Nunca fue fácil ponerse de acuerdo, y menos aún cuando hablamos de política. Y esto es verdad tanto para los partidarios de la izquierda como los de derecha y el centro (si es que existe tal condición). En la Asamblea Nacional francesa de 1789 estaban los que apoyaban al rey (a la derecha) y aquellos que proponían reformas profundas del sistema. Los seguidores de esta izquierda extremaron sus posiciones al ritmo de las diferencias sociales surgidas durante la Revolución Industrial.

El proletariado necesitaba organizarse y, a tal fin, los representantes de los obreros europeos se reunieron el 28 de septiembre de 1864 en Londres. Entre los organizadores se destacaba el líder sindical británico George Odger (1813-1877) y el mutualista francés Henri Tolain (1828-1897). Karl Marx (1818-1883), por entonces un poco conocido periodista y escritor alemán que vivía humildemente con su familia en Londres, no fue convocado para esta reunión de la Asociación Internacional de Trabajadores, también conocida como la Primera Internacional. Sin embargo, llegó a convertirse en líder de su Consejo General.

En el seno de esta asociación se levantaron distintas voces antagónicas. Por un lado estaban los seguidores de Mijaíl Bakunin (1814-1876), promotor del anarquismo que se oponía a las propuestas del socialismo centralizado de Marx y Engels.

Este enfrentamiento fue causa de la división de la Internacional en el Congreso de La Haya de 1872. Los anarquistas se agruparon en distintas federaciones, mientras que los marxistas fueron mayoría en la Conferencia de Filadelfia de 1876. Seis años más tarde, el congreso anarquista se disolvió, pero muchos de sus miembros continuaron su camino violento.

Dentro de la Internacional también existían corrientes como la de Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), quien, a pesar de ser el primero en autodefinirse como anarquista y de su conocida afirmación «La propiedad es un robo», proponía la formación de cooperativas y una revolución social pacífica, a diferencia de su connacional Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), un radical revolucionario que propugnaba el uso de la fuerza. Entre sus seguidores se contaba un joven mulato estudiante de Medicina de origen cubano, Paul Lafargue (1842-1911). Mientras estudiaba en Londres, fue elegido miembro del Consejo General de la Internacional, conoció a Marx y pronto dejó de lado las ideas anarquistas de Blanqui.

Frecuentó el hogar del autor de El capital, donde conoció a Laura Marx, con quien se casó el 2 de abril de 1868. A pesar de su afinidad política, Karl no estaba muy contento con su yerno. En cartas a su amigo Engels, se refería a Lafargue en tono despectivo por su color de piel (aunque Paul se ufanaba de tener en sus venas «la sangre de tres razas oprimidas») y dudaba de su capacidad intelectual. Tampoco estaba de acuerdo con la forma en que difundía su pensamiento. En otra carta a Engels, Marx afirmó: «Si ellos son marxistas, yo no soy marxista». Tampoco le cayó en gracia su libro El derecho a la pereza, donde sostenía que el hedonismo era el fin de la revolución.

En España, Lafargue difundió las ideas de su suegro entre seguidores como Pablo Iglesias Posse, fundador del PSOE. Lafargue participó en la formación del Partido Obrero Francés, se opuso a las ideas socialdemócratas de Jean Jaurès y mantuvo una estrecha relación con Lenin, quien lo consideraba el mayor difusor de las ideas de Marx.

En 1911, Paul y Laura pusieron fin a sus vidas «ante una vejez despiadada que nos ha quitado los placeres y alegrías». Su gesta se resume en una frase basada en la conocida consigna marxista: «Perezosos del mundo, ¡uníos!».