Las canciones que una persona amó entre los 13 y los 18 años suelen despertar emociones más intensas en la adultez que cualquier otra música escuchada después, según explican especialistas en psicología y neurociencia del recuerdo.
La sabiduría popular dice que romantizamos el pasado, que la memoria suaviza las dificultades que sentimos en ese entonces, que proyectamos la añoranza, con la típica frase de que "todo pasado fue mejor".
Sin embargo, un grupo de investigadores de psicología y neurociencia decidió ir más allá. Señalaron que, a pesar de que el fenómeno se atribuye solo a la nostalgia, también se debe a la forma en que esa etapa de la vida configura la memoria autobiográfica y la identidad personal.
El estudio que descubrió por qué las canciones de la adolescencia emocionan más que cualquier otra cosa
Un estudio global realizado por el Centro de Excelencia en Música, Cerebro y Cuerpo de la Universidad de Jyväskylä, en Finlandia, con casi 2.000 participantes de 84 países, revela que la música con mayor carga emocional se ubica en torno a los 17 años.
Los investigadores hablan de un “brote de reminiscencia musical”, período en el que el cerebro adolescente registra de manera más vívida las experiencias relacionadas con el sonido.
La corteza cerebral, aún en desarrollo, actúa como una esponja que absorbe con mayor intensidad los estímulos vinculados al placer, la curiosidad y la búsqueda de recompensa. En ese contexto, las canciones se asocian con primeros amores, amistades nuevas, rituales escolares o viajes familiares, multiplicando su peso emocional.
La doctora Iballa Burunat, autora principal del estudio, sostiene que el “brote de reminiscencia” se da en un punto neurobiológico y biográfico clave: la adolescencia. En esa etapa, la persona define rasgos centrales de su identidad, prueba valores, explora estilos y prueba pertenencias grupales, muchas veces a través de la música.
Las melodías que escuchamos desde los 13 hasta los 18 años son más que un fondo sonoro, se convierten en un esquema de símbolos que se reactivan décadas después. Al escucharlas a los 60, por ejemplo, el oyente no solo recuerda la melodía, sino el tipo de persona que fue en ese momento y las decisiones que comenzaba a tomar.
Cambios con el paso de los años
Aunque la impronta de la adolescencia permanece, el estudio muestra que la relación con esta música se modifica a lo largo de la vida. Los recuerdos más potentes en hombres se concentran alrededor de los 16 años, mientras que en mujeres el pico suele ubicarse después de los 19 y se renueva con mayor flexibilidad.
El fenómeno también se extiende a nuevas generaciones, que se vinculan emocionalmente con canciones que preexistieron su nacimiento. Así, se dibuja una “ondulación cascada de reminiscencia”: cada grupo de edad adopta parte del repertorio de sus predecesores, ampliando el abanico de canciones que pueden sentirse como “suyas” a los 60 años.
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