A pesar de todo, nuestra época sigue escribiendo literatura. No sabemos bien cómo se produce esta especie de milagro entre pantallas de celulares, ocio dirigido, exclusión social por doquier y una uniformización tan radical de las subjetividades que el propio concepto de individuo parece puesto en cuestión.
Ya no es una hipótesis que lo que una vez conocimos como humanidad está sufriendo una mutación, y si la ficción que se produce no acompaña de algún modo esta incertidumbre, estaría ciega y sorda.
“El vacío es un buen costurero, pensaba entonces, mientras seguía de a ratos la conversación y sentía una somnolencia dulce. El vacío da mejores puntadas que el amor. Su pulso es más firme que el de la lujuria”, piensa Antonia, una de las protagonistas de “El mes bueno de un mal año”, casi al comienzo de uno de los cuentos de Hermosos caminos planos, el último libro de Olivia Gallo. Y es, justamente, sobre el vacío, sobre la idea de no hacer gran cosa con sus propias vidas, de ir de trabajo en trabajo, de situación en situación, de abandonarse a los deseos del cuerpo sin pensar demasiado, que pivotan todos los personajes de estos relatos.
En “Transparente es un color”, por ejemplo, una mujer le escribe cartas unilaterales a alguien con el mismo nombre en una red social. Pero no se trata de la Lejana de Cortázar; no hay epifanías sino un modo de calmar una pena que ni siquiera se reconoce como tal. En “Roma” una chica que va de trabajo en trabajo termina saliendo con el marido de una amiga. No hay juicios sobre la situación, ni culpa, y no sabemos tampoco si hay amor.
En “Girasoles enojados”, un actor y la protagonista del cuento arman una relación simbiótica en la que son pareja, representante y representado, todo sobre la base de un sueño premonitorio y el efecto hipnótico que ejerce el hombre sobre ella. En “El mes bueno de un mal año”, el fantasma de un hermano muerto visita sigilosamente a su hermana y su pareja sin saber bien qué hace ahí.
Los personajes de Olivia Gallo viven en una duda melancólica, van de aventura en aventura, aunque el concepto de aventura sea parecido a la resignación, y la aventura no se vea como un modo de vida, sino como una manera de ser arrastrados al misterio, con resultados que no sólo no están garantizados, sino que no buscan en ningún momento asegurar. “Las personas que amamos se convierten en paisajes. En algunos es posible meterse, otros sólo se miran desde lejos”, dice la protagonista de “La flecha”.
Es así como Olivia Gallo ha construido, relato tras relato, un libro de extraña profundidad en su aparente ligereza. Todos estos personajes femeninos, intuitivos, perdedores, impulsivos, van de la nada a la nada buscando cualquier cosa distinta de la gloria, la autorrealización o una verdad absoluta.
Están ahí vivos, aceptando a los hombres con sus minúsculas verdades, llenos de dolorosos defectos, y poniendo en cuestión mecanismos de poder en los que parecen no intervenir. Y, sin embargo, sus vidas no están exentas de decisiones, aunque esas decisiones, muchas veces, no impliquen otra cosa que quedarse o irse.
No es casual que el libro abra con una cita de Dino Buzzati (“¡El país de las maldiciones y los mitos, de las intactas soledades, la última verdad concedida a nuestros sueños!”). ¿Quiénes han soñado más y esperado más, viendo pasar la vida y la muerte por delante de sus ojos que los personajes de El desierto de los tártaros o de Bárnabo de las montañas?
Hay algo de la dulce resignación de los personajes de Buzzati, entregados a su destino. La cita no está extraída, sin embargo, de ninguna de estas dos novelas sino de un cuento de Buzzati, “El burgués hechizado”: un hombre, durante un viaje, rasga el hilo de lo real y accede, de golpe, a la poesía para encontrar la muerte al final de su prosaica vida: “Te he vencido, miserable mundo, no me has sabido retener”.
Hermosos caminos planos, Olivia Gallo. Blatt y Ríos, 152 págs.
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