Difícil definir en estos tiempos qué es un hombre singular, con lo excepcional que esto conlleva: no es tener ni es estar. No es el yo expuesto hasta el hartazgo en las redes y en los espacios públicos. Es la singularidad de ser. Y desde esa perspectiva, Eugenio Zanetti fue un hombre y un amigo singular.

Eugenio Zanetti, en el Teatro Colón en 2019. Foto: Fernando de la Orden.

Su vitalidad, su imparable energía creativa, su sentido del humor, su generosidad, su cercanía, todo cuanto pueda destacarse de Eugenio resulta insuficiente para definir la clase de persona que era. Un amigo afectuoso, que finalizaba sus mensajes con la risueña expresión: “Besos brujos”.

Le dije alguna vez que Alberto Greco, el gran artista fallecido en 1965, se hubiera sentido a gusto al saber que el título de su collage de lenguajes (“Besos brujos”) era la firma de aquellos mensajes amistosos.

Conocí a Eugenio Zanetti a través de otro amigo inolvidable, también fallecido, el crítico de cine Claudio España. La empatía con el gran escenógrafo, artista plástico, director de arte y realizador argentino, que había vivido durante años en los Estados Unidos, era un don natural.

No necesitaba hacer ningún esfuerzo para conectarse. Del mismo modo que, al entrar en el trance de sus obras pictóricas, podía desconectarse durante horas.

Me lo contó hace no tanto en una charla en la que quedamos en vernos cuando regresara a Buenos Aires, tras su estadía en Córdoba, donde encontraba la atmósfera indispensable para crear.

Me fascinaba escuchar la diversidad de cuestiones culturales que podía abordar en una charla, con una sabiduría que parecía un registro de varias vidas. Y más de una vez nos detuvimos a conversar sobre la teoría de los universos paralelos, que propone la existencia de realidades coexistentes con la que vivimos. Eugenio creía en ello.

Esa hipótesis de la física, planteada en 1957 por Hugh Everett, está presente en su película Amapola, cuya factura artística es bellísima y en la que reunió un elenco internacional: Camilla Belle, François Arnaud, Geraldine Chaplin, junto a argentinos como Lito Cruz, Elena Roger, Esmeralda Mitre y otros.

Tesoro interior

En una de las tantas conversaciones, a veces breves y a veces más extensas, en las que le preguntaba sobre su búsqueda en el arte, en cualquiera de sus expresiones, inferí que todo cuanto era y hacía en el cine, en el teatro, en la ópera, en el arte, procuraba expandir lo que atesoraba dentro de sí. En lo más profundo de sí, Eugenio era un creador sin barreras, un talento excepcional.

En ocasiones me sorprendía la naturalidad con que contaba, por ejemplo, que había saludado a Barbra Streisand, de quien era muy amigo, por su cumpleaños. O, por curiosidad, le preguntaba por las figuras de relevancia artística o académica internacional con quienes había compartido horas de su vida, pero no le concedía a todo ello gran relevancia.

Eugenio Zanetti, en el Teatro Colon. Foto: Ruben Digilio.

Quizá porque le interesaba más el encuentro en vivo, el abrazo y la charla personalizada. Todo parecía vivirlo con la naturalidad de quien narraba el mundo desde su aldea.

Eugenio Zanetti fue sabio, un hombre que supo vivir, y que en el arte encontró su voz y el sentido trascendente de su vida. Su legado artístico permanecerá y otras generaciones lo resignificarán.

Pero a estas horas, este hombre singular estará viviendo en otro universo sin tiempo. Recurro a un poema de Liliana Bodoc, “Primera persona”, para despedir a este amigo a quien le agradezco enormemente haber enriquecido mi vida.

Yo soy yo cuando Soy. / No soy Tener. / No soy Estar. / Yo soy Ser. / En primera persona del singular.