Qué difícil es construir tu propia leyenda. No tiene que ser una grande, puede ser una pequeña de ámbito familiar, como el recuerdo de aquel tío detective que llegó de Italia y construyó un imperio de heladerías o de aquel que vino de Cuba y enseñó a bailar salsa a la farándula.
Leyendas familiares que no empiezan con la fórmula sabida de “hubo una vez un hombre providencial”, sino de una manera más ligera.
Argentina está llena de esas historias. Judíos que escaparon de los campos de concentración de Hitler y aquí fueron acogidos. Italianos y españoles que llegaron huyéndole a la miseria que en ese entonces era proverbial. Irlandeses que se fueron entre las malas cosechas de papa y vinieron buscando una tierra de promisión.
Ahora la historia se repite. Otra gente llega a esta tierra a construir su propia leyenda, a dejar su marca. Como ese joven boxeador, Touba Niang, de origen senegalés, pero tan amante de Argentina como alguien nacido en la Patagonia.
Vinimos a este mundo a dejar una marca, a trazar una línea. El poeta cubano Lezama Lima decía que no importa tanto dar en el blanco como la ruta sinuosa que traza la flecha en su camino de aire.
A eso vinimos al mundo, a realizarnos. ¿Pero qué es realizarse? ¿Es hacerse rico, famoso? ¿Alcanzar el Nirvana? ¿Vencerse a uno mismo? ¿Renunciar a la vanidad? ¿Construir una obra artística que quede en la memoria de la gente?
Todas esas respuestas son válidas. Realizarse es un asunto de índole muy personal. Aquel que es amado por sus amigos de la infancia y que cuando llega provoca una sonrisa de felicidad en los demás, tal vez, esté más realizado que muchos millonarios o gente repleta de seguidores en las redes sociales.
“Era muy buena persona”, es una hermosa manera de que lo recuerden a uno cuando llegue el momento de irse. “Todas las tardes se levantaba, compraba el periódico y se iba hasta la plaza cercana a alimentar a las palomas y a un viejo perro que no se sabe de dónde salió”. Cuando no esté, esas palomas y ese perro lo van a echar de menos. Van a recordarlo porque sin dudas era necesario, tanto como lo es la lluvia.
Tiene que haber algo más. Vinimos al mundo a dejar una marca. Tal vez por eso amemos los tatuajes, porque son una forma de garantizar que esa marca que nos hicimos esté hasta el fin de nuestros días.
Pero tiene que haber algo más. No todo puede ser trabajar y pagar impuestos. Encontrar qué es ese algo es difícil pero en la búsqueda está el reto.
Argentina, vista por un cubano como yo, es un país gigante, lleno de infinitas posibilidades y de cosas buenas por hacerse: desde defender la cultura hasta proteger cóndores andinos, pasando por salvar del olvido a esos pueblos por donde antes pasaba el ferrocarril y que ahora, vacíos, parecen destinados a la nostalgia.
Todavia no hay comentarios aprobados.