“Una serpiente deambula por las calles de Santiago. Como un río invisible, marca una trayectoria de carne y pulso, veneno de acierto y azar. Un flujo carnívoro que abandona la palabra, corre por la vía del silencio y se vale del gesto”, escribe Alfredo Andonie (Santiago de Chile, 1989) en Serpiente, una novela de fuerte densidad lírica y política que reconstruye el Santiago de Chile de entre 1969 y 1973 a través de la memoria, la disidencia sexual y la convulsión social.

Alfredo Andonie, escritor chileno. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

Formado en Economía y Filosofía en la Universidad de Columbia y graduado del MFA en Escritura Creativa, Andonie debuta en la narrativa con Serpiente (Alfaguara), novela seleccionada en el prestigioso programa internacional Mapa de las Lenguas.

En un barcito de San Telmo, al aire libre, Alfredo arma cigarrillos, fuma y bebe café. Disfruta de su estadía en Buenos Aires, una ciudad que lo fascina y que, viaje tras viaje, va descubriendo gracias a los amigos que le muestran lo que existe fuera de los circuitos turísticos.

–Tenés una sólida formación en ciencias y humanidades. ¿Cómo fue soltar esas estructuras para encontrar el lenguaje de Serpiente?

–Fue un proceso de revelación progresiva. A medida que avanzaba en la escritura, comprendí que, como autor, debía ir borrándome. Aprendí que la verdadera labor del narrador consiste en ausentarse, en retirarse del escenario para permitir la entrada de un lector activo. Cuando la presencia autoral es demasiado absorbente o busca controlarlo todo, se obtura la capacidad interpretativa del lector. Tenía un esquema inicial muy rígido que me bloqueaba; solo cuando solté el control y dejé que los personajes asumieran su propia autonomía, la novela comenzó a danzar de manera orgánica.

CUL / Alfredo Andonie

–Tu novela está llena de palabras, pero al mismo tiempo hablás mucho del silencio. ¿Cómo conviven esas dos cosas?

–La escritura no se compone únicamente de las palabras impresas sobre la página, sino de los silencios que se van codificando entre ellas. Aunque Serpiente se perciba atiborrada de palabras, esa sobrepoblación verbal funciona de forma paradójica: la masa de sonidos, adjetivos y ritmos encubre. El barroco –como lo practicaron Lezama Lima o Severo Sarduy en Cuba para burlar la censura– permite rodear lo prohibido y lo indecible. Ese exceso de lenguaje crea una pantalla donde el lector debe intervenir para descifrar los vacíos que el texto rehúsa nombrar directamente.

–Para reconstruir el Santiago de fines de los 60 y comienzos de los 70 decidiste no apoyarte solamente en los libros de historia. ¿Cómo armaste ese archivo?

–Los tratados de historia académica o política registran la “Gran Historia” con mayúsculas, pero son incapaces de registrar la intimidad, la gestualidad, el deseo o la cotidianidad de la calle. Para levantar ese mundo recurrí a fuentes totalmente alternativas: me dediqué a examinar publicaciones de la época como las revistas Paula, observando la ropa, la publicidad y las marcas consumidas; y pasé meses en grupos de Facebook donde mujeres mayores comentaban fotografías antiguas de la capital. En esos comentarios leía detalles invaluables: quién atendía en tal boliche o cómo se vivía en los cines del centro. Esos fragmentos de vida fueron los que me permitieron poblar la novela de una pátina afectiva y corporal real.

–En esa investigación encontraste historias de la disidencia sexual que habían quedado fuera de la memoria oficial. ¿Qué descubriste?

–Absolutamente. Durante mucho tiempo sentí un profundo vacío histórico. La brutalidad de la dictadura de Pinochet fue un quiebre tan traumático que eclipsó y volvió invisible todo lo que ocurrió antes. Al investigar, descubrí con asombro que en el Chile de la Unidad Popular se realizó la primera marcha de disidencia sexual de toda Latinoamérica –el 22 de abril de 1973, en la Plaza de Armas– y que en el Hospital San Borja el doctor Antonio Quijada practicó a Marcia Torres la primera cirugía de reasignación de sexo del continente. Entrevistar a sobrevivientes como Katty Fontaine me permitió entender qué tipo de país y de tejido social fuimos para que esos hechos germinaran antes del horror.

Alfredo Andonie, escritor chileno. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–En la novela, Santiago no es solo el escenario: es casi un personaje. ¿Cómo era esa ciudad y qué pasaba en esos espacios donde se cruzaban mundos tan distintos?

–Santiago era entonces una metrópoli de contrastes fascinantes. En lugares como el restaurante Il Bosco, que permanecía abierto las veinticuatro horas, o en el paseo peatonal de la calle Huérfanos, convergían en una misma mesa matarifes, prostitutas, periodistas, parlamentarios, artistas de la bohemia y delincuentes de la calle. El deseo funcionaba como un gran nivelador e integrador social: un territorio donde las jerarquías de clase y los privilegios burgueses se desmoronaban en la penumbra.

