Hay personas capaces de discutir durante varios minutos si vale la pena pagar 12 dólares por un almuerzo, pero que reservan un vuelo de 300 dólares casi sin pensarlo. Desde afuera, la diferencia parece contradictoria.

La misma persona puede quejarse por el precio de un café, buscar durante media hora una promoción para una compra cotidiana y, unas horas después, pagar una suma mucho mayor por una experiencia que considera especial.

La explicación no está en cuánto dinero tiene disponible. Tampoco significa que haya olvidado hacer cuentas. En muchos casos, la diferencia está en la manera en que el cerebro organiza mentalmente los gastos.

La psicología económica tiene un concepto para describir este mecanismo: la contabilidad mental. Según esta idea, el dinero no siempre se percibe como una única cantidad disponible, sino que puede dividirse en distintas categorías.

Cuando cada gasto tiene sus propias reglas

El concepto de contabilidad mental fue desarrollado por el economista Richard Thaler, quien estudió cómo las personas clasifican, evalúan y controlan sus decisiones financieras.

Los gastos, según la psicología. Foto: Pexels.

Su investigación mostró que los gastos pueden asignarse a cuentas diferentes -como comida, vivienda, entretenimiento o viajes- y que cada una puede tener sus propios límites y reglas.

Cómo funciona la contabilidad mental:

  • El dinero se divide en categorías: una persona puede tener en mente un presupuesto para vacaciones y otro mucho más estricto para los gastos cotidianos. Aunque ambos salgan de la misma cuenta bancaria, psicológicamente no siempre se sienten iguales.

  • Cada categoría tiene un precio “normal”: después de años de comprar determinados productos, las personas construyen referencias sobre cuánto deberían costar. Un almuerzo de 12 dólares puede parecer excesivo si se compara con ese precio de referencia, mientras que un vuelo de 300 dólares puede parecer razonable dentro del presupuesto de un viaje.

  • El contexto modifica lo que parece caro: el mismo importe puede provocar reacciones diferentes dependiendo de aquello que se está comprando. Pagar 15 dólares por comida cotidiana puede generar rechazo, mientras que gastar esa suma adicional durante unas vacaciones puede pasar inadvertido.

  • Los gastos grandes pueden sentirse como decisiones cerradas: cuando alguien ya decidió viajar, el vuelo puede quedar registrado como “dinero para el viaje”. Una vez aceptado ese gasto, otros desembolsos pueden evaluarse dentro de esa misma categoría y no compararse con los gastos diarios.

  • Los gastos pequeños invitan a comparar: una compra cotidiana suele dejar abierta la posibilidad de elegir otra alternativa. La persona puede pensar si lleva comida de casa, compra algo más barato o espera hasta llegar a otro lugar. Esa comparación puede hacer que un importe pequeño genere más dudas.

  • Las cuentas pueden ocultar el panorama completo: la contabilidad mental puede ayudar a controlar determinadas áreas del presupuesto, pero también puede hacer que gastos de categorías diferentes nunca se comparen entre sí. Alguien puede ser muy cuidadoso con la comida y tener mucha menos disciplina con viajes, entretenimiento o suscripciones.

El dilema de cómo repartir el dinero. Foto: Freepik.

En ese sentido, la aparente contradicción tiene una explicación. La persona no siempre está comparando 12 dólares con 300 dólares. Está comparando cada gasto con la cuenta mental a la que pertenece.

Por eso, una suma pequeña puede generar más resistencia que otra mucho mayor. No siempre importa solo cuánto dinero se está gastando, sino qué significa ese gasto dentro de la categoría en la que la mente decidió colocarlo.