En un mundo absolutamente integrado por la revolución de la técnica en su fase de Inteligencia artificial (IA) la reconversión de todos los sectores productivos es ineludible con la fuerza de la necesidad.

El dato estratégico central de la economía norteamericana es que experimenta en este momento un fenomenal boom económico liderado por la inteligencia artificial.

El PBI de EE.UU. crecerá este año 4% y de ese total la IA representa 1,6% de la expansión pese a que lo hace con sólo 40% de sus empresas transformadas por la IA, aunque espera alcanzar al 100% en 2031.

Esto implica un auge forzado de la transformación productiva por la IA, que se ve obligada a crear una nueva fuerza de trabajo acorde con el nuevo sistema global.

También hay un rediseño del espacio norteamericano, con Texas como eje de la nueva sociedad productiva, mientras que California y Nueva York se sumergen en un camino de creciente irrelevancia.

China avanza en este proceso de inexorable reconversión, a través de la drástica reducción por la mitad de su insustentable y gigantesco superávit comercial de U$S 1,.6 billones, con el que está “desindustrializando” en forma ruinosa al resto de los sistemas manufactureros del mundo.

En América Latina, Brasil se enfrenta al desafío impostergable de reconvertir a su industria y abrir su economía, que es hoy incapaz de competir internacionalmente.

Esto está en juego en las cruciales elecciones de noviembre de este año, en las que Flávio Bolsonaro tiende a distanciarse cada vez más de Lula; y allí es que se decide a qué ritmo y en qué condiciones se realizará la forzosa reconversión de su industria, que fue la primera del mundo basada en la sustitución de importaciones y que hoy está por detrás del sector agroalimentario que la supera ampliamente en lo que se refiere a la capacidad de innovación y al alza sistemática de la productividad.

La industria brasileña creció 8% anual desde el gobierno de Getulio Vargas en la década del ´30 hasta 1981, en que gobernaba a Brasil dentro del régimen militar el General Ernesto Geisel.

De pronto, en la década del ´80, el colapso de la deuda pública mexicana golpeó en pleno a Brasil, que fue el país más dañado por la crisis de la deuda en el continente.

A partir de ese momento, Brasil experimentó 20 años continuados de depresión profunda, con un crecimiento nulo o negativo del ingreso per cápita de su población.

Este fue el periodo más prolongado y depresivo de la historia del capitalismo a partir de la Revolución Industrial, como señaló Lawrence Summers.

Si Brasil cambia, cambia todo el Hemisferio Sudamericano y por lo tanto la región vuelve a ser un protagonista de primera línea de la economía global más avanzada, a través de la producción manufacturera encabezada por la industria paulista, que es potencialmente una de las primeras del sistema global.

Lula es una figura nacional, muy por encima de la estrechez característica del Partido de los Trabajadores (PT), y en su primer mandato (2003/2006) logró incorporar a más de 30% de los pobres brasileños a una incipiente clase media denominada “Clase C”.

Pero ahora esta notable figura con 80 años de edad parece estar más volcada al pasado que al futuro e insiste en repetir las propuestas de una industrialización sustitutiva, centrada en la defensa irrestricta del mercado interno, cuando la hora de la historia del mundo marca la necesidad de la integración definitiva e irreversible de la economía brasileña en el proceso acelerado del capitalismo global, arrastrado y guiado por la Inteligencia artificial (IA).

Brasil no parece advertir lo que está a la vista: que los líderes de las 2 superpotencias – Donald Trump y Xi Jinping – sellarán una alianza estructural en la reunión que tendrá lugar en Beijing el 14 y 15 de mayo.

El vuelco al pasado que experimenta Lula lo lleva a identificarse más con el gobierno del General Ernesto Geisel que con el mundo que está en marcha a escala global.

A esto Lula ha sumado un extraordinario error estratégico, que consiste en identificar a Flávio Bolsonaro con el eje del mundo de hoy que es EE.UU y el presidente Donald Trump.

No advierte que el extraordinario poder que muestra Trump tiene un carácter estructural y es la combinación del boom económico de EE.UU con la explosión de la IA que lo caracteriza, que hace que la primera economía del mundo, y la más avanzada, sea también el eje y la cuna de la tecnología más trascendente de la historia del capitalismo. Esto es lo que se llama poder estructural.

La nostalgia es una enfermedad letal para los hombres de Estado, porque la “única historia que importa es la presente”: el pasado quedó atrás, el futuro todavía no existe, y lo único verdaderamente decisivo es lo que se hace en el “eterno presente”.

Brasil va a cambiar inexorablemente este año, es demasiado importante para quedar marginado de un momento histórico como éste.

Hay que aprender a vivir en la época que le ha tocado a uno y aprender a actuar y pensar de acuerdo al momento presente.

Por eso la reconversión de Brasil y del mundo es inexorable.