"El tiempo es como un río formado por los acontecimientos que suceden, y una corriente violenta; pues tan pronto como algo se ve, es arrastrado, y otro viene en su lugar", reflexionó en sus escritos el emperador y filósofo estoico Marco Aurelio. Dos mil años más tarde, su voz cala hondo entre los jóvenes que descubren el estoicismo.

Esa metáfora resume, de alguna manera, la concepción que los filósofos estoicos tenían de la existencia. El agua avanza constantemente e impide conservar aquello que acaba de pasar. Del mismo modo, cada instante aparece, se convierte en pasado y deja su lugar al siguiente.

La imagen ya estaba en el pensamiento de Heráclito, que vivió varios siglos antes que Marco Aurelio. El historiador Joshua J. Mark interpreta que el filósofo griego sostenía que la naturaleza misma de la vida es el cambio; el cambio no es un aspecto de la vida, sino la vida misma y, por eso, resistirse a él es resistirse a la propia vida”.

Los estoicos habrían heredado parte de esa tradición y habrían desarrollado una filosofía centrada en aceptar el orden de la naturaleza. Por eso, aseguraban que solo podíamos controlar lo que realmente dependía de nosotros: nuestras ideas, conductas y juicios.

El cambio no es un aspecto de la vida, sino la vida misma

Para el emperador Marco Aurelio, el paso del tiempo es un movimiento tranquilo. Habla de una “corriente violenta” porque considera que los acontecimientos son arrastrados con rapidez. La comparación es poderosa porque no distingue entre acontecimientos agradables y dolorosos. Todo forma parte de la misma corriente.

La imagen del río como metáfora había sido utilizada, siglos antes, por el filósofo griego Heráclito (foto). Archivo Clarín.

Interpretada de esta manera, la imagen del río invita a cultivar una relación específica con la atención. Si cada momento se nos escapa de todos modos, aferrarse a él con fuerza no sirve de nada, salvo para sufrir el dolor que produce.

Marco Aurelio no quiere dejemos de preocuparnos, sino que dejemos de aferrarnos a cosas que, inevitablemente, van a desaparecer. Podemos contemplar el agua sin intentar retenerla. Algo difícil, pero, según el emperador, posible.

La reflexión conserva una sorprendente vigencia. En una época en la que resulta sencillo quedarse atrapado en el pasado o anticipar constantemente lo que ocurrirá en el futuro, invita a regresar al único momento sobre el que realmente podemos actuar: el presente.

Quién fue Marco Aurelio

Marco Aurelio (121-180 d. C.) nació en una familia aristocrática y al quedar huérfano de padre cuando era niño fue adoptado por el futuro emperador Antonino Pío, quien también lo convirtió en su heredero. Durante su juventud, recibió una educación muy cuidada, en la que tuvo especial importancia la filosofía estoica. En 161, tras la muerte de Antonino Pío, se convirtió en emperador.

Su gobierno estuvo marcado por numerosos conflictos, porque Roma tuvo que enfrentarse a guerras contra el Imperio parto y, posteriormente, contra diferentes pueblos germánicos en el centro de Europa. También sufrió una grave epidemia, conocida como peste antonina.

Estatua del emperador Marco Aurelio en la Piazza del Campidoglio, Roma. Archivo Clarín.

Conocido como el “emperador filósofo”, intentó aplicar los principios del estoicismo a su propia gestión. Durante sus campañas militares en el centro de Europa es posible que haya escrito Meditaciones, de donde proviene la frase. Allí, reflexiona sobre cuestiones como la muerte, el autocontrol, la adversidad, el deber, la fugacidad de la vida y la importancia de aceptar aquello que no podemos cambiar.

Murió en Vindobona (actual Viena) durante la campaña contra los pueblos germánicos. Designó a su hijo Cómodo como sucesor y este, quizá, haya sido su mayor error político. El gobierno de Cómodo supuso un importante cambio respecto al período de los llamados "cinco buenos emperadores".