Si alguien nos preguntara si las relaciones entre Argentina y Chile lograrán superar los recelos actuales, responderíamos que lo esperamos, pero sin creer de forma atropellada en lo que esperamos. Las relaciones maduras y cooperativas no son frutos espontáneos: requieren nutrientes pragmáticos y fertilizantes funcionales —acuerdos que se cumplan, mecanismos que se usen, intereses que se gestionen con realismo—. El compositor Gustavo Cerati, quien mantenía una relación especial con Chile porque sus hijos habían nacido allí, dijo en el recital solidario "Argentina abraza a Chile" (2010) que los argentinos teníamos "nuestros terremotos, aunque de otro tipo". Ambos países son tierras de aprendizaje; la comprensión y la unión vienen después y se cultivan.

Las relaciones entre Chile y la Argentina se sostienen sobre un tejido bilateral heterogéneo y denso. En materia de defensa, el Comité Permanente de Seguridad (COMPERSEG), creado en 1995, reúne a viceministros de Defensa y de Relaciones Exteriores y articula la confianza mutua mediante reuniones periódicas y medidas concretas. En minería, el Tratado de Integración y Complementación Minera (1997) habilita protocolos específicos de operación para yacimientos que cruzan la cordillera, permitiendo la gestión conjunta de proyectos fronterizos. En pesca, la cooperación se concentra en reuniones técnicas contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada, así como en la observación científica, todo ello en el marco de la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA, 1982).

Por encima de estos ámbitos sectoriales, el Tratado de Paz y Amistad de 1984 obliga a resolver las controversias por medios pacíficos y prohíbe la amenaza o el uso de la fuerza. Haber creado y sostenido estos mecanismos exigió cuadros profesionales de política exterior y una lectura geopolítica compartida, capaz de distinguir lo inmediato de lo que debía preservarse, privilegiando las próximas generaciones por encima de las siguientes elecciones (en la línea de Churchill). Esa exigencia sigue vigente.

Las equivocaciones deben subsanarse, porque el hecho de que sean torpes no las priva de consecuencias. La fórmula contenida en la Directiva de Política de Defensa Nacional argentina (Decreto 457/2021), que habla de "exploración, estudio y control conjunto" sobre el Estrecho de Magallanes y el Mar de Hoces, debería resolverse de inmediato. Un hecho que podría contaminar la relación bilateral no produce su efecto pernicioso si no se materializa. Si el viaje del Danstar —carguero de bandera chilena de Easter Island Naviera— entre Punta Arenas y las Malvinas quedara en aguas de borrajas, el enojo sería insustancial. Ya ocurrió cuando Argentina desmontó los paneles solares que habían quedado unos tres metros dentro de territorio chileno en el límite norte de Tierra del Fuego (2024), y también cuando el patrullero británico HMS Forth, con base en las Malvinas, no recaló ni utilizó astilleros chilenos (2022). El arte necesario de limitar los bordes tiene, todavía, alimentos futuros.

Hay un prêt-à-porter que se elige por su brillo, y cuyos cortes y sastres convendría mirar con atención: es la llamada anti-política, que se presenta como ruptura con la política a secas. Los datos confirman que las plataformas midieron que la polarización retenía atención y ajustaron sus algoritmos para amplificarla. A ese régimen se lo llamó economía de la atención, y la polarización se volvió glamurosa. Tales sistemas no se diseñaron para informar, sino para maximizar la participación: tiempo de permanencia, clics, comentarios y compartidos. En ese reparto, el mensaje simple y emocionalmente intenso viaja más rápido que el argumento. Lo que mejor capta la atención pública es precisamente lo que peor refleja la complejidad del mundo. Hay una retórica que tiende a convencer de que el enemigo es el extranjero, el Estado, el empleado público, el excluido o los impuestos. Es un mal escenario para las relaciones bilaterales, máxime cuando inciden en la opinión pública ministros de distintos ramos, voceros, actores no gubernamentales, embajadores extranjeros y comentaristas variados. Hay participación de muchos, cuando la diplomacia es de exageradamente pocos, o cuando falta.

Si nos preguntaran, en materia de política exterior, de qué desconfiamos, contestaríamos que de los logros importantes obtenidos sin esfuerzo. Cuando no hay tenacidad para llegar a una meta, luego falta habilidad para permanecer en el camino. Las cosmovisiones reducidas a una foto carné tienen la duración del flash. La relación entre Argentina y Chile es demasiado importante como para confiar excluyentemente en las afinidades ideológicas, sobre todo si se recuerda quiénes gobernaban en 1978, cuando estuvimos a pasos de la conflagración bélica. Mensajes simples que reducen problemas complejos, la apelación vocinglera a emociones fuertes, la deslegitimación de la moderación y la presentación de los hechos como una lucha existencial entre la salvación y el desastre es precisamente todo lo que no nos hace falta, ni a argentinos ni a chilenos. Cada uno tiene sus terremotos, como para andar propinándonoslos los unos a los otros.

Los autores de esta columna son ex ministros de Relaciones Exteriores.