Hace poco cumplí doce años en Argentina. Se dice fácil, pero es una eternidad: casi un tercio de mi tiempo vivido ha transcurrido aquí, lejos del lugar donde crecí, estudié y publiqué mis primeros textos literarios. Lejos de mi madre y mi padre, que envejecen sin que los pueda ver, y de mis amigos de antaño, hoy desperdigados por el mundo.
A lo largo de ese tiempo he visitado Venezuela en solo dos oportunidades: la primera, mientras cursaba la maestría que me trajo en principio hacia el sur, para pasar las fiestas con los míos en un país que aún se asemejaba al de mi recuerdo. La segunda, en cambio, fue casi seis años después, cuando ya Caracas se había convertido en la capital de otro país extranjero. Sus calles habían cambiado. Yo también. El mundo entero había cambiado, aunque siguiera siendo el mismo.
Doce años es lo que tarda Júpiter en darle una vuelta al sol. Es lo que dura cada ciclo del horóscopo chino y es lo que toma, más o menos, en iniciar la pubertad en los seres humanos. Cuando se ha pasado ese mismo tiempo en otro país, los locales comienzan a decirle a uno que “ya es de acá” o que “ya sabe cómo son las cosas”, aunque muchos en el fondo piensen lo contrario, e incluso se animan a preguntar, con un atisbo de incredulidad, si uno todavía planifica volver o si está decidido a quedarse. Como si uno realmente lo supiera. No somos pocos los migrantes a los que el tiempo se nos pasa así, esperando que el destino nos devuelva nuestra patria, hasta que, como Rip van Winkle, un día despertamos en el futuro.
La idea de volver, además, conforme el tiempo pasa, suele hacerse más y más cuesta arriba. El lento y a veces imperceptible proceso de adaptación lo va empujando a uno hacia lo lejos, como al náufrago en su balsa, y hasta los más arduos defensores de lo propio acaban mezclándose con lo otro, hallándole el gusto a lo distinto, echando sus primeras e incipientes raicillas. Y está bien que así sea: no hay nada más restrictivo y empobrecedor para el migrante que una fidelidad desmedida con lo propio. La cultura, a fin de cuentas, no es más que un rejunte de supervivencias, de prácticas y hábitos y relatos provenientes de lugares disímiles, que la magia del tiempo cristaliza en algo más o menos uniforme.
Hay, desde luego, quienes piensan lo contrario. Quienes creen ingenuamente que una cultura es un monolito de hormigón, que no tiene fisuras y dobleces y contradicciones, y que cualquier cosa distinta debe ser purgada de lo propio. Me refiero a quienes siempre, ante el primer asomo de disputa o debate o discrepancia, lo mandan a uno a devolverse a su país. Normalmente es gente temerosa, a la que el otro mortifica porque lo invita a pensar en cosas que no quiere: la presencia del otro la invita a mirar lo propio, a pensarlo de nuevo, a otorgarle una justa dimensión, a menudo lejana de las grandilocuencias del ego patrio. He allí la potencia de lo extranjero, el aporte paradójico que nos hace: nos enseña a mirarnos.
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