Anthony Feinstein, reconocido psiquiatra y profesor de la Universidad de Toronto, estudia desde hace 26 años los efectos que el periodismo produce en la salud mental de quienes lo ejercen. Investigó a corresponsales de guerra, periodistas acosados en redes, fotógrafos y profesionales expuestos a situaciones traumáticas.
Ahora propone crear en la Argentina una red de periodistas que ayuden a periodistas.
¿Cuándo descubrió que el periodismo podía producir un daño psicológico comparable al de una guerra?
Alrededor de 1999. Quería estudiar el impacto emocional de la cobertura de guerra y descubrí algo sorprendente, la literatura médica prácticamente no decía nada sobre el tema. No había investigaciones. El corresponsal de guerra era, para la psiquiatría, casi un sujeto inexistente.
El profesor Anthony Feinstein de la Universidad de Toronto con Miguel Wiñazki. Foto: Cecilia Profetico
¿Qué hizo entonces?
Convocamos a periodistas de CNN, BBC, Reuters y Associated Press. Eran personas que habían trabajado en Yugoslavia, los Balcanes, Afganistán y durante el genocidio de Ruanda. Muchos llevaban quince o veinte años acumulando experiencias traumáticas.
¿Qué encontraron?
Que las tasas de trastorno de estrés postraumático eran prácticamente idénticas a las de los veteranos de combate. Aproximadamente un 27 por ciento a lo largo de la vida.
¿Por qué?
Porque están en la primera línea. No están sentados en un hotel. Están ahí. Por eso los matan, o corren peligro real de muerte. Ven el horror de frente.
¿Los síntomas son los mismos que presentan los soldados?
Exactamente los mismos.
¿Y cómo reaccionaron las empresas periodísticas ante esos resultados?
Al principio, muy mal. Mandaban a los periodistas a los lugares más peligrosos del mundo y, si desarrollaban estrés postraumático, la respuesta era, mala suerte, arreglate.
El profesor Anthony Feinstein, psiquiatra de la Universidad de Toronto. Foto: Cecilia Profetico
¿La resistencia era también cultural? ¿Se suponía que el periodista debía soportarlo todo?
Sí. Cuando publiqué los primeros resultados y después un libro, hubo una reacción muy fuerte. Recuerdo una crítica del diario canadiense Globe and Mail. La idea de ellos era: ¿Quién es este tipo que viene a decirnos lo que está mal? ¿Qué clase de investigación es esta? Nosotros somos mucho más duros.
¿Qué argumento terminó modificando esa actitud?
Uno muy sencillo: si le pedís a alguien que vaya al lugar más peligroso del planeta, tenés la obligación de cuidarlo. Eso incluye el chaleco antibalas y el casco, por supuesto, pero también la salud mental. Si desarrolla estrés postraumático, tiene que poder recibir terapia. Si se deprime, tiene que recibir terapia. La atención debe ser confidencial. Es su salud y es su vida privada.
¿Eso empezó a cambiar?
Parcialmente. Hoy existen programas confidenciales en medios de Canadá, en varios diarios británicos y en algunas grandes organizaciones de Estados Unidos. En México, donde hicimos un trabajo minucioso con los periodistas que no son enviados a la guerra porque tienen la guerra del narco en su propio país, han sido mas conservadores y resistentes a la ayuda psicológica.
Usted comenzó estudiando a corresponsales de guerra. ¿Cómo cambió su trabajo en estos 26 años?
Al principio ayudaba a periodistas que cubrían guerras y revoluciones. Pero el trabajo cambió. Ahora también ayudo a periodistas locales que enfrentan las presiones del día a día; acoso, cambio climático, disturbios, protestas, tiroteos masivos. Lo que empezó como un problema de países lejanos se convirtió en una pregunta mucho más cercana: ¿cómo ayudamos a los periodistas que trabajan acá?
Anthony Feinstein
¿Qué cambió especialmente con las redes sociales?
Todo. Las redes introdujeron al periodista en el espacio público de una manera que antes no existía. Hay una presencia permanente, una exposición continua y una cantidad de hostigamiento sin precedentes.
¿Qué efectos produce ese hostigamiento?
Puede producir ansiedad, depresión y miedo. Y puede llevar a la autocensura. El periodista empieza a preocuparse por lo que escribe. A veces directamente abandona una historia.
Ese último punto parece particularmente grave
Lo es. Porque la autocensura no aparece necesariamente en las estadísticas sobre libertad de prensa. Nadie la denuncia. Simplemente hay notas que no se escriben.
¿Hay grupos de periodistas especialmente expuestos?
Los que cubren el cambio climático son un buen ejemplo. Hay personas que niegan el problema y políticos poderosos que dicen que es un fraude o un disparate. Los periodistas que trabajan sobre el tema pueden ser acosados, cancelados, acusados de difundir fake news y amenazados. Se convirtió en un tema muy caliente.
¿Y a todo eso se suma la incertidumbre por una profesión que se transforma aceleradamente?
Sí. La profesión pierde puestos de trabajo y la inteligencia artificial está produciendo una transformación cuyo tamaño todavía no conocemos. Y además tenemos un ciclo de noticias de 24 horas que nunca se apaga.
¿El desprestigio que se induce desde el poder político hacia el periodismo también afecta la salud mental?
