Dedicamos esta edición de Clarín Rural a la nueva campaña de soja. El cultivo que ha sido la llave maestra de la Segunda Revolución de las Pampas necesita recuperar el dinamismo que lo caracterizó hace exactamente tres décadas. Fue cuando llegó la milagrosa RR, aprobada en 1996 en simultáneo con los Estados Unidos.

En aquel momento, la producción se había estancado en torno a las 15 millones de toneladas. La siembra directa hacía sus pininos, de la mano de los pioneros liderados por Victor Trucco desde la incipiente Aapresid, que en poco tiempo se convertiría en el gran think tank del agro. Se triplicó la producción en apenas diez años, llegando a 46 millones de toneladas en la campaña 2006/7.

Una verdadera epopeya, que además se encontró con un escenario internacional totalmente nuevo. La irrupción de la República Popular China –de donde era originaria la soja—como importador insaciable aseguró la colocación de toda la producción que crecía voluptuosamente en las llanuras americanas.

China estaba desplegando una potente transición dietaria, incorporando las proteínas animales en la alimentación de una sociedad que salía rápidamente de la pobreza extrema. A pesar del éxito de su política de control del crecimiento de la población, se encontraron con que necesitaban mucho más alimento que antes. Es lo que sucede cuando se pasa de la polenta o las legumbres a las carnes. Los pollos y los cerdos comen lo mismo que los humanos, pero convierten 10 a 1. Es decir, hacen falta 10 kilos de materia seca vegetal (granos y harinas proteicas) para obtener un kilo de materia seca de pollo o cerdo. Recordemos que el 70% de un animal es agua, y además hay un 15% que no se come (piel, plumas, cuero, ciertas vísceras, etc).

La cuestión es que al despuntar el siglo XXI, los precios de la soja comenzaron a subir. Pero en la Argentina el diablo metió la cola. Con la crisis del 2001/2 llegaron las retenciones, que aparecieron para todos los productos exportables, que eran fundamentalmente los de la agroindustria. Empezaron con el pretexto de compensar el “overshooting” de la salida de la convertibilidad, cuando el dólar se disparó. Llegó el kirchnerismo y el pretexto se convirtió en una panacea. Fueron por todo.

Para el campo, fue un pie en la puerta giratoria. Por inercia, y porque los precios eran cada vez mejores, la producción siguió creciendo hasta el 2007/8. El gobierno K se cebó y pasó de aquel 20% inicial de derechos de exportación, al experimento de las retenciones móviles en el 2008. Se querían llevar el 50% de la soja. Al borde de una guerra civil, el proyecto cayó en el Congreso. Pero quedaron en el 35%. Campeó el estancamiento.

El gobierno de Milei prometió la eliminación. Hasta ahora, solo se logró una reducción. Importante, porque hay un cronograma que le da continuidad a este intento. Pero esta semana se conoció el proyecto de Presupuesto para el 2027 y se observa un incremento del 40% en el rubro derechos de exportación. Esto es consecuencia, fundamentalmente, de la expectativa que tiene el gobierno respecto a los precios internacionales de los productos agrícolas, fundamentalmente la soja, con retenciones todavía del 24% aunque bajando.

El agro buscó atajos. Se diversificó. Y los productos que más crecieron fueron precisamente los menos castigados por este flagelo. Los cereales, en particular el maíz. El sorgo. Y el girasol, que suma a que ya no paga derechos de exportación, una inesperada bonanza internacional por el conflicto del Mar Negro (Rusia y Ucrania son grandes actores de este mercado). En el marco de una demanda asiática fulgurante, con la India convertida en una freidora gigante.

El campo tampoco había hecho los deberes. Fundamentalmente, persistió en un sistema de todo vale en la cuestión de la semilla. El abuso del uso propio llevó a la parálisis en la genética, donde todo arranca. Quizá estemos en los albores de un acuerdo definitivo, lo que, frente a los avances en materia de retenciones, abre una nueva perspectiva para el maná de las pampas.