¿Está la democracia en peligro? El interrogante se ha hecho más sonoro tras la invasión de Rumania por Putin, el genocidio de Netanyahu en Gaza, y los bombardeos de este mismo y Trump en Irán. Dichas acciones criminales según el derecho internacional no son las primeras, ni siquiera las más graves, de cuantas se han producido desde el fin de la segunda guerra mundial.

Pero , remedando la famosa frase del manifiesto firmado por Marx y Engels (1842), este es el nuevo fantasma que recorre Europa: no el auge en el continente del partido comunista y la lucha de clases sino lo que muchos dan en llamar la democracia autoritaria.

El fenómeno, sobre el que leí hace un par de años un brillante ensayo del intelectual guatemalteco Francisco Pérez de Antón, ya ilustró una nueva decadencia de los sistemas democráticos en América Latina tras los avances de la década prodigiosa, e ilumina ahora la deriva hacia el extremismo en los países de la Unión Europea. El renacer y la relevancia de los partidos de extrema derecha y del conservadurismo extremo, también en América, así lo ponen de relieve.

Pero no son las formaciones ultraconservadoras las únicas responsables del deterioro institucional, ni siquiera las más decisivas. La deriva del socialismo democrático europeo, su corrupción y la de la izquierda pretendidamente revolucionaria en América Latina, ilustran este escenario tanto o más que el imperialismo creciente de los Estados Unidos. Y se desarrollan y confluyen prácticas igualmente antidemocráticas desde sectores ideológicos opuestos pero emparentados por su extremismo radical.

Pese a la impresión extendida de que crece la inestabilidad democrática mundial, el famoso catálogo que difunde la revista The Economist acaba de publicar sus conclusiones sobre el estado de la cuestión. Su titular es que el sistema no anda tan deteriorado como el que algunos suponen, incluso ha mejorado unas décimas respecto a años anteriores.

Noruega encabeza la lista de los países con una democracia plena junto al resto de los nórdicos, lo que pone de relieve paradójicamente que son las monarquías parlamentarias quienes mejor garantizan el ejercicio de las libertades y la representación popular, pese a que sus jefes de estado no son elegibles, sino herederos de una dinastía.

En América Latina , Uruguay y Costa Rica, junto a la Guayana francesa, merecen ese mismo calificativo por lo demás un tanto ilusorio. No hay democracias ni plenas ni perfectas. La libertad de cada quien está necesariamente limitada por la libertad del otro, y de ahí la necesidad de un orden jurídico respetado por todos.

La democracia, el gobierno del pueblo por el pueblo, exige además la independencia de los poderes y un sistema de representación que impidan el abuso del poder y garanticen el respeto a la minorías. La ciencia política es por lo demás cualquier cosa menos una ciencia, como no sea la aplicable al ejercicio de la fuerza y el estudio y justificación de la predominancia del poder sobre las leyes, según han venido demostrar recientes acontecimientos.

Experiencias incluso de la que se considera primera democracia en la historia, como los Estados Unidos, calificada desde hace años por The Economist como “imperfecta”, así lo ponen de relieve.

Valga también como ejemplo la situación de España, “democracia plena” según la revista, y como todas las demás siempre en peligro. En la actualidad está gobernada no tanto por el pueblo como por una partitocracia en gran medida inoperante salvo para defender los privilegios y ambiciones particulares del poder ejecutivo.

España es un país hoy de oportunidades sólidas gracias a la existencia de una sociedad civil valedora de los principios democráticos. Pero el relato político de su gobierno resulta decepcionante salvo cuando lo entonan las voces oficiales.

En primer lugar encabeza el equipo un partido socialista que perdió las elecciones generales y solo logró formar un gabinete apoyándose en los independentistas de Cataluña y el País Vasco, claramente reaccionarios frente a fenómenos como el de la emigración, y en algún caso hasta racistas.

En segundo lugar ha dado repetidas muestras de traicionar las promesas y el programa que su líder pregonó durante la campaña electoral. Aseguró que nunca aprobaría la amnistía a los responsables del pintoresco golpe de estado que el separatismo catalanista dio declarando en sede parlamentaria la independencia de su país y suspendiéndola un minuto después. Sánchez dijo que la amnistía era anticonstitucional y así lo rubricó su ministro de Justicia en ocasión del indulto a los responsables del golpe.

