Leíamos en abril de 2020: “Si usted piensa que los artistas son innecesarios, intente pasar la cuarentena sin música, libros, poemas, películas y pinturas”… Para quienes pudimos “quedarnos en casa”, la cultura fue un espacio donde habitar, un valor, una necesidad. Esta experiencia traumática de impacto global fue una confrontación con nuestros límites, llevándonos a umbrales de incertidumbre antes no experimentados.

En el mundo de los consumos culturales y el de las artes en particular, venían dándose procesos orientados a repensar las dinámicas del sector en el contexto de un capitalismo globalizante y homogeneizador. Las nuevas lógicas de circulación de imágenes, de las redes sociales y ahora de la IA generativa impulsaron cuestionamientos acerca de la reconfiguración de la mirada y de las prácticas artísticas.

Recordemos en 2019 la obra de Mariana Tellería en Venecia que desafió al espectador con la experiencia de un tiempo suspendido. Pensó fuera de la norma, quebró la inercia de un “modo de ver” y estar atravesado por la inmediatez de las redes sociales.

"El nombre de un país" de la artista argentina Mariana Tellería durante la jornada de inauguración de la Bienal de Arte de Venecia 2019 (Italia). EFE/Andrea Merola

Pero: qué es la experiencia artística sino un desafío que lleva a confrontarse con “no entender” y a transitar un camino de desciframiento. Obras como esa hacen crujir las inercias y cuestionan un mundo artístico que permeado por el consumo masivo, desmotivó la experiencia sensible y el pensamiento.

Como si se actualizara el debate entre “apocalípticos e integrados”, artistas, curadores-investigadores, gestores culturales asumimos posturas diversas dentro del un escenario en tensión.

A la par, la virtualización creciente de la experiencia social y su aceleración en la pandemia impactó también en los consumos culturales. Entre las tareas de la pospandemia se impuso resituar los lugares de las imágenes artísticas y recuperar las condiciones para la experiencia, más allá del formato normalizador de las pantallas, pero también con ellas.

UNESCO, ICOM y otras entidades venían proponiendo agendas. Cuando la precariedad del sector quedó sobrexpuesta, muchas de ellas se hicieron visibles y las prioridades empezaron a revisarse. El espacio de la cultura apareció como un lugar para la resiliencia donde ensayar salidas superadoras para recuperar actores, espacios, prácticas, públicos y sentidos debilitados con la crisis.

Políticas de cuidados, inclusión, un trabajo situado, en comunidad, eran aspectos que ya rondaban la mirada crítica y ocupan hoy el centro de los debates. La sustentabilidad –medioambiental, económica, etc.– en el foco de nuestras prácticas, disputa –o debería disputar– la lógica del tecno-capitalismo contemporáneo.

A modo de muestreo, algunos indicios del estado de situación se ven a través de la cartografía plural de BIENALSUR. En 2021, la “vuelta a la presencialidad” dio el tono. En el Museo de Bellas Artes de Salta con un recorrido expandido, las curadoras Inka Gressel y Andrea Fernández pusieron en relación técnicas artesanales, testimonios de la defensa de los territorios y cosmovisiones diversas con una reflexión sobre las políticas extractivistas. En Ryadh, la exposición Un mundo entre lo analógico y lo virtual, instaló la reflexión sobre los modos de habitar el presente. En 2023, con Jordi Colomer y su X-Ville en el Barrio 21-24 afirmábamos: “las utopías nacen de una insatisfacción colectiva y, por lo tanto, tiene que haber una respuesta colectiva a esa insatisfacción común”. Utopías y distopías tensionan las narrativas actuales incluyendo guerras, migraciones, catástrofes.

Arquitecto, artista e historiador del arte español Jordi Colomer entre los expositores del primer Diálogo Bienalsur 2022.

A la par, aparecen a nivel de los relatos otras dimensiones críticas que hacen a la redefinición de museos y programas culturales. Archivos Activos en el Archivo de Indias en Sevilla, Lo que queda del pasado en Puebla, se sumaron –entre otros– a la preocupación por la gestión de la memoria y la descolonización de relatos y colecciones. 2025 dio continuidad a estas líneas y presentó otros ensayos en busca de profundizar sinergias colaborativas en y con comunidades y problemáticas especificas. Entre otras: Flow/Adapt, exposición que invitó a reflexionar sobre la identidad, el tiempo y la resiliencia en Timor Oriental; el descentramiento del sujeto humano que se disuelve en el paisaje planteado por Benedetta Casini en Invocaciones; una reflexión crítica y política sobre la ecología de las cosas en Fragmentar la obsolescencia de Appendino. Además, cocuradurías con artistas y públicos, interferencias, performances situadas, curadurías expandidas, programas de residencias son algunos de los formatos en colaboración que amplían las acciones que sobre el presente propone el arte contemporáneo.

Este breve pero diverso muestreo, exhibe algunas de las formas en que los espacios de arte y los museos buscan ser sitios para el encuentro transversal, lugares para la exploración, la imaginación, el desarrollo de otras sensibilidades y para el pensamiento crítico. En fin, para ser agentes de transformación capaces de alumbrar futuros inclusivos, diversos, resilientes.

Investigadora Conicet, Directora artística de BIENALSUR-UNTREF