Es evidente que tener un documento que de prueba de nuestra identidad es algo necesario, es más, imprescindible dado su uso constante en nuestra vida cotidiana. Parte de esa cotidianeidad es que se nos exige para todo tipo de trámites, desde los bancos hasta los supermercados. Esto ha hecho que el documento de identidad sea ya parte de nosotros: cuando nos piden el número de DNI, aun los de mala memoria lo decimos automáticamente, sin dudarlo…

Pero hace tiempo que empiezo a dudar de si realmente nos pertenece individualmente, porque hace relativamente poco supe que otra persona tiene mi mismo número de DNI. Lo descubrí de la peor manera, ya que NC, la señora con la cual comparto mi número de DNI, es parte integrante de esa creciente porción de los habitantes de este país que no pagan a tiempo sus deudas.

Así fue que comenzaron a llegarme reclamos de bancos y casa de venta de artículos para el hogar para que pagara esas deudas. Al principio no le di mayor importancia atribuyéndolo a la ineficiencia administrativa de esas entidades (a quien se le ocurre exigirle a alguien una deuda sin constatar primero que el número del DNI y nombre del deudor coinciden), luego, ante la amenazante aparición de un bufete de abogados que “se había hecho cargo de la deuda” no dude en comunicarme con ellos para aclarar el tema.

Es posible que esta larga lista de enojosos inconvenientes tenga que ver con la historia reciente de los documentos de identificación personal. Hasta hace unos treinta años los argentinos teníamos tres, la Cédula de Identidad, la libreta de enrolamiento y el pasaporte, obtenidos en distintos momentos de nuestra vida y con fines diferentes.

La llamada “Cédula de Identidad” consistía en una tarjetita verdosa de plástico algo quebradizo que se sacaba en la Policía cuando éramos jóvenes (creo que era una exigencia para ingresar a la escuela primaria). Y al llegar los 18 había que tramitar el segundo documento, la Libreta de Enrolamiento (Libreta Cívica para el sexo femenino), necesaria y obligatoria para poder defender a la patria y ejercer nuestro deber cívico. Como en este caso la foto la llevábamos nosotros, por lo general la calidad era un poco mejor que la de la cédula (al mirarla hoy en día, uno varía en que “que pinta que tenía” o “mirá que cara de nabo”).

En la LE se anotaba el paso o no por las filas de las fuerzas armadas (la “colimba”) y las notablemente numerosas visitas a las mesas electorales. Y vino la tormenta de DNI (significa documento nacional de identidad, no confundir con DNU que es un decreto presidencial capaz de arruinarnos la vida).

El DNI tiene el mismo número que la LE y la LC, y para diferenciar los géneros (y posiblemente para evitar repeticiones) se acompaña con una M o una F (seguramente esa diferenciación en dos sería hoy fuertemente cuestionada). Por alguna causa, con el paso del tiempo esas dos letras perdieron vigencia: cuando hoy se llena un formulario oficial o privado, solo se piden números, e incluso cuando se lo hace por Internet el propio sistema se niega a usar letras. Al desaparecer en la práctica la letra que los diferenciaba de hecho quedan dos personas con el mismo número, una de cada sexo.

Y allí estoy ubicado ahora, en una situación sin solución formal real (se pueden imaginar el lío que sería que ahora, después de varias décadas, tuviera que cambiar el número de todos mis documentos, cuentas, afiliaciones. etc…..).

Las dos posibles soluciones son menos formales, una que tiene que ver con la demografía (dado que el número de documento es bastante menos de 10 millones, estamos con NC más cerca del arpa que de la guitarra). La otra es rogar que mi “tocaya” pague sus deudas