Por supuesto. Mucha gente ve al periodista como el enemigo. En lugar de considerarlo algo necesario para la sociedad civil y para la democracia, lo ven como alguien que difunde noticias falsas. Y les creen a los políticos que hablan mal de la prensa.
Entonces, ¿hoy ser periodista puede ser más estresante que cuando usted comenzó su investigación?
Cuando empecé, hace 26 años, el periodismo también era estresante. Pero no era esto.
En países como la Argentina, donde la presión sobre la prensa atraviesa distintos gobiernos, ¿ Qué puede hacer el periodista?
El periodista no puede controlar lo que hacen los gobiernos. Hay muchas variables de la vida que no controlás. Lo que sí podés controlar es cómo cuidás tu salud mental.
¿Como se la cuida?
Sabiendo lo que puede cambiar y lo que no va a cambiar. No vas a cambiar a Putin. No cambiaste el COVID. No cambiás cómo se comportan los gobiernos. Lo que sí podés cambiar es tu respuesta personal.
¿Cómo se traduce eso a la vida cotidiana de una redacción?
Hay que preguntarse cómo hacer que ese lugar sea más habitable. Cómo incorporar tiempo con la familia y los amigos. Cómo desconectarse de las redes. Cómo soltar el teléfono. Cómo dormir bien. Parece menor, pero no lo es. Si no lo hacés, no sostenés la carrera como querés.
¿Eso es responsabilidad exclusivamente del periodista?
No. Un periodista más sano es un mejor periodista y eso también le sirve al medio. No es solamente un asunto individual. Si el periodista está más entero y siente que la organización lo respalda, eso fortalece la democracia.
¿Una prensa sana psicológicamente hablando es entonces una condición de la prensa libre?
Son dos aspectos de la misma cuestión. Si el periodista vive con miedo todo el tiempo, hay que preguntarse qué dice eso de la sociedad. El ejercicio de la libertad requiere bajar los indices de stress para trabajar sin condicionamientos psíquicos.
¿El deterioro emocional del periodista también llega a su familia?
Sí. El malestar viaja a la casa. Afecta a la pareja y a los hijos, y después vuelve a la redacción convertido en irritabilidad, impaciencia o silencio. Si ayudás a una persona, potencialmente mejorás también toda la redacción.
Usted investigó también a los fotógrafos. ¿Están más expuestos que los redactores?
Esa era nuestra hipótesis inicial. Pensábamos que los fotógrafos debían estar peor porque tienen que estar físicamente más cerca de la escena. Es la vieja frase de Robert Capa, si tu foto no es suficientemente buena, es porque no estabas suficientemente cerca.
¿Y qué encontraron?
Algo diferente. Cuando estás fotografiando, estás tan concentrado en cuestiones técnicas —la luz, el encuadre, el foco— que en ese momento no registrás completamente lo que está pasando. Cuando escribís, ves el cuadro más amplio.
El profesor Anthony Feinstein, psiquiatra de la Universidad de Toronto, y su plan para resguardar la salud mental de los periodistas. Foto: Cecilia Profetico
¿La cámara funciona entonces como una protección psicológica?
Es una especie de mediación mientras dura el disparo. Pero no es un antídoto.
Usted propone ahora crear en la Argentina una red de periodistas que ayuden a periodistas. ¿Cómo funcionaría?
La idea se llama apoyo entre pares. Es relativamente nueva incluso en el mundo anglosajón. Lleva unos pocos años en Inglaterra y alrededor de un año en Canadá.
¿Qué significa exactamente apoyo entre pares?
Formar periodistas para que puedan sostener emocionalmente a otros periodistas. No serían terapeutas. Serían colegas.
¿Cuántos periodistas habría que formar?
Empezaría con diez.
EL profesor Anthony Feinstein de la Universidad de Toronto con Miguel Wiñazki. Foto: Cecilia Profetico
¿Por qué solamente diez?
Porque no hay que empezar formando a decenas. Primero hay que demostrar que se puede trabajar con un grupo pequeño. Si funciona, se expande.
¿Por eso propone empezar por diez?
Porque a los gobiernos, a las redes y al mercado no los va a cambiar nadie. Lo que sí se puede cambiar es lo que pasa dentro de una redacción. Diez periodistas formados para escuchar a sus colegas no resuelven la crisis del periodismo. Resuelven algo más modesto y más urgente, que alguien no esté solo el día que no puede más.
Si tuviera que enumerar hoy todo lo que presiona a un periodista, ¿qué diría?
Que ya no hay un solo frente. Antes el riesgo tenía geografía. Ibas a un lugar peligroso y volvías. Ahora es simultáneo. La cobertura de riesgo sigue existiendo, pero se le sumaron las redes, que no se apagan nunca; una parte de la sociedad que desconfía de la prensa o directamente la detesta; gobiernos que alimentan esa desconfianza; y un oficio que pierde puestos y se transforma por la inteligencia artificial a una velocidad que todavía nadie sabe medir.
¿Eso se acumula?
Se superpone, que es peor. El periodista queda expuesto en la calle, en la pantalla y en su propio futuro laboral al mismo tiempo.
¿Cuál es el efecto final?
El desgaste. Y detrás del desgaste, el silencio.
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