Construir la misma torre una y otra vez, interpretar durante media hora un personaje imaginario o repetir un juego cuyas reglas solamente entiende un chico puede resultar entretenido para algunos padres y bastante aburrido para otros.
Esa falta de entusiasmo puede generar culpa, especialmente frente a la expectativa de que un buen padre debe estar siempre dispuesto a convertirse en compañero de juego. Sin embargo, la antropología muestra que esa forma de interacción entre adultos y chicos está lejos de ser universal.
En numerosas sociedades, los adultos cuidan, enseñan y mantienen vínculos estrechos con sus hijos sin dedicar largos períodos a participar directamente en sus juegos.
El estudio que comparó el juego entre distintas culturas
El antropólogo David F. Lancy, profesor emérito de la Universidad Estatal de Utah, analizó estas diferencias en un trabajo publicado en 2007 en American Anthropologist.
Lancy revisó evidencia etnográfica sobre el juego entre madres e hijos y encontró una importante variabilidad cultural.
Mientras determinados enfoques de la psicología del desarrollo habían considerado el juego compartido entre adultos y niños como una actividad prácticamente natural, los registros antropológicos mostraban sociedades en las que esa interacción era poco frecuente o incluso estaba ausente.
Esto no significaba que los padres fueran indiferentes hacia sus hijos. Su participación simplemente adoptaba otras formas.
Jugar con los hijos no es una práctica universal
En determinadas sociedades occidentales contemporáneas es habitual que los padres se sienten en el piso, utilicen juguetes infantiles, interpreten personajes y organicen actividades pensadas exclusivamente para entretener a los chicos.
En otras comunidades, el mundo infantil está menos separado del mundo adulto. Los chicos pueden pasar más tiempo observando lo que hacen sus padres, acompañándolos durante sus actividades y jugando con hermanos u otros niños.
En determinadas sociedades occidentales contemporáneas es habitual que los padres juguen con los hijos.
La diferencia resulta importante porque cuestiona la idea de que existe una única manera correcta de combinar juego y crianza.
Cómo aprenden cuando los adultos no dirigen el juego
Los trabajos de Lancy describen un modelo de aprendizaje en el que los chicos adquieren habilidades mediante la observación, la imitación y la participación progresiva en tareas reales.
Los chicos pueden pasar más tiempo observando lo que hacen sus padres, acompañándolos durante sus actividades y jugando con hermanos u otros niños.
En lugar de que un adulto diseñe constantemente una actividad educativa, el niño observa cómo trabajan quienes lo rodean y comienza a incorporarse gradualmente. Primero puede mirar. Después imitar la actividad mediante el juego. Finalmente, cuando desarrolla las capacidades necesarias, participa de la tarea.
El aprendizaje aparece así integrado a la vida cotidiana.
Qué es el “chore curriculum”
Lancy utiliza el concepto de chore curriculum, que puede traducirse como “currículum de tareas”, para describir parte de este proceso.
Cuál es el papel de los hermanos o de otros niños.
Los chicos empiezan realizando actividades sencillas y, con el tiempo, incorporan responsabilidades más complejas. Según la sociedad, pueden colaborar en el cuidado de hermanos, buscar determinados objetos, preparar alimentos o participar en tareas productivas familiares.
El objetivo no es reproducir este modelo en cualquier contexto, sino mostrar que los niños pueden adquirir conocimientos sin que cada aprendizaje sea organizado como una lección o un juego dirigido por adultos.
El papel de hermanos y otros niños
Los pares también ocupan un lugar importante.
Una revisión sobre sociedades cazadoras-recolectoras encontró que los chicos desarrollan habilidades mediante una combinación de juego, observación, imitación y participación. Parte de esos juegos reproduce actividades de los mayores. A medida que crecen, algunas simulaciones pueden transformarse gradualmente en participación real.
Otros estudios antropológicos muestran además que hermanos y compañeros pueden enseñar juegos, habilidades y formas de utilizar objetos, sin intervención constante de los padres.
Observar también es una forma de aprender
Estas investigaciones modifican una imagen habitual del aprendizaje infantil: la del adulto explicando permanentemente qué debe hacer el niño.
Observar atentamente cómo otra persona realiza una actividad puede proporcionar información sobre movimientos, herramientas, secuencias y objetivos. En algunas comunidades, los adultos no interrumpen continuamente sus tareas para enseñar. Los chicos aprenden mientras permanecen cerca y participan cuando están preparados.
Eso no convierte a un modelo cultural en superior a otro. Muestra la variedad de caminos mediante los cuales ocurre el desarrollo.
Aburrirse jugando no mide la calidad de la crianza
La evidencia antropológica tampoco demuestra que jugar con los hijos carezca de importancia. Las interacciones sensibles y receptivas entre adultos y niños pueden favorecer distintos aspectos del desarrollo y fortalecer el vínculo.
Pero de esos beneficios no se desprende que un padre deba disfrutar cada minuto de un juego infantil ni convertirse durante horas en compañero permanente de entretenimiento. Sentirse aburrido construyendo por décima vez la misma torre no permite determinar cuánto quiere alguien a su hijo ni la calidad general de su crianza.
La antropología aporta una perspectiva más amplia: durante buena parte de la experiencia humana, los chicos también aprendieron observando adultos, participando en la vida cotidiana y jugando entre ellos. Sentarse a jugar sigue siendo una forma valiosa de compartir tiempo. Simplemente no es la única.
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