El tiempo es una palabra que utilizamos de muchas formas, pero también es un concepto complejo y polisémico. Muchas veces, ni siquiera sabemos con claridad de qué hablamos cuando nos referimos a él. Según el diccionario Oxford de lengua inglesa, “tiempo” es el sustantivo más utilizado en esa lengua, lo que refleja su importancia en nuestra vida cotidiana.

A diferencia del espacio, que tiene múltiples dimensiones y ejes por los que podemos movernos—hacia adelante y atrás, arriba y abajo, o hacia los costados—el tiempo tiene una característica única: solo avanza hacia adelante. Es un flujo constante que no se puede invertir ni detener.

El tiempo, en esencia, lo único que hace es pasar. Es precisamente por esta inevitable marcha hacia adelante que muchas personas le tienen miedo.

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A este temor se le llama "cronofobia": el miedo al devenir, al paso del tiempo. Es el miedo muchas veces a perder oportunidades o a que el tiempo nos alcance sin haber hecho lo que deseábamos. Este temor refleja nuestra relación compleja con el tiempo, porque, aunque no podemos controlarlo, su avance constante nos recuerda que cada instante cuenta.

El paso del tiempo en la segunda mitad de la vida

Cuando hablamos del paso del tiempo en la segunda mitad de la vida, encontramos muchas creencias erróneas profundamente arraigadas en la mente de las personas.

En 1965, el psicólogo canadiense Elliot Jaques, con su ensayo Muerte y crisis en la mediana edad, imprimió una visión estereotipada a esta etapa, vinculándola con una supuesta e inevitable crisis.

Esto coincidió con una década en la que la juventud comenzó a consolidarse como el ideal social, relegando a la mediana edad a un terreno percibido como problemático.

Sin embargo, hoy en día entendemos esta etapa de manera distinta: la mediana edad no es necesariamente una crisis, sino un momento de revisión, de reflexión y de transformación.

Las investigaciones recientes nos muestran que, lejos de ser un período inevitablemente conflictivo, se trata más bien de una oportunidad para descubrir nuevos sentidos en la vida y para adaptarnos con más madurez al paso del tiempo.

Tiempo de preguntas existenciales

La mediana edad marca un punto clave en nuestra conciencia, un momento donde comenzamos a reflexionar de manera más profunda sobre ciertos aspectos de nuestra existencia.

Es aquí cuando las preguntas cambian de sentido y surgen las llamadas preguntas existenciales. Estas preguntas nos invitan a confrontarnos con temas como el éxito y el fracaso, o a comparar la vida que soñamos con la vida que realmente tenemos.

Es un periodo de búsqueda, de redescubrimiento, donde el tiempo adquiere un significado más profundo. Nos hacemos conscientes de su temporalidad, de su carácter finito, y entendemos, quizá más que nunca, la irreversibilidad de su marcha.

Este intervalo de la vida no solo nos desafía, sino que también nos ofrece la oportunidad de reconfigurar nuestros propósitos y darle un nuevo sentido a nuestro camino. Por si se está preguntando de que hablamos cuando hablamos de mediana edad, entendemos como tal desde los 40/45 años hasta los 65 aproximadamente.

Cambiar de enfoque

Ahora bien, el tiempo no solo marca los ritmos del universo, sino que también construye el marco en el que transcurre la vida, ayudándonos a comprender lo que ocurre a nuestro alrededor y cómo nos relacionamos con ello.

Hay quienes han señalado que nuestra experiencia del tiempo está profundamente influida por la cantidad de momentos significativos que vivimos.

Una analogía interesante es la de Tony y Douglas, los protagonistas de la recordada serie El túnel del tiempo de 1967, quienes viajaban a través del tiempo, experimentando eventos históricos intensos y extraordinarios que marcaban su percepción del tiempo de una manera única.

Para quienes superamos los 50 años, bien podríamos preguntarnos: ¿cuánto tiempo nos queda por delante? Pero, en verdad, la pregunta que importa no es esa, sino: ¿qué planeamos hacer con ese tiempo que aún tenemos?

Este planteo invita a redirigir nuestro enfoque. Más que preocuparnos por la cantidad de semanas disponibles, la clave está en reflexionar sobre cómo queremos vivirlas.

Al fin y al cabo, no podemos detener el reloj, pero podemos elegir darle un significado más profundo a ese tiempo que sigue allí, esperándonos.

La recordada frase del Premio Cervantes de Literatura, José Manuel Caballero Bonald, "Somos el tiempo que nos queda", de una profundidad conmovedora, debería llevarnos a reflexionar sobre nuestra relación con el tiempo.

Como contracara a Caballero Bonald, pero no por ello menos cierto, está el viejo comentario de Charlie Brown a Snoopy que también encierra, en su sencillez, una sabiduría fascinante. Charlie Brown le dice a Snoopy: “Un día vamos a morir”. A lo que Snoopy, con su perspectiva optimista, le responde: “Cierto, Charlie... pero los otros días no”.

El curso de los eventos que hacen a la vida muchas veces escapa de nuestras manos. Lo que sí está en nuestro poder es decidir cómo usamos el tiempo que se nos ha dado. Cada día es una oportunidad para vivir con propósito, para actuar desde nuestros valores y para construir relaciones auténticas que enriquezcan nuestra vida y la de los demás. Mucho de ello lo definimos en la mediana edad.

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