“Tenemos que crear una verdad que te salve”, proclama el abogado, mientras Ricardo Barreda pasa sus primeras horas detenido en una comisaría. “Te volvían loco y un día te sacaste de la peor manera”, practica su letrado, de apellido Cáceres e interpretado por Marcelo Subiotto, el actor que desde Puan es fija de las películas argentinas. “¿Qué cosas te decían? ¿Maricón, viejo de mierda, puto?”, sigue, y ahí Barreda, circunspecto, resguardado en la mirada fría de grandes lentes, larga: “No, puto nunca. Yo era una concha. Eso era”. “¿Qué?”, responde entonces el abogado, viendo luz en medio del túnel. “Sí, ni siquiera la concha. Conchita”, balbucea el odontólogo, sentado en la diminuta celda. “¿Así te decían?”, busca confirmar Cáceres, que ya tiene sobre sus manos la estrategia ideal de defensa. “Decí que me decían Conchita”, concluye Barreda, y pocas horas después un guardiacárcel le muestra un televisor diciéndole “Mirá, Barreda, sos famoso”, cuando Cáceres ya larga a los medios la palabra con la que se convertiría en un extraño ícono popular tras el cuádruple femicidio –al momento de los hechos no existía legalmente esa figura, aunque hoy muchos lo consideran como “el primer femicida”– sobre su familia, héroe y villano de la argentinidad.

Los entretelones de la estrategia defensiva del odontólogo se expandieron hacia el juicio, con el debate de si era o no imputable por los asesinatos a quemarropa de su mujer, su suegra, y sus dos hijas, ocurridos en su casona céntrica de La Plata el15 de noviembre de 1992. Es uno de los focos centrales de Barreda, la película estrenada en Prime y dirigida por Daniela Goggi. No casualmente ese día de los crímenes cayó un domingo, con toda la familia en la casa, el tuco para la pasta en la olla y con Cecilia, la hija que salió dentista como su padre, que se está despidiendo del hogar.

Carla Peterson y Mercedes Morán, como la esposa y suegra de Barreda.

Como era de esperar luego del cuádruple femicidio, llegaron libros, documentales y series, por lo que la nueva ficción no estaba exenta de volver a mirar las viejas preguntas que siguen intactas en el imaginario, y así lo expresa en la apertura: “Si todos fueron asesinados, ¿quién contará la historia? ¿El asesino?”.

¿Existió realmente ese maltrato sistemático que contó Barreda? ¿Por qué mató y nunca se arrepintió? ¿Estaba loco o planificó paso a paso la carnicería? ¿Era un psicópata que se favoreció del machismo de su época? La película lo pinta como un hombre gris, de 56 años y sin antecedentes penales, prestigioso odontólogo y aficionado a las armas, libidinoso y taciturno, que solo parece emocionarse con la música clásica, y con una amante esotérica conocida como la Pirucha.

Luis Machín como Ricardo Barreda en el film sobre el odontólogo que asesinó a su familia.

“No me quiero ir de mi casa”, se obstina Barreda con Pirucha, cuyo vaticinio es que la familia le hizo magia negra. Entre flashbacks de lo íntimo y lo público, el film muestra cómo una parte de la sociedad pasó del odio a la fascinación, deslizando la idea de que la existencia de un “monstruo” es, en definitiva, producto de la creación cultural de una comunidad, que produjo cánticos de fútbol, remeras con su cara y un relato mediático que lo desplazó de victimario a víctima.

Con un gran Luis Machín y sólidas actuaciones de Carla Peterson, Alberto Ajaka, Mercedes Morán, Maite Lanata y Margarita Páez, en Barreda también se destaca la reconstrucción del clima de época, aunque resulta sorprendente que no aparezca La Plata en las locaciones. Tras los films y las series sobre Carlos Robledo Puch, Yiya Murano o María Marta García Belsunce, el true crime impone sus marcas y Barreda se destaca cuando se aleja de lo “esperable” de un caso tan famoso–el entramado tribunalicio logra buenos momentos, pero sin ser una “película de juicio” ocupa demasiado lugar–.

Maite Lanata y Margarita Páez, como las hijas de Barreda.

En las escenas ordinarias y de “tiempos muertos”, en los que Barreda permanece ensimismado y transmite un silencio espeso; en la mancha de humedad de la pequeña pieza del altillo, donde el odontólogo pasa mayormente sus horas; en la sonrisa al paso que le decida a su jirafa preferida en el zoológico; o cuando se enoja intempestivamente con su hija por su deseo de irse a vivir con un hombre que ya tenía una hija. En esa acumulación de matices, el film no se torna previsiblemente dramático y Barreda logra salirse de los bordes de representación de la violencia intrafamiliar, los estereotipos de “buenos” y “malos”, y el perfil “correcto” del loco femicida.

PC