Pero acuciado por la necesidad de contar con ellos para encaramarse al poder terminó por ceder a sus presiones y ofertas y manipuló hasta el extremo al tribunal Constitucional, convertido hoy en una especie de cuarta sala de apelación que llega a modificar sentencias del Tribunal Supremo adversas al gobierno o a su partido. La debilidad parlamentaria de la coalición que apoya al sanchismo, en la que participan los herederos del terrorismo de ETA, principal y sangriento enemigo de la transición democrática española, ha generado la imposibilidad de aprobar un solo presupuesto del Estado en la actual legislatura. Incapaz de sacar adelante sus proyectos de ley Sánchez se ha dedicado a gobernar por decreto, aumentando la inestabilidad política y funcional del Estado.

En esa situación él mismo prometió que gobernaría sin el Parlamento, promesa ya cumplida que por sí misma califica un sentimiento y conducta antidemocráticos. A fin de cumplir esa auténtica herejía democrática necesita remunerar de manera constante a sus socios minoritarios, enemigos ideológicos de un Estado al que desean e intentan destruir.

El apoyo de los herederos políticos del terrorismo ha sido incluso compensado por la excarcelación de antiguos jefes de la banda, responsables de casi más de seiscientos asesinatos, algunos de connotados líderes socialistas. También se puede citar la cesión a los gobiernos autonómicos tanto del País Vasco como de Cataluña de atribuciones del Estado que constitucionalmente deberían ser exclusivas de este.

Entre ellas destaca una legislación fiscal singular en beneficio de esos territorios y considerada como un agravio por el resto del país. Por lo demás en plena controversia con Estados Unidos y amenaza de ruptura de la unanimidad europea, la política exterior y la de defensa no han merecido prácticamente ser debatidas en el Parlamento.

En un sistema en el que las listas electorales elaboradas por los partidos son cerradas y bloqueadas, sus diputados obedecen las órdenes de los líderes de cada formación antes que atender a los intereses de sus teóricamente representados. Se someten así de facto a la disciplina del voto imperativo en contra del espíritu y la letra de la Constitución y de la libertad de conciencia. La partitocracia es una enfermedad de muchas democracias que desdice de su eventual plenitud. Este es el csao español.

Y hablando del sanchismo la cuestión es todavía más preocupante y confusa. En este momento se sientan en el banquillo de los tribunales, o han de hacerlo en breve, los dos todopoderosos secretarios de organización del PSOE, acusados de corrupción junto a sus cómplices, de cometer delitos que en algunos casos suponen la defraudación al Estado de hasta cientos de millones de euros.

La esposa del propio Sánchez ha sido imputada formalmente de cuatro delitos por los que si resultara culpable tendría severas penas de cárcel y el hermano del presidente también comparecerá en juicio próximamente por evadir supuestamente sus obligaciones con la Hacienda pública. Y por lo demás, el anterior fiscal general del Estado, teórico máximo garante del ejercicio de la legalidad, culpable de revelación de secretos para defender al gobierno,ya fue condenado por el Tribunal Supremo.

Ningún otro presidente de un país democrático europeo hubiera permanecido al frente del gobierno en semejantes circunstancias. Si su indignidad moral le llevara a tratar de non dimitir y permanecer en su puesto, la dirección colegiada del partido no lo hubiera permitido.

Dadas las circunstancias, la supuesta plenitud democrática española está amenazada por comportamientos y caminos del partido en el poder que conducen hacia la democracia autoritaria. Pero felizmente, la sociedad española no se encuentra ni contaminada ni polarizada, pese a lo esfuerzos de Sánchez por dividirla. Hasta el momento han fracasado los intentos del gobierno actual para levantar muros, y hasta injurias, frente a los que no piensan como él, agrediendo públicamente a la honorabilidad y profesionalidad de jueces y periodistas que denuncian y persiguen sus desvaríos. España es país de oportunidades y así lo testifica el crecimiento de su población, liderado en gran medida por la inversión y la inmigración latinoamericanas, que están convirtiendo a Madrid en el Miami del siglo XXI. El país va bien, en algunos casos mejor que bien, pero se debe gracias a sus empresas, a sus trabajadores, a sus técnicos y profesionales, a sus universidades y al mundo de la cultura. En definitiva , a la sociedad civil. Irá mejor todavía, como irá mejor Europa, si jubila a gran parte de su actual clase política.