martín, de 15 meses, y Ana Julia, de 40 días. Tal vez, estaban por comer. Tal vez, escuchaban la radio. Tal vez, se reían. Nadie lo sabe porque una patota al mando de Ramón Camps, jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (1976-1977) y amo y señor de una telaraña truculenta que enlazaba 29 centros clandestinos de detención, arrasó con la puerta y con la vivienda toda, secuestró a los adultos y dejó a los chicos con los vecinos. Los padres fueron torturados y asesinados. Sus cuerpos, desaparecidos. Los chicos son ahora los autores del libro Hubo una vez un patio (Planeta), una rara avis en el corpus de títulos sobre la dictadura que comenzaba hace 50 años.
Hubo una vez un patio, de Ana Julia Bonetto y Martín Bonetto (Planeta). Foto: gentileza.
Ana Julia se crió en Olavarría con la familia de su padre. Es profesora en Artes Visuales. Martín creció en La Plata, con la hermana de su mamá, y es reportero gráfico desde 1999 y fotógrafo de Clarín. La de separarlos tras el asalto a su casa y la ausencia de sus padres fue una decisión desesperada. "El razonamiento fue: Martín tenía 15 meses y ya conocía a su abuela, mi mamá, y a mí. Kela dijo: ‘Me llevo a Ana Julia que no conoce a nadie, no va a extrañar tanto. Hagamos esto hasta que vuelvan Anna y Roberto’", recordó la tía Alejandra, hermana de su mamá. Pero no volvieron.
De manera que crecieron a lo lejos, con reuniones periódicas que achicaban los 350 kilómetros que separan Olavarría de La Plata. Las tías se transformaron en madres y los primos, en hermanos. Y ellos, hermanos sin vida cotidiana en común.
Contar y descubrir
"Quiero que hagamos este libro no solo para contar nuestra historia, sino para descubrirla. Para ver si hay en mí algo de papá y mamá", escribe Martín. "Yo necesito un lugar físico para los cuatro. Estuvimos solo dos meses los cuatro juntos. Necesito ese lugar. Un libro es un espacio donde podríamos estar juntos para siempre", escribe Ana Julia. En la otra página, una fotografía de 1979 los muestra abrazados y sonrientes, melenas rubias, listos para soplar las tres velitas que celebran el cumpleaños de la nena.
Con ese propósito de construir un "libro-casa", abrieron una caja en la que sus familias materna y paterna habían ido conservando fotografías, escritos, dibujos y objetos de sus padres. Ahí estaban los retratos de Anna, las ilustraciones de Roberto, al que todos llamaban “Beltra”, los poemas de Anna, las notas de Roberto a sus compañeros de militancia en Montoneros, los dibujos que Anna hacía y colgaba en su cuarto, el acta de matrimonio entre ellos...
A esos materiales fueron sumando la memoria. La de las abuelas y las tías, la de los vecinos y amigos, la de los compañeros de militancia. Ana Julia fue la que comenzó a construir ese corpus. "Siempre fui la que estuvo preguntando, queriendo saber, buscando, recolectando y, cuando tenía 18 años, me fui a vivir a la casa de mi tía Ale, a la casa de Martín, y ahí mi tía me dio la caja”, recuerda.
Esas pesquisas fueron aportando certezas a ese océano de preguntas. Un día, la vecina Dora le avisó a Ana Julia que había escuchado el testimonio de una mujer ante el tribunal del Juicio a las Juntas en el que se mencionaba a sus padres. La testigo era Adriana Calvo de Laborde, que había compartido el cautiverio con Roberto y Anna, primero en el Pozo de Arana y luego en la Comisaría Quinta.
"Tenía veinte años, más o menos, y fui a Buenos Aires con mi prima Lula a entrevistar a Adriana Calvo, a charlar con ella. Yo estaba muy nerviosa. Quería que Adriana me viera igual a mi mamá. Igual de linda, igual de inteligente. Igual de comprometida. Eso jamás iba a suceder, pero esa era mi preocupación, no decepcionarla, porque ella era la última persona que había visto a mi mamá y ahora me estaría mirando a mí", cuenta Ana Julia.
De alguna manera, esa búsqueda recorre la vida de ambos. Acercarse a esos padres ausentes y al mismo tiempo tan presentes. Aunque cada uno de ellos sostuvo esa condición, la de hijo de desaparecidos, de manera dicotómica. Mientras Ana Julia convivía con el recuerdo permanente en su casa y el silencio social de Olavarría; Martín tenía compañeros de escuela con padres asesinados por el terrorismo de Estado, pero en su casa no era tema, a menos que él preguntara. Ese sisma permanece y se ha transformado, aunque no parezca posible.
En la puerta de una oficina
En 2010, sonó el teléfono en la casa familiar de Olavarría. La tía Kela, hermana de Roberto, atendió el llamado del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF): habían identificado los restos de “Beltra”.
Los hermanos Ana Julia Bonetto y Martín Bonetto, autores del libroHubo una vez un patio (Planeta). Foto: Martín Bonetto.
Ana Julia lo recuerda así: "No lo podía creer. Lo primero que querés en ese momento es agarrarlo, tocarlo, pero no se podía. Había que hacer unos trámites y buscar unos papeles. Así que yo me iba a la puerta de la oficina que tenían sobre la avenida Rivadavia y me quedaba ahí. Era la primera vez que podía estar cerca de mi papá".
Martín fue con su cámara y retrató a su hermana en una de las oficinas de la sede del EAAF delante de la camilla en la que fueron dispuestos los huesos de su padre. También hizo una foto de sí mismo. La publicó en sus redes sociales con esta leyenda: "Selfie con papá".
Ana Julia lo vivió así: "Pregunté si se podía tocar y, cuando me dejaron, no podía parar, jamás en mi vida me imaginé que iba a poder tocar a mi viejo, porque yo sentía que estaba tocando a mi viejo. Eso no era un hueso, eso no era un esqueleto, ese era mi papá, y le tocaba la cabeza, le tocaba los brazos, le tocaba la mano, le tocaba la pierna. Acá estoy, acá estoy, le decía. Fíjate la importancia de encontrarlo".
No fue fácil dar cuenta de este camino. No fue fácil dejar afuera fotos amadas, recuerdos atesorados, escenas o testimonios cuidadosamente registrados. "Este no es un libro de memoria ‘clásico’. No es un testimonio lineal, ni una biografía, ni un archivo histórico. Aunque contiene algo de todo eso, es, ante todo, un libro-casa", escriben. Una casa en la que sienten que se han reencontrado con esos padres robados en una acción que no se encuentra en el pasado sino que permanece en el presente, cada día, todos los días en los que siguen faltando.
Hubo una vez un patio, de Ana Julia y Martín Bonetto (Planeta).
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