Hay dirigentes de la ultraderecha capaces de sostener discursos muy rígidos sobre la familia, la inmigración, la natalidad o el Estado mientras sus propias vidas los contradicen. ¿La coherencia dejó de ser un valor?
La líder de Alternativa para Alemania (AfD), Alice Weidel, candidata a canciller y una de las caras principales de la derecha radical europea, es lesbiana, vive en Suiza con su esposa, Sarah Bossard, productora de cine y televisión nacida en Sri Lanka y adoptada por una familia suiza, y tienen dos hijos. Pero Weidel sostiene que la familia tradicional constituye el mejor entorno para el desarrollo infantil. Y su partido se opone al matrimonio igualitario.
La AfD acaba de obtener el 43,8% de los votos en Sajonia-Anhalt, su mejor resultado regional, y quedó a las puertas de la mayoría absoluta. El partido está clasificado como extremista de derecha por los servicios de inteligencia internos alemanes. Su discurso incluye restricciones a la inmigración y deportaciones. Weidel planteó la expulsión de más de un millón de refugiados. Lo llama “remigración”.
En Argentina, el presidente libertario responsabiliza al feminismo y al aborto legal por la caída de la natalidad y habla de la “locura de los pañuelitos verdes”. Una cuestión demográfica compleja, vinculada también a la crisis económica, el empleo, la vivienda, los ingresos y las tareas de cuidados quedó reducida a una batalla cultural contra el feminismo.
Ni el presidente ni su hermana secretaria general de la Presidencia, han tenido hijos ni familias "tradicionales". Tampoco la vicepresidenta que ellos eligieron tiempo atrás. Ni la incondicional diputada cosplay.
Donald Trump convirtió la inmigración en uno de los ejes de su política, prometió la "mayor deportación de la historia" mientras su tercera esposa, Melania, nació en la ex Yugoslavia. Ivana Trump (la primera) era de la antigua Checoslovaquia. Elon Musk, aliado y gran amplificador de la nueva derecha, ya pasó por varios matrimonios, y nació en Sudáfrica.
Se empeñan en hablar de valores y comportamientos y modos de vida que no ejercen, y con un descaro provocador, exigen todo eso a los demás. Postulan normas universales de las que pueden quedar exceptuados.
Las contradicciones de la ultraderecha quedan en segundo plano cuando el discurso consigue instalar enemigos claros, valores supuestamente amenazados y una identidad política fuerte. Así, trabajan para que el electorado no busque votar santos sino a guerreros.
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