¿Qué puede hacer esta nota para capturar tu atención, lector? Porque resulta que si ahora no te enganchás en los primeros segundos, rápidamente vas a abandonar el artículo y seguirás con el scroll hacia otro lado. Y hacia otro. Y hacia otro.

Vivimos en la economía de la atención, un sistema en el que plataformas, medios, marcas, políticos y usuarios compiten por un recurso cada vez más escaso: el tiempo mental del otro. Nada parece más valioso hoy que lograr que alguien se detenga, aunque sea por unos segundos.

Durante años se habló de cómo esta lógica transformó a la industria cultural, la de entretenimiento y al periodismo. Pero el problema ya excede a esos sectores. Nos está afectando a todos: en las conversaciones cara a cara, en el tiempo compartido, en la lectura sin interrupciones, en la simple posibilidad de aburrirnos sin sentir ansiedad.

El celular, omnipresente en la vida de la gente hoy. Foto Guillermo Rodriguez Adami

El problema empieza a ser leído incluso como de salud pública. Algunos especialistas ya hablan de una epidemia de trastornos vinculados al uso excesivo de pantallas: dificultades de aprendizaje, ansiedad, aislamiento, problemas de sueño y una creciente sensación de soledad, especialmente entre adolescentes.

Y no se trata solo de una cuestión individual ni de un problema de autocontrol. Las plataformas están diseñadas precisamente para maximizar nuestra permanencia, prolongar el consumo, reducir al mínimo la posibilidad de salir. No buscan nuestro bienestar; buscan nuestra atención, porque allí está su negocio.


La reacción

Por eso empieza a consolidarse en distintos países un movimiento que intenta ponerles límites y exigir mayor responsabilidad. Después de iniciativas en Australia y España, ahora Francia busca avanzar en esa dirección.

La semana pasada, el presidente de ese país Emmanuel Macron reunió a otros jefes de Estado europeos para debatir cómo regular -e incluso restringir- el acceso de los adolescentes a las redes sociales. La discusión giró en torno a la implementación de una edad mínima de acceso y a mecanismos que obliguen a las plataformas a verificar de verdad la edad de sus usuarios.

✅ Thanks for joining the movement. pic.twitter.com/vVHUruHsc8

— Emmanuel Macron (@EmmanuelMacron) April 16, 2026

Pero quizás lo más llamativo ocurrió antes. Macron visitó una escuela secundaria y les propuso a los estudiantes impulsar un “día sin conexión” por mes: una jornada para redescubrir la lectura, el deporte y “la vitalidad de la vida real”.

Face à l'inattention et à la solitude, il y a la lecture et les mots. Chérissons-les. pic.twitter.com/by0mG5uBck

— Emmanuel Macron (@EmmanuelMacron) April 16, 2026

Claro que es difícil imaginar un día sin conexión en una sociedad organizada alrededor de la conexión permanente. Trabajamos conectados, estudiamos conectados, compramos conectados, descansamos conectados. La desconexión parece, muchas veces, un privilegio.

Parece una iniciativa interesante, pero lo que hace falta, en rigor, es una política más enérgica: reglas claras para proteger a los menores, límites reales a los mecanismos más adictivos, más responsabilidad legal para las plataformas y una regulación que deje de tratar esto como una cuestión de hábitos personales.

Recuperar el derecho a decidir dónde ponemos la atención quizás sea, en definitiva, uno de los debates más trascendentes de estos tiempos.