El principal dato de este domingo es que la extrema derecha se instaló como fuerza política relevante en el país más poderoso de Europa. Mucho se debe a mérito propio y no debería ser subestimado. Como lo ratificó en las urnas, viene ganando una batalla esencial: la que decide de qué se habla, cuáles son los temas urgentes y qué respuestas deberían adoptarse. El nuevo avance de la AfD, desde luego, no le garantiza el acceso al gobierno ni en Pomerania ni en Berlín. Pero no parece hacer falta: los que están en el poder le vienen facilitando en gran medida la tarea.

Con cada elección, en Europa parece agudizarse una contradicción elemental: la de pretender que se combate al extremismo mientras al mismo tiempo se asume buena parte de su agenda. Como si sectores de la élite tradicional, abrumados por la emergencia, no advirtieran que muchas de sus políticas no hacen otra cosa que alimentar el ideario extremista.

Las causas del éxito de la extrema derecha son complejas: la eurofobia y el soberanismo nacionalista; la furia antiislámica; el rechazo a la inmigración y el resentimiento contra el establishment, montado sobre el miedo de las clases medias al descenso social, entre otras. Las primeras señales de la novedad contestaria ultra asomaron ya en los 90 cuando Jörg Haider llegó al poder en Austria con una agenda antiinmigratoria.

En 2002, lo siguieron grupos de Países Bajos con un discurso centrado en el islam. En Alemania los ultras arañaron el Parlamento regional de Sajonia en 1999 con 1,4% de los votos y entraron en 2004, con el 9,2%. Pero todo se agravó desde la crisis financiera de 2008 y su respuesta más impopular, la austeridad. Con ella, la clase política instaló un recorte brutal del sector público, que derivó a su vez en la caída de salarios, en la erosión de la calidad de vida y en una década de estancamiento.

El canciller alemán Friedrich Merz habla con los medios de comunicación en la sede del partido Unión Demócrata Cristiana en Berlín. Foto AP

A ese escenario se sumó en 2015 la fenomenal crisis migratoria con los desplazados por guerras en Oriente Medio y el desprecio al extranjero. En paralelo, como lo indicaron los análisis de esos años del Credit Suisse y otros similares, el contexto global mostraba un dato antipático para muchos: nunca hubo tanta riqueza acumulada en tan pocas manos en toda la historia.

En Alemania, sin embargo, el problema luce aún más complicado por el peso simbólico de su pasado nazi y por el declive de la industria. Desde hace unos años los alemanes enfrentan un triple golpe: el fin de la energía barata rusa por la guerra de Ucrania; la menor presencia en el mercado chino; y la falta de reformas estructurales que apuntalen su competitividad.

Las dificultades de su industria automotriz, que constituye el 26,8% del PBI, es el desolador indicio de la pesadilla. China no necesita autos alemanes porque los hace ella misma, mucho más baratos. Y Alemania va detrás en la innovación del auto eléctrico.

Hace unos días, el semanario Der Spiegel, el más importante del país, dio a su nota un título dolorosamente revelador: “Las Mercedes y las Ferraris son dinosaurios en China”. El liderazgo de Volkswagen decidió enfrentar la tormenta con el despido de 100.000 empleados de aquí al 2030. La noticia, como es evidente, sumó depresiones al malhumor general. La producción automotriz arrastra a otros sectores que dependen de ella, como el acero, los químicos y las autopartes. VW, que encarnó históricamente la prosperidad del país, es ahora el símbolo de sus pesares. “Cuando la industria del automóvil comience a decaer, todo el país la seguirá”, escribió hace unos años el influyente periodista Wolfgang Münchau en un ensayo premonitorio y de título más que elocuente: “Kaputt. El fin del milagro económico alemán”.

La pandemia había mostrado una estrategia eficaz de abordar una crisis repartiendo costos con equidad. Pero hace unos días, la prensa alemana anunciaba que la alianza liderada por el conservador Friedrich Merz insistirá con sus reformas más impopulares en sanidad, pensiones y viviendas, aun en este escenario deteriorado por la insatisfacción. Y esa intransigencia se mantendrá a pesar de la catástrofe electoral de ayer.

El 8 de setiembre, horas después de la debacle de la alianza oficialista en Sajonia-Anhalt, cuando la extrema derecha arañó el gobierno por primera vez desde el nazismo, el diario conservador Die Welt se mostraba alarmado ante las recetas políticas que acaban siendo un alimento premium para la agenda ultra: nafta sobre un incendio en expansión.

En un comentario de portada titulado “El suicidio de las élites políticas”, su ex editor en jefe, Ulf Poschardt, afirmaba que “es evidente que el aparato perceptivo de estas élites ya no funciona. Hace tiempo que se han desvinculado de la esfera política y social, y se han convertido en un sistema autorreferencial de arrogancia moral e incompetencia gerencial (...) Los últimos diez años han sido un lento suicidio político del centro democrático. Las voces de advertencia y los críticos fueron ridiculizados, al igual que las voces dentro de sus propias filas fueron arrojadas a los lobos de los medios de comunicación dominantes (...) Las viejas élites no escucharon cuando el pueblo dejó claro repetidamente que las cosas no podían continuar como estaban”. También esto explica el voto de este domingo.