Hay palabras que nacen para nombrar lo esencial y terminan, con el tiempo, vaciadas de contenido, manoseadas hasta perder su sentido original. La palabra longevidad atraviesa hoy ese destino. Y lo escribo con el pesar de quien ha dedicado años a construir un marco conceptual serio alrededor de ella, a devolverle dignidad, a entenderla no como una promesa de eternidad sino como una etapa de la vida que merece ser pensada, acompañada y vivida con propósito.

Prostituir una palabra es un acto simbólico. No hablo, por supuesto, del oficio ni de las personas que lo ejercen, muchas veces empujadas por la necesidad. Hablo de la prostitución en su acepción figurada: la de degradar algo valioso, entregarlo al mejor postor, ponerlo al servicio del interés y despojarlo de su nobleza.

Eso es promiscuidad y es exactamente lo que está ocurriendo con la longevidad. Una causa profundamente humana, ligada al cuidado, a la ciencia, a la ética y a la construcción de sociedades más justas con quienes envejecen, se ha convertido en mercancía, en tendencia, en anzuelo comercial.

De un tiempo a esta parte asistimos a un fenómeno curioso. La longevidad se ha convertido en un tema de creciente interés. Como suele ocurrir con los campos que ganan visibilidad, han aparecido nuevos actores que se acercan a este ámbito desde trayectorias diversas, no siempre vinculadas previamente a su desarrollo científico o académico.

Han surgido voces que se presentan como expertas, junto con promotores de fórmulas para prolongar la vida, coaches de la llamada “eterna juventud” y biohackers que mezclan el lenguaje del marketing con el de la ciencia. Gran parte de estos discursos carece de respaldo científico, aunque circulan con gran alcance en escenarios, pódcast y redes sociales.

El problema no es que hablen. El problema es la falta de solvencia, de seriedad y de conocimiento con que lo hacen. Se confunde el deseo legítimo de vivir más y mejor con la ilusión de derrotar a la muerte. Se aprovecha el miedo más antiguo del ser humano: el miedo a envejecer y a morir. Y ahí, precisamente, está el negocio. Porque el miedo es rentable, y la esperanza mal administrada, también.

Conviene recordar de qué hablamos cuando hablamos de nueva longevidad. No hablamos de estirar la vida a cualquier precio ni de fabricar cuerpos jóvenes de manera artificial. Hablamos de la conquista social más importante del último siglo: hoy vivimos, en promedio, treinta años más que nuestros bisabuelos.

Esos años no son un accidente ni un capricho de laboratorio; son fruto de mejoras en la salud pública, la educación, la alimentación y las condiciones de vida. La nueva longevidad propone pensar qué hacemos con ese tiempo regalado, cómo lo llenamos de sentido, cómo garantizamos que sea vivido con autonomía, salud y pertenencia.

Nada de eso se resuelve con una pastilla ni con un plan de doce semanas, mucho menos con tips. La verdadera longevidad exige políticas públicas, sistemas de cuidado, revolución de las mentalidades, combate frontal al edadismo, replanteo del trabajo, de la educación y de los vínculos. Es una tarea colectiva, lenta, poco espectacular y muy poco “instagrameable”. Precisamente por eso los mercaderes la evitan: no vende igual hablar de derechos que de milagros.

Detrás de buena parte de este fenómeno se observa una creciente tendencia al protagonismo y a la construcción de visibilidad en un campo que, por su complejidad y relevancia social, exige precisamente lo contrario: rigor, formación y trayectoria. La longevidad se ha convertido en un espacio de oportunidad mediática y comercial más que en un ámbito de contribución real al conocimiento o al bienestar de las personas. Cuando la búsqueda de atención o de posicionamiento se impone sobre la solidez del contenido, el resultado inevitable es la distorsión del mensaje y la pérdida de credibilidad del propio campo.

Hay quienes han entendido la longevidad como una oportunidad de negocio antes que como una causa. Y esa inversión de prioridades lo pervierte todo. Cuando el ego y el dinero se ponen delante del conocimiento y del cuidado, la palabra se prostituye. Se la exhibe, se la maquilla, se la ofrece al público como reclamo, pero por dentro está vacía. Es apariencia sin sustancia, envase sin producto.

Lo más grave es el daño que esto provoca. No es inocuo. Una promesa sin fundamento genera falsas expectativas, orienta mal las decisiones en salud, dilapida recursos y, sobre todo, banaliza un tema serio. La confusión que siembra retrasa las conversaciones importantes, esas que sí deberíamos estar teniendo como sociedad.

Escribo desde la responsabilidad de quien ayudó a construir un lenguaje para nombrar esta etapa de la vida, y siente el deber de defenderlo. La longevidad merece respeto. Merece rigor. Merece que quienes hablen de ella lo hagan desde el conocimiento, la humildad y el compromiso genuino con las personas mayores, no desde el oportunismo.

Es necesario recuperar el sentido original de la palabra y proteger su valor, diferenciando con nitidez a quienes contribuyen genuinamente a esta causa de quienes la convierten en una tendencia pasajera. También el público tiene un rol pendiente: desarrollar criterio, exigir credenciales, y mantener una sana distancia frente a promesas fáciles y supuestos expertos.

La nueva longevidad no es un producto. Es una de las grandes transformaciones de la humanidad y, como tal, exige altura. Prostituirla —simbólicamente, con el mal uso, con el interés disfrazado de vocación— es traicionar a millones de personas que envejecen y que merecen algo mejor que gurús y vendedores de humo.

Defender la palabra es, en el fondo, defender a esas personas. Y esa es una causa que no admite negociación.