Solemos pensar que cumplir 80 años implica mirar hacia atrás, ordenar las etapas, hacer un balance de logros y pérdidas y, de cierta manera, ensayar una despedida anticipada. Moria Casán hace algo distinto.

Su serie “Moria” se estrena cuando cumple 80 años, pero allí el pasado no aparece como memoria estanca, ni el presente futuro como lugares previamente asignados, son vivencias que pueden ser retomadas o reconvertidas en cualquier momento: “Estoy de vuelta de tantas cosas que ya no sé si voy o vengo”.

Allí reside uno de los aspectos más interesantes del modo en que Moria ha construido su figura pública. No se trata de negar la edad ni de pretender una juventud imposible. Sus 80 años están dichos, mostrados y hasta festejados. Pero la edad no consigue convertirse en una posición desde la que los demás puedan definirla.

A Moria le tocó ser muchas cosas: la vedette deseada de los años setenta, la actriz, la mujer televisiva, el jurado, la escandalosa, la irreverente, la madre, la diva, la señora, la “One”. Lo singular es que ninguna de esas figuras parece jubilar a la anterior. Se acumulan. A veces se contradicen. Y terminan formando ese personaje excesivo que lleva su nombre.

Por eso resulta difícil pensar su trayectoria mediante la clásica sucesión lineal de edades: la joven que fue, la adulta que llegó a ser y, finalmente, la señora mayor que recuerda. En Moria las temporalidades se mezclan. Puede mirar a la vedette que fue como si perteneciera a otra persona y, al instante siguiente, volver a apropiársela. Puede narrarse desde afuera y desde adentro casi simultáneamente y hasta decir: “A mí el paso del tiempo me hace los mandados”.

Ella misma ha utilizado una imagen extraordinaria para definir ese movimiento: mirarse como una “marciana”. Mirarse desde otro planeta significa poder contemplar al personaje sin confundirse enteramente con él. Moria observa a Moria. La administra, la comenta, se ríe de ella y vuelve a lanzarla a escena.

Eso permite comprender algo central en su longevidad pública. Para permanecer durante décadas en el centro de una escena cambiante es necesario saber transformarse sin dejar de ser reconocible. La permanencia no consiste entonces en conservar intacta una identidad sino en modificarla antes de que los demás puedan declararla vencida.

Moria parece haber comprendido tempranamente que la figura pública es, en buena medida, un artificio. El cuerpo, la ropa, las palabras, la voz, los gestos y hasta los nombres con los que se designa forman parte de esa construcción. Nunca hubo demasiado interés en esconder el artificio. Al contrario: lo exhibió.

Allí aparece una diferencia importante con cierto ideal contemporáneo de autenticidad. Moria no necesita presentarse como alguien que finalmente se liberó de las máscaras para mostrarnos su verdadero yo. La máscara también es ella. Más aún: cambiar de máscara es uno de sus modos de seguir siendo ella.

"Obelisco con tetas"

De ahí que resulte tan sugerente el recorrido que lleva de haber sido una de las vedettes más deseadas del país a proclamarse “el Obelisco con tetas”. Aunque en su transformación de femme fatale en monumento podría parecer haber una pérdida, en su vida ocurre lo contrario: es una ampliación. Ya no se trata solamente de ser una mujer deseable. Se vuelve paisaje urbano, monumento, símbolo, exageración nacional.

Y en esa operación también se modifican las categorías de género. Moria puede presentarse como mujer, varón, puto o travesti sin preocuparse demasiado por delimitar esos lugares. Se dice una trans de su propia vida porque trasciende y transgrede su propia biografía.

Esa libertad produce una particular pieza barroca. No basa su poder solamente en la fascinación que sabe provocar sobre los hombres, sino en una figura construida mediante la acumulación: pelucas, siliconas, joyas, maquillaje, escotes, uñas, karate verbal, obscenidades, inteligencia escénica. El barroco no disimula el artificio: lo celebra.

Moria no “envejeció bien”, porque eso supondría adecuarse a algún ideal esperable. Lo que ella hace es más interesante: intenta evitar que las formas atribuidas a la edad la definan. No niega los años, los muestra para convertir esa cifra en una dimensión más de su personaje. Continúa trabajando, provocando, deseando y cobrando por ser requerida. Lo que no cede es su vigencia.

Ella existe como figura pública porque se ofrece. Se deja mirar, escuchar, imitar e incluso odiar. Moria ha hecho de esa disponibilidad una profesión extremadamente consciente. Baudelaire relacionaba de una manera provocadora el arte con la prostitución y encontraba en la multitud el placer de poder darse a muchos. Incluso llegó a definir a Dios como el ser más “prostituido”, precisamente porque podía entregarse a cada individuo sin agotarse.

Hay algo de ese mecanismo en la construcción de una figura como Moria. Ser pública significa ofrecerse una y otra vez al desconocido. Pero esa entrega no supone gratuidad ni sometimiento. Ella establece el precio y las condiciones.

Me represento yo

La serie muestra episodios mucho más duros: violencia, abuso y hasta el electroshock recibido durante su adolescencia. Resultaría demasiado sencillo convertir esos acontecimientos en explicaciones psicológicas de su personalidad posterior. Más interesante es observar qué hace ella cuando los incorpora a su relato.

Una vez más, intenta no quedar fijada al lugar que el acontecimiento parecería asignarle. Incluso frente a aquello que podría colocarla en el sitio de víctima, busca recuperar una capacidad de acción, una ocurrencia, una salida inesperada. No porque el dolor desaparezca, sino porque se resiste a entregarles a los otros la última palabra acerca de quién es.

Quizás por eso sus 80 años adquieren un significado particular. La longevidad suele ser narrada hoy a través de palabras como actividad, salud, autonomía o proyectos. Son dimensiones importantes, pero su caso agrega la lucha por conservar la autoría de la propia representación. No permitir que la edad, el cuerpo, el pasado, los otros terminen de escribir el personaje.