Llega una visita a casa, entra al living y elige dónde sentarse. El problema es que ocupa exactamente ese extremo del sillón que alguien utiliza todas las noches. Nadie dice nada, pero aparece inmediatamente una pequeña sensación de incomodidad.
La silla no tiene nombre ni existe una regla que impida utilizarla. Sin embargo, con el tiempo determinados lugares pueden comenzar a sentirse como propios. La psicología ambiental lleva décadas estudiando este comportamiento y encontró que la territorialidad también aparece en espacios que, en teoría, pertenecen a todos.
Por qué una silla empieza a sentirse como propia
El psicólogo Robert Gifford, profesor emérito de la University of Victoria y especialista en psicología ambiental, estudió cómo las personas establecen diferentes formas de territorialidad.
Los investigadores que graban las cenas familiares descubren que los asientos reflejan estatus, no comodidad.
Estos comportamientos no implican necesariamente agresividad o una necesidad excesiva de control. Los pequeños territorios también sirven para organizar el uso cotidiano del espacio. En una familia ocurre casi sin necesidad de hablarlo: cada integrante puede terminar teniendo una posición habitual en la mesa o un lugar preferido frente al televisor.
El experimento que siguió a estudiantes durante cuatro semanas
El psicólogo Marco Costa, de la Universidad de Bolonia, comprobó hasta qué punto puede consolidarse esa preferencia.
Su investigación observó a dos grupos de 47 y 31 estudiantes universitarios. Los lugares que elegían dentro de sus aulas fueron registrados seis veces a lo largo de cuatro semanas. Los alumnos tenían libertad para cambiar de asiento. Sin embargo, sus movimientos fueron pequeños y tendían a regresar a posiciones similares.
Costa describió el fenómeno como la creación de pequeños territorios individuales dentro de un espacio público.
No hace falta que el asiento tenga dueño
El resultado es interesante porque ningún estudiante poseía realmente una silla.
La repetición era suficiente para establecer cierta continuidad entre una persona y una zona determinada. Así, un lugar originalmente intercambiable podía adquirir un significado diferente después de utilizarlo reiteradamente.
El asado familiar y los asientos asignados de antemano: qué dice la psicología.
Eso ayuda a entender la incomodidad cuando una visita ocupa “nuestro lugar”. No necesariamente se está defendiendo una propiedad. Puede haberse interrumpido simplemente una distribución del espacio consolidada por la rutina.
No todos defienden su lugar de la misma manera
Naz Kaya y Brigitte Burgess investigaron la territorialidad de estudiantes frente a diferentes configuraciones de asientos.
Analizaron espacios organizados en filas, mesas, forma de U y grupos, y encontraron que la tendencia a reclamar determinados lugares variaba según la ubicación. En algunas configuraciones, por ejemplo, quienes preferían los extremos de las filas mostraban mayores niveles de territorialidad que quienes se ubicaban en posiciones centrales.
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Por qué la psicología es tan importante en la vida cotidiana
El entorno, por lo tanto, también influye. Sentirse incómodo porque otra persona ocupa una silla determinada no permite concluir por sí solo que alguien tenga una personalidad controladora.
Cómo cambia una conversación según dónde nos sentamos
La ubicación puede tener además consecuencias sobre la interacción.
Una revisión de investigaciones realizada por el psicólogo Jerald Greenberg encontró que determinadas posiciones dentro de un grupo facilitaban el contacto visual y la participación. Otros experimentos también observaron que las personas situadas en lugares centrales podían intervenir más en las conversaciones.
Esto no significa que quien ocupa la cabecera de una mesa sea necesariamente quien tiene mayor autoridad en una familia. Pero sí muestra que la disposición física puede modificar las oportunidades para hablar, mirar y participar.
Qué ocurre con las personas que tenemos cerca
La distancia respecto de los demás también importa.
Yvonne van den Berg y Antonius Cillessen, de Radboud University, realizaron dos estudios con 336 y 158 chicos. Encontraron que quienes se sentaban más cerca tendían a gustarse más y que, cuando podían elegir, buscaban posiciones próximas a sus compañeros preferidos.
Otro estudio, encabezado por Sharon Faur y Brett Laursen, siguió a 235 estudiantes durante varias semanas y encontró que la proximidad física también estaba relacionada con la formación de nuevas amistades.
Lo que una silla no dice sobre una familia
La ciencia no permite afirmar que cada asiento represente un rol familiar específico ni que molestarse cuando alguien ocupa el lugar habitual revele un rasgo particular de personalidad. La explicación puede ser mucho más cotidiana: las personas crean rutinas espaciales y desarrollan expectativas sobre lugares que utilizan repetidamente.
Por eso, cuando una visita ocupa aquella silla de siempre, quizás no haya una disputa territorial escondida. Puede haber algo mucho más sencillo: durante años, sin reglas escritas ni conversaciones al respecto, ese rincón dejó de ser simplemente una silla y pasó a convertirse en “mi lugar”.
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