No hay duda de que hay vinos que nacen mucho antes de que la uva llegue a la bodega, nacen de un paisaje, de una manera de entender la tierra y del buen hacer de las personas que han decidido que su vida avance entre cepas.

En Collbaix Celler el Molí, Josep Maria Claret conoce bien esa relación casi íntima entre territorio y vino, como director técnico, pero también como copropietario de un proyecto en el que ha visto cómo evolucionaba el mundo, el del vino y el que lo rodea.

Desde la Denominación de Origen (DO) Pla de Bages, la bodega de Claret ha buscado encontrar el equilibrio entre el respeto por su origen y la necesidad de evolucionar, sin perder ni un ápice de una identidad propia que llevan por bandera.

Afirma que desde siempre han trabajado con las manos y el corazón y le duele que los jóvenes no hayan sabido conectar con algo que, para él, es patrimonio cultural y jamás debería perderse. Mientras tanto, él continúa en el reto de hacer el mejor vino del mundo.

"El vino es la expresión de una zona, de un territorio, es armonía, es equilibrio"

-¿Cómo y por qué quiso dedicarse al mundo del vino?

-A partir de la tradición familiar, porque desde mi bisabuelo se vienen dedicando al cultivo de viñedo y siendo viticultores durante toda su vida. Y yo, desde pequeño, ya tenía la atracción por el viñedo de estar con mi padre.

Josep Maria Claret es el copropietario de Collbaix Celler el Molí. Foto: Cedidas/La Vanguardia

-Antes de abrir la bodega, viajó por diferentes regiones vinícolas. ¿Qué buscaba aprender?

-Bueno, una forma de elaboración de vinos de diferentes maneras, aprender cómo vinificar mis propios vinos en un proyecto que nacería años más tarde. Yo empecé con 22 años y empecé siendo viticultor, no me puse a elaborar vinos hasta al cabo de 15 años.

-En los inicios de la bodega, apostaron por el cabernet sauvignon. ¿Qué les llevó a elegir esta variedad?

-Durante los años 80 y 90, esas eran las variedades que se pusieron de moda. Nos creíamos que las variedades foráneas eran mejores que las autóctonas y en ese momento apostamos por incorporar variedades que en ese momento eran novedosas y que no se había trabajado nunca con ellas aquí.

En ese momento las variedades tradicionales se dejaron al margen porque se asociaban a hacer vinos a granel y de no muy buena calidad.

-¿Qué tiene que tener un vino para que digan “ese vino es nuestro”?

-Al final, el vino es la expresión de una zona, de un territorio, es armonía, es equilibrio. Son vinos que son sinceros, que se expresan de la manera más transparente.

-¿Qué cree que se está perdiendo de la viticultura tradicional y qué se debería recuperar?

-De alguna manera, lo que se está perdiendo actualmente es la cultura, la cultura ancestral del vino. Las nuevas generaciones no han sabido conectar con esa cultura. Es una bebida que se basa en el saber beber, en conocer, en estudiar, en descubrir, en emocionarse. Y esto de alguna manera se está perdiendo y se tiene que volver a recuperar; hay un problema de fondo a nivel cultural.

Para Claret, el vino es una expersión del territorio. Foto: Cedidas/La Vanguardia

"Los vinos que se elaboraban hace 20 años, no tienen nada que ver con los actuales"

-¿Hasta qué punto hacer vino es también una manera de conservar un territorio?

-Es totalmente necesario. Aquí en el Bages, cuando toda esta zona estaba plantada de viñedos hace más de 100 años, la superficie que ocupaba el bosque mediterráneo era muy pequeña.

Ahora es totalmente al contrario, el viñedo ocupa una pequeñísima parte del territorio. El vino forma parte de la conservación de los sectores, de los hábitats naturales y creo que juegan actualmente un importantísimo papel medioambiental para evitar grandes desastres naturales como son los incendios.

-¿Qué es lo que más le preocupa hoy en día como viticultor?

-El impacto climático que estamos sufriendo. Los cambios han llegado más rápido de lo que nos imaginábamos que pasaría, estamos hablando de un avance de las maduraciones de un mes. Nadie se lo hubiese imaginado hace 10 años, este año terminaremos vendimia justo cuando, no hace demasiado, la empezábamos. Es una alteración a la que es difícil adaptarse tan rápido.

-¿Hay algo ahora mismo que haga de manera completamente diferente a como lo hacía hace 10 años?

-La verdad es que hemos tenido que experimentar continuamente. Los vinos que se elaboraban hace 20 años, no tienen nada que ver con los actuales. Es una forma distinta de trabajar y experimentar para mejorar el día a día.

Aquella frase que muchas veces oíamos a los padres de que toda la vida lo habían hecho de esa manera, ahora ya no nos sirve. Tenemos que aplicar la innovación, la experimentación para mejorar y para continuar estando en lo alto.

-Si pudiera volver atrás y darle un consejo al Josep Maria que estaba empezando, ¿qué le diría?

-Le diría que tuviera muy claro que el camino no iba a ser fácil. Incluso en alguna bodega de esta zona nuestra que ha empezado más tarde, y uno de los consejos que yo siempre les he dado es que tengan muy claro lo que van a hacer y que, si realmente están totalmente convencidos de lo que supone, pues adelante, pero si no, va a ser difícil.

Llegar a hacer el mejor vino del mundo es el objetivo de Josep Maria Claret. Foto: Cedidas/La Vanguardia

-¿Qué sigue buscando después de tantos años en el vino?

-Llegar a hacer el mejor vino del mundo. Ya tenemos vinos excelentes, así que continuar trabajando para mantener el listón en lo más alto y estar orgulloso de todo ese tiempo, de todos estos años de trabajo.

Elena Horrillo, La Vanguardia