A lo largo de su vida, Joan Teixidó (81 años) ha pasado por varios hogares: el primero en Lleida, donde nació; después uno en Badalona, donde se mudó junto a su familia a los veinte; y más tarde, varias viviendas particulares, siempre compartidas con otras personas.

En la última, no le renovaron el alquiler. En ese momento, Teixidó tenía setenta y cuatro años, una pensión y “mucha suerte” -asegura- porque, antes de tener que sumergirse en la búsqueda de un nuevo alquiler, le ofrecieron poder vivir en un edificio social.

Se trata de un bloque de pisos situado en el paseo marítimo de Badalona donde conviven dieciséis personas mayores de sesenta años. Además de ese umbral de edad, comparten otro requisito para poder vivir allí: la falta de recursos económicos para acceder a una vivienda.

“Nunca imaginé que acabaría viviendo así, pero estoy contento con mi vida y eso para mí es muy importante. Aquí tenemos nuestra independencia y, al mismo tiempo, estamos acompañados”, explica Teixidó a La Vanguardia.

Compartir piso después de los sesenta años

Para el badalonés, que no tiene pareja ni hijos, compartir piso con otras personas es algo que ha buscado y normalizado en su vida. Sin embargo, reflexiona sobre que esta forma de vivir es, en muchas ocasiones, la única alternativa y la realidad de muchos jóvenes y familias e incluso de personas mayores que no pueden pagar una vivienda.

“Tiene que haber un cambio porque, si no, lo vamos a pasar muy mal. Y es difícil que ese cambio llegue rápido”, lamenta.

Joan Teixidó en la cocina, uno de los espacios compartidos. Foto: Cedida/La Vanguardia

Los últimos datos del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) refuerzan esta idea: el 85,6% de las personas encuestadas que viven en la habitación de un piso de alquiler y que no tienen planeado trasladarse a una vivienda independiente en los próximos 12 meses indican que es “porque el precio de compra es demasiado alto para sus ingresos”.

Teixidó asegura que sí puede permitirse con su pensión, tras años dedicándose a la hostelería, pagar el alquiler de su pequeña habitación, hacerse cargo de sus gastos e incluso ahorrar, pero habla desde el privilegio de tener como hogar Llars Horitzó, por el que destina menos del 30 % de su paga.

Una nueva oportunidad en una vivienda social

El jubilado explica que muchos de sus compañeros, antes de entrar, residían en habitaciones de pisos compartidos, como él; que otros habían sufrido desahucios y que hay quienes, incluso, vivían en la calle.

Ahora, comparten las zonas comunes, como la cocina, donde cada uno se prepara sus recetas. Y el salón, donde tienen momentos en compañía.

“Yo tengo televisión en mi habitación, por ejemplo, pero, si quiero ver un partido de fútbol, voy al comedor y a lo mejor nos juntamos tres o cuatro”, explica. También juegan al dominó o, simplemente, charlan.

Y detalla: “Lo bueno es que puedes estar en tu habitación cuando quieres tranquilidad, pero sabes que tienes a gente cerca. Compartir vivienda también te da vida a nuestra edad”.

En su planta, hay otros cinco compañeros, el más joven de sesenta y ocho años y el más mayor, ochenta y cuatro. La edad, es uno de los motivos por los que Teixidó ve esta forma de vivir como una solución a la soledad llegada la vejez. “Si estás en un piso tú solo, aunque puedas pagártelo, a esta edad puede ser complicado”.

Todos ellos tienen autonomía física y mental, no necesitan ayuda externa y no se ven a corto plazo en una residencia de mayores. “No me veo en una residencia. Aquí tengo mi habitación, mi independencia y siempre hay alguien con quien hablar”, aclara Teixidó.

Joan Teixidó asegura "que se siente libre" viviendo de esta manera. Foto: Cedida/La Vanguardia

Mientras que en una residencia, dice, “uno empeora en todos los sentidos”. De esta manera, se siente libre: se levanta, se ducha y se arregla. Luego decide si ir a caminar, encontrarse con amistades o relajarse en las zonas comunes.

Teixidó se refiere a ellos como si fueran una familia, más que conocidos, porque se ayudan unos a otros y se hacen compañía. Aunque confiesa que, como en todas las casas, “siempre puedes tener alguna discusión, pero se olvida”.

Alquilar una habitación en un piso compartido es, para el jubilado, una oportunidad: la de poder vivir una vejez digna y en compañía. “Tengo un techo bajo el que vivir y estoy satisfecho con lo que tengo”, concluye.

Anna Rodríguez Hurtado, La Vanguardia

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