El ex embajador argentino en Brasil, Estados Unidos y China, Diego Guelar, lleva un conteo sobre política internacional muy interesante. Tiene registradas, desde febrero último, 43 ocasiones en las cuales Donald Trump cambió su postura sobre la guerra con Irán. Basculó entre supuestos acuerdos de paz y amenazas de bombardeos y extinción contra la nación persa. En esta hora continúa predominando la tendencia a las hostilidades.
Aquella referencia puede adquirir validez porque es la segunda vez desde abril que Washington coquetea con un presunto cambio de postura frente a Gran Bretaña por el conflicto de las islas Malvinas. Primero fue la filtración de un “paper” del Pentágono en el cual se advirtió sobre esa posibilidad. De inmediato fue descartada por el Secretario General, Marco Rubio. En las últimas horas, el propio Trump resultó el encargado de sembrar dudas similares. Ante una pregunta sobre su voluntad de revisar posiciones históricas de Estados Unidos en materia de política exterior aseguró que “siempre reviso todas las posiciones”. La confrontación con Irán lo está certificando.
El gobierno de Javier Milei se subió muy rápido a la ola malvinera. No se sabe cuánto estimulado por la sugerencia del mandatario de Estados Unidos y en qué proporción por las visibles dificultades de retomar una iniciativa que el empantanamiento de la economía de bolsillo le estaría impidiendo. El anuncio de una cadena nacional para mañana revela esa intención inocultable.
La premura política libertaria, tal vez, estaría pasando por alto ciertas razones centrales que explicarían la conducta de Trump. ¿Pretende Washington tenderle una mano ahora a la Argentina por la soberanía de las islas frente a la cual mantuvo histórica neutralidad en los organismos internacionales?. ¿O se está en presencia de un juego de contexto mucho mayor?. Hace tiempo que Trump se encuentra en una disputa con el gobierno británico por su reticencia a apoyar operaciones militares en Medio Oriente. También por no alcanzar el objetivo del 5% del PBI en gasto de defensa exigido para los miembros de la OTAN.
La estrategia del gobierno libertario en estos años por la discusión sobre Malvinas no pareció disociada del encuadre general de la política exterior. Una negociación a largo plazo, la elusión de discursos confrontativos y el acercamiento a Estados Unidos. No se tiene constancia sobre ningún movimiento diplomático especial al margen de ese panorama. La última resolución formal de la ONU sucedió en junio del 2026 en el marco del Comité de Descolonización. Nunca en la Asamblea plenaria. Ese texto, que insta a las partes a reanudar negociaciones bilaterales, fue promovido por Chile y auspiciado por la mayoría de las naciones de la región.
Javier Milei, en 2025, en la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York. Foto: EFE/ Kena Betancur
Aquel plan de las relaciones exteriores libertarias insume costos que, en realidad, dificultan a nuestro país la posibilidad de realizar propuestas algo osadas sobre las Malvinas en los organismos internacionales. Se puede reparar en varios mojones. Este año la Cancillería, que conduce Pablo Quirno, resolvió votar solo junto a EE.UU. e Israel en contra de una resolución impulsada por naciones africanas y caribeñas que declaró la esclavitud racializada como “el crimen de lesa humanidad más grave de la historia”.
Un gesto diplomático similar se repitió el pasado mes de julio cuando la Argentina, integrando un bloque de nueve países, se opuso a debatir el fin de embargo de Washington a Cuba. Moción que cosechó 136 votos favorables.
Al haber encapsulado la política exterior, el gobierno de Milei perdió a lo mejor buena parte de la capacidad para analizar las relaciones exteriores bajo un cristal más amplio. Quizás esa resulte la razón de mala praxis diplomática que la mayoría de las naciones del mundo computan. En declaraciones a un diario británico Milei aseguró que, en cualquier caso, la Argentina respetaría “los deseos” de los isleños. Exactamente lo opuesto a lo que definió la célebre resolución 2065 de la ONU, del gobierno der Humberto Illia. Estableció que en la búsqueda de una solución al conflicto deberán respetarse siempre “los intereses” de los habitantes del archipiélago. La diferencia resulta sustancial: aquella admisión de “los deseos” calzaría en el principio de la autodeterminación que reclama la administración de los kelpers.
El canciller Pablo Quirno
Quirno demostró, por su parte, que el fuerte de la formación profesional se afinca en las finanzas y la economía. En una entrevista periodística, al referirse al debate sobre la extranjerización de las tierras que el Gobierno debió declinar, aseguró que “la soberanía es un concepto antiguo”. Sus palabras empezaron a formar parte valiosa de todos los documentos del Foreign Office.
La Casa Rosada parece obviar esa cadena de deslices y apostar el vínculo bilateral entablado con Estados Unidos. La declaraciones de Trump sobre una supuesta revisión de la postura de Washington frente al conflicto por Malvinas pareciera estar formando parte de un nuevo fetiche en el altar de la geopolítica mileísta.
Nadie podrá negar la ilusión política. Aunque un exceso de candidez conduzca, tal vez, a un error de diagnóstico. ¿La presunta variación del líder republicano sería para allanar el camino de la Argentina en la recuperación de las islas?. ¿O apuntaría al interés de Estados Unidos por asentarse en un enclave geoestratégico del planeta espoleado por la competencia abierta para frenar la expansión de China?.
Suponer la primera hipótesis implicaría el riesgo de desconocer el carácter transaccional que signa a la política de Trump. Como líder de la nación más poderosa del mundo entiende que cualquier concesión suya implica una recompensa muchísimo mayor. De subordinación. Hay un fantasma, a propósito, que ha empezado a dar vuelta en la región.
A comienzo de año, en un espectacular operativo militar, Trump logró sustraer de Venezuela al dictador Nicolás Maduro. Sometido a juicio en Nueva York por narcotráfico. La salida del bolivariano despertó fantasías sobre un pronto retorno a la democracia. Con la liberación de presos políticos que, hasta ahora, ha sido solo parcial. El líder republicano resolvió dejar intactas las autoridades y el diseño del régimen chavista.
Reapareció Nicolás Maduro con una foto desde la cárcel
La semana pasada cayó la primera máscara. Trump anunció un acuerdo para la explotación petrolera con Delcy Rodriguez, la ex vice de Maduro a cargo del Poder Ejecutivo. Los dueños del proyecto serán el gobierno de EE.UU. y operadores privados de ese país. Se habla de una concesión de 100 años para explotar más del 20% de las reservas totales del país del Caribe. La idea sería aliviar el costo de los combustibles de los estadounidenses, cuyo precio se altera por la guerra en Irán.
Para Venezuela los beneficios económicos serían aún inciertos. Tampoco el acuerdo aceleraría el proceso de normalización democrática que el régimen chavista y Washington administran todavía a discreción.
La diplomacia de los espejismos suele pagar costos altísimos en la realidad.
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