–En la casa de la Tía Carlina, el secreto también es poder. ¿Quiénes tenían algo que esconder?

–La Tía Carlina lo sintetiza en una frase: su verdadero capital no es el dinero, sino el manejo absoluto de los secretos de la élite. El secreto, en una sociedad pacata y represiva, se vuelve una herramienta de poder y de subversión. En la penumbra de sus salones se cruzaban los hombres más influyentes de la derecha conservadora con el bajo mundo travesti. El deseo es una serpiente subterránea que equipara a todos los cuerpos y los coloca en el mismo plano de vulnerabilidad.

–Baltazar es un joven prostituto, pero la novela evita mirarlo desde el lugar de la víctima. ¿Por qué te interesaba contar su historia de esa manera?

–No me sentía en posición de retratar víctimas pasivas ni de impartir lecciones de moral. Para Baltazar, el cobro por su cuerpo no es motivo de conmiseración, sino su territorio de soberanía e independencia: es el mecanismo mediante el cual comanda su propio tiempo y no le rinde cuentas a nadie. Baltazar traza un sendero con la mirada a través de la ciudad; es la fuerza erótica y sensorial que conecta mundos antagónicos sin dejarse pisotear por ninguno.

–Carlos, uno de los personajes, está ligado a la extrema derecha y Pedro al MIR. ¿Qué te interesaba mostrar al poner el deseo y la homofobia en esos dos mundos políticos tan distintos?

–Me interesaba mostrar las contradicciones humanas sin caer en maniqueísmos ideológicos. La homofobia, en los años setenta, era un rasgo transversal a toda la sociedad chilena. Mientras Carlos canaliza sus vacíos afectivos hacia el fanatismo del Movimiento Gremial y Patria y Libertad, Pedro sufre la expulsión de las Fuerzas Armadas y luego es encarcelado y castigado en Cuba por el régimen castrista debido a su orientación sexual. La izquierda revolucionaria de la época también fue sumamente dura, pacata e incómoda con la disidencia sexual. Despojar a los personajes de la santidad ideológica para exponer sus zonas oscuras es la única manera respetuosa de humanizarlos.

Alfredo Andonie, escritor chileno. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–El título Serpiente admite muchas lecturas. ¿Cuándo apareció y qué significa para vos?

–Surgió de forma casi intempestiva, mientras me duchaba. La serpiente es una figura resbaladiza que jamás permanece estática: es el deseo que repta entre las calles, es la fisonomía cambiante de la ciudad, es el estilo serpenteante del lenguaje, son los silencios e incluso es la memoria misma, que nada a contracorriente desafiando el paso del tiempo. El tono del narrador apela al “chisme” o “cahuín” chileno, un registro que rehúsa la certeza dogmática para abrazar lo inacabado.

–¿Qué te han devuelto los lectores en Chile? ¿Hubo lecturas que te sorprendieran?

–Ha tenido muy buena recepción, ha sido para mí súper... Creo que el libro le pertenece hoy mucho más a los lectores que a mí. Y yo aprendo muchísimo de cada lectura que hacen del libro. Eso también constata que cumplí uno de los objetivos que tenía: que el lector pudiera armar su propia lectura. Cada una de las lecturas que he recibido es distinta. Y por eso nunca podría decir que una lectura ha sido poco aceptada, por ejemplo.

–En tu escritura aparecen Lemebel, Arenas, Sarduy, Perlongher. ¿Reconocés esas influencias?

–Escribí con un inmenso agradecimiento hacia los autores que me abrieron camino. La crítica mencionó a Pedro Lemebel, Reinaldo Arenas, Severo Sarduy y Néstor Perlongher; para mí fueron lecturas vitales. Redescubrir, a mitad del proceso, al chileno Mauricio Wacquez fue un deslumbramiento absoluto que me demostró que no estaba solo en esta búsqueda neobarroca. También están ahí la soltura de Henry Miller, la crueldad mestiza de Alfredo Gómez Morel y la libertad de Manuel Puig.

–Después de escribir una novela en la que tuviste que aprender a perder el control, ¿qué estás buscando ahora?

–Actualmente, estoy cerrando un libro de poemas y ultimando una obra de teatro.

Alfredo Andonie, escritor chileno. Foto: Guillermo Rodríguez Adami.

–¿Qué tipo de poemas?

–Hasta ahora son distintos títulos. Estoy recreando unas bestias con cada poema, y son bestias que representan distintas emociones. Hay un diablo que llora pájaros... En la dramaturgia he partido a la inversa: empecé construyendo los diálogos entre las voces de los personajes y ahora estoy estructurando la trama que los sostendrá. Y apenas termine, voy a empezar una nueva novela. Ya tengo hartas ideas, tengo una escena escrita. La escritura seguirá siendo para mí un espacio para perder el control, mantener el entusiasmo y dejarme sorprender.


Alfredo Andonie básico

  • Nació en Santiago de Chile en 1989.

  • Estudió economía y filosofía en la Universidad de Columbia y una maestría en escritura creativa.

  • Serpiente es su primera novela.


Serpiente, de Alfredo Andonie (Alfaguara).