Recientemente, la vida me ha premiado con un amigo centennial. Para quienes desconozcan el término, un poco pasado de moda, equivale a “Generación Z”, es decir, los nacidos más o menos a partir del 2000. La zeta, probablemente, significa que son la última del siglo, aunque bien podría ser porque pasan buena parte de su tiempo haciendo Zapping, esto es, saltando cual rana entre un video y el siguiente en redes sociales. Qué sé yo.
Pero al contrario de lo que mis comentarios de vetusto milennial sugieren, los veintitantos años de mi amigo no son un estorbo para nuestra amistad —es decir, que no lo son mis cuarenta y tres—, quizá porque nos une la pasión por las letras y la cultura, o también porque compartimos una mirada un poco escéptica y solitaria de la vida: Borges diría que nos une, más que el amor, el espanto. Para mí, en todo caso, es como tener un hermano menor.
Mi amigo centennial es un tipo inteligente. Tiene ese toque de extravío que caracteriza a su generación y que le brinda un aire auténtico, despistado, como de viajero mirando el horario en una estación de trenes equivocada. Mis referencias —generales, troncales, para mí básicamente universales— le resultan divertidas y exóticas, nombres que le ha escuchado decir, alguna vez, a sus padres, cosa que tiene el tino lamentable de decirme. Es probable que yo le resulte una especie de tío joven pero demodé.
Su presencia, en todo caso, no deja de ser nutritiva. Quien tiene un amigo centennial cuenta también con un traductor, sobre todo para la jerga juvenil de internet, esa suerte de perenne papiamento (lengua) en construcción, del cual él —no se lo digan—comienza también a quedarse rezagado. Lo mismo ocurre respecto al mundo timorato y extraño de las relaciones sociales en la era del panóptico y la cancelación: esta época en que todo pasa, necesariamente, por el filtro distorsionante de la mirada de los demás, o sea, de las redes sociales.
Gracias a él descubrí, por ejemplo, las marcas digitales de mi propia generación: la famosa “pausa milennial” —ese instante de silencio que hacemos frente a la cámara, al no saber si ya estará grabando el celular—, y cierta ironía o desenfado en el decir que la Generación Z recibe con ternura, puede que incluso con lástima, pues si algo tienen claro los jóvenes es que han venido a un mundo en que tienen poco o nada que perder.
A modo de retribución, yo de vez en cuando hago las veces de su Virgilio analógico: le ofrezco la hibridez, la paradójica flexibilidad de quienes nacimos en un mundo previo a las redes. Un mundo, en algunos aspectos, bastante más simple. Así, cuando el barullo de las redes lo agobia, lo aturde o lo distrae de las cosas importantes, o cuando el frenético “compartir” de internet lo convence de no ser nadie, de no estar haciendo nada, yo lo bajo la tierra: lo invito a caminar y miramos los árboles. O tomamos algo y nos burlamos de todo. Es decir, hago por él lo que cualquier amigo haría: cualquier amigo real, quiero decir, no de esos que dice Facebook que tenemos.
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