Hay una Mirtha Legrand de 20 años que está encerrada en nitrato de celulosa y pide a gritos que alguien la rescate y la conserve como patrimonio nacional. Es una "Chiquita" de una belleza excelsa que protagoniza una de las mayores joyas de la comedia clásica argentina, El retrato, de Carlos Schlieper.

La historia, una de las 37 que Mirtha filmó y merecen mismo destino, anda suelta por la web, en una calidad paupérrima, como si fuera un desecho analógico. Parece injusto tener que verla como desde un parabrisas sucio y astillado, justamente en la era de la inteligencia artificial y las mega posibilidades tecnológicas.

Este documento nacional que algunos expertos consideran lo mejor de la filmografía "legranesca", consagra a Mirtha en la comedia sofisticada con toques fantásticos. Un filme que sobrevuela lo onírico, el psicoanálisis, las cuestiones de género, los prejuicios de la época y es la prueba de esa industria prolífica que nada tenía que envidiar los mejores estándares de Hollywood.

Mirtha con Osvaldo Miranda y Juan Carlos Thorry.

“Decorados” por cicatrices ópticas, rayas verticales, crujidos y saltos de fotogramas, Mirtha y su marido en la ficción, Juan Carlos Thorry, juegan con la idea de un matrimonio al que le falta pasión. Eso impulsa a la mujer a una vida de libertad no bien vista socialmente para la época.

Aquí Mirtha tiene un “clon” y no es su hermana. Se destaca por un doble papel -el de la señora de familia y el de su abuela-. Antes del derecho al voto femenino en Argentina, denuncia con sus escenas la represión conyugal, el sometimiento y la doble moral con la que se juzga a un marido “gigoló” y a una mujer que quiere salir de los límites de la cocina.

Al borde del divorcio, después de que su marido decide dormir solo, vemos a una cándida Mirtha recostada en un diván, contándole sus penurias matrimoniales a un psiconalista. Se asombra con la noción de interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Será su abuela muerta, la diosa del retrato familiar, quien bajará un rato al mundo de los vivos para hacerse pasar por ella, reconquistar el amor y disfrutar los placeres mundanos sin culpa.

La belleza de Mirtha tiene algo que lastima la mirada. Su perfección parece exceder lo que los ojos pueden soportar. Pero más allá de lo estético, o del lujo de esas mansiones y ese vestuario, sobresale una Mirtha empoderada, que fuma, que descubre el don de la sensualidad, toma champagne, maneja un Ford De Luxe y juega golf.

Reivindicar esta obra va mucho más allá de la nostalgia. Implica la justicia artística de develar una Mirtha que miles de compatriotas no dimensionan, influenciados solo por lo que pudieron ver, los almuerzos televisados. La eterna desidia no puede seguir dejando que esa producción se diluya entre digitalizaciones fantasma. El retrato merece un acto de "sanación", una restauración. Y la enorme Mirtha de celuloide, también.