Si algo nunca necesitó Stephen King es que sus libros fuesen considerados como "alta literatura". No hizo falta, sólo con su talento y sus historias alcanzó para conquistar a millones de lectores en todo el mundo.
En este sentido, el escritor estadounidense, encontró, hace décadas, una particular manera de definir su obra. Sí, la comparó con uno de los productos más populares de la comida rápida.
Sobre sus libros, el autor de Carrie, El resplandor, It y Misery, entre muchos otros títulos, explicó que: “La mayoría han sido ficción sencilla para gente sencilla, el equivalente literario de un Big Mac y unas papas fritas grandes de McDonald’s”.
Sin embargo, detrás de esta sincera confesión hay algo más que una muestra de modestia. King se refería a la eterna discusión alrededor de su obra. Una que siempre lo rodeó y es si puede un escritor que vende millones de ejemplares y construye historias destinadas a atrapar al lector ser considerado también un gran autor literario.
Y acá está la clave. Para el reconocido escritor, popularidad y literatura nunca tuvieron por qué ser incompatibles.
Stephen King y el “Big Mac” de la literatura
En una entrevista posterior, el mismo Stephen King se encargó de volver sobre aquella comparación y explicó qué había querido decir. La referencia a la gran hamburguesa, señaló, tenía que ver fundamentalmente con ser un autor popular.
Stephen King sostiene que popularidad y literatura nunca tuvieron por qué ser incompatibles. Foto: Archivo
Pero fue por más y llevó la metáfora gastronómica un poco más lejos. Una “dieta” compuesta únicamente por Stephen King quizá no fuera suficiente y los lectores debían consumir también sus “verduras”; es decir, ampliar sus lecturas y acercarse a otros autores y estilos.
Como si consumir solo sus relatos inmersivos que combinan el horror sobrenatural con profundos dramas psicológicos y personajes cotidianos atrapados en situaciones extremas no fuera suficiente.
Es que esta es la característica central de su narrativa. Desde que Carrie apareció, en 1974, el escritor edificó buena parte de su éxito contando historias capaces de provocar una reacción inmediata apelando al miedo, la angustia, la curiosidad o la emoción.
El objetivo, según explicó en distintas oportunidades, es conseguir que el lector quiera seguir pasando las páginas. Pero el enorme éxito comercial también alimentó durante años los cuestionamientos de una parte de la crítica.
Un nuevo premio, la misma discusión
Esta controversia -que hasta el momento parece casi infinita- alcanzó uno de sus puntos más altos en 2003, cuando la National Book Foundation (NBF) decidió otorgarle la Medal for Distinguished Contribution to American Letters (la Medalla por la Contribución Distinguida a las Letras Estadounidenses).
Y en este punto no es menos importante destacar que este reconocimiento lo recibieron figuras como Tom Wolfe, Arthur Miller, Philip Roth, Isabel Allende y Gore Vidal, entre otros.
La elección provocó una dura reacción de Harold Bloom, uno de los críticos literarios estadounidenses más influyentes de su época. Bloom cuestionó tanto la calidad de la escritura de King como la decisión de incorporarlo al grupo de escritores reconocidos por la institución.
Su objetivo es "conseguir que el lector quiera seguir pasando las páginas". Foto: Archivo
La NBF, en cambio, defendió la elección y planteó la necesidad de ampliar la concepción acerca de qué podía considerarse literatura.
La discusión condensaba un debate mucho más antiguo que abarca la distancia -ya sea real o imaginaria- entre los libros que entusiasman al gran público y aquellos consagrados por la crítica. Stephen King, mientras tanto, siguió escribiendo.
Historias para muchos
El escritor nació en Portland, Maine, en 1947, publicó su primera novela hace más de medio siglo y terminó convirtiéndose en uno de los autores contemporáneos de mayor difusión internacional.
Sus relatos, además, trascendieron ampliamente los estantes de las librerías. Carrie, El resplandor, Cuenta conmigo, Misery, Sueño de fuga e It, entre otros títulos, llegaron a las pantallas del cine o la televisión.
Quizá por eso la comparación con el Big Mac terminó adquiriendo un significado distinto del que podía tener originalmente.
Ocurre que aquella frase que parecía colocar sus libros en el territorio del consumo popular también encerraba una reivindicación: Stephen King sabía perfectamente para quién escribía. Y millones de lectores llevan más de cincuenta años respondiéndole